Con
nuestros premios nacionales José Martí
La utilidad de
la virtud personificada
“El hombre crece con el trabajo
que sale de sus manos”, frase martiana que hace suya Julio
Batista Delgado, Premio Nacional de Periodismo y hombre
enamorado de la radio y de la obra del más universal de los
cubanos
Texto y foto Luis
Alfonso Peñate
“En la radio empecé hace más de 50 años,
fue como si me hubiera tocado una varita mágica, fue un encanto
entrar”, dice Julio Alberto Batista Delgado, Premio Nacional de
Periodismo José Martí en 1993, en su modesta vivienda que hace
evocar la descripción de la oficina del Apóstol en 120 Front
Street, de Nueva York.
“Todo comenzó cuando estudiaba en la
Escuela de Arte Dramático, ubicada entonces en la calle 23,
entre 4 y 6. Los sábados y domingos se le ocurrió a la dirección
de la escuela hacer obras en las que todos pudiéramos trabajar
como asistentes de dirección, tramoyistas y actores, así se
empezaron a montar las obras en un salón pequeño.
“Yo estaba de asistente cuando me dijo un
compañero: « ¿Te gustaría trabajar en la radio esta noche en un
cuadro de comedias?» y acepté. Participar en un cuadro de
comedias grabando las obras con un viejo equipo en la extinta
Radio Capital, fue lo más artesanal.
“En 1956 trabajé en Los Tres Villalobos. La
CMQ tenía un espacio llamado El príncipe leopardo, una especie
de traslado del Tamakún, el programa de Cadena Azul. Por esos
tiempos grabábamos en el estudio Tres de la hoy Radio Arte”.
-¿Cómo se inicia entonces en el mundo de
la narración?
-Un día falta el narrador Enrique de la
Torre y el director me dio los libretos y dice: «Julio, tú vas a
narrar hoy el espectáculo». Cinco minutos después estoy
diciendo: «Ace, qué sé yo, que da la casa de no sé qué cuánto,
presenta El príncipe leopardo».
A partir de ese momento el actor Santiago
García Ortega me recomendó en el Circuito Nacional Cubano. Allí
comencé a narrar una novela de Sara Pascual. Adquiero alguna
fama como buen narrador y me contratan en Radio Progreso.
-¿Era difícil el trabajo en ese tiempo?
-Sí, por supuesto. Además, me relacioné con
excelentes actores, lo cual me obligaba a dar lo mejor. También
existía algo que ya se ha perdido: la disciplina, la formalidad.
No importaba quién fueras, si tenías un programa en vivo, había
que estar a tiempo, no minutos tarde.
Yo soy por esa parte muy estricto. Viví en
China, allá tenías una cita para las diez de la mañana, llegabas
a las menos cuarto no había nadie esperándote, a las y cinco
tampoco, pero si ibas a las diez en punto te recibía todo un
comité de bienvenida.
-¿Radio o Televisión?
-Nunca me atrajo mucho la televisión. En el
año 1959 escribí algunos libretos. Yo quería hacerlos como en el
cine -cuando aquello la pantalla chica tenía como seis años de
fundada-. Ante la imposibilidad de hacer cambios, me disgusté.
Sentía que me destruían los libretos y dije: «No hago más
televisión».
Sin embargo, recuerdo con mucho cariño la
serie En silencio ha tenido que ser. Mi voz entra en todos los
hogares en 1979. Con ese espacio sucedió muy parecido a cuando
se transmitió El derecho de nacer, en 1948: en los cines
detenían las películas para pasar el audio del radio con la
obra. Creo que con En silencio… pasó similar, salías el sábado
por la noche y no encontrabas a nadie en la calle.
-¿Periodista o Actor?
-Preferí ser periodista y no actor. Para mí
representa mucho. Es parte de la sangre de mi cuerpo. Siempre
digo que fue una derivación porque en el año 1959, un amigo,
Justo Santos, me dejó el programa Cuba nuestra de cada día, en
Radio Progreso, donde hacía comentarios de abogado.
Yo también trabajaba en Radio Rebelde, allí
hacía todos los días un comentario para un espacio llamado La
Reforma Agraria en Marcha, propicio para enfrentar las campañas
opuestas al proceso que comenzaba. Fue donde empecé a
incursionar en el periodismo.
Tuve el honor, un año más tarde, que
Violeta Casal me propusiera escribir los editoriales de un
programa de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Empecé entonces
a redactar, a narrar y a hacer los trabajos especiales, conocido
ahora como radio-documentales. Y así fui poco a poco
retirándome, pasando de actor a periodista.
-Al igual que Martí, usted fue
corresponsal en el extranjero.
-Mi experiencia como corresponsal de guerra
no fue todo lo que quise. No vi muchas de las cosas reportadas;
igual a Martí, tenía la mesa llena de papeles, concebía la
corresponsalía apoyándome con periódicos de muchos países.
En Angola hacía un programa diario y no
corría peligro realmente, pero en Nicaragua sí viví en zona de
guerra, donde la Central de Inteligencia americana había
sembrado la zona de gente muy mala, asesinos incluso de
maestros. Fue un período inolvidable, donde era visible la
conciencia solidaria de los cubanos.
-¿Qué representó en Julio Batista el
triunfo revolucionario de 1959?
-El triunfo de la Revolución significó para
mí una felicidad increíble. Yo no fui un combatiente, aunque
debía y quería serlo, pero fui antibatistiano. Cooperaba con lo
que me pedían. Recuerdo que tenía guardada una camisa roja y
negra para el día que triunfara la Revolución y me la puse
enseguida el 1 de enero de 1959 para ir a saludar a los
rebeldes.
-Fue la primera voz del Noticiero del
Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC),
¿cómo se vinculó con Santiago Álvarez?
-En marzo del 59, cuando se funda el ICAIC,
conocí a Santiago Álvarez en la CMQ Radio. Se unió al grupo de
Alfredo Guevara y me comunicó su intención de ser yo quien
narrara el noticiero del Instituto. ¡Fue fantástico! Fueron más
de doscientos programas.
-Nunca estuvo conforme con la
realización final de un producto radial porque siempre buscaba
una concepción más documental.
-Antes de morir, Santiago me dijo: «Tú
aprendiste del cine esas estructuras que utilizas en la radio».
Y es verdad, el cine influyó en mí de una manera tremenda.
-¿De qué manera recuerda al maestro
Santiago Álvarez?
-Santiago era un hombre capaz de pasarse
madrugadas enteras haciendo un único montaje. Tenía una
tenacidad increíble. Él me aportó mucho. A veces, donde estaban
los estudios de cine, allá en Cubanacán, cuando terminábamos de
grabar mi parte, él decía: «Vete a descansar, después yo te voy
a buscar», y se aparecía en mi casa a las tres de la mañana,
generalmente preguntando: « ¿No hay una tacita de café por
ahí?».
-¿Cuál fue la experiencia adquirida en
el trabajo con Santiago?
-Que la radio en aquella época era muy
melodramática y yo aprendí en el cine a luchar contra eso.
Empecé a utilizar cortes directos, diálogos y narraciones más
sugerentes. Me di cuenta de que la imagen junto a la palabra
exigía reducir el texto, que cada mil metros de película, solo
es necesario un término y no hay por qué llenar todos los
espacios. Comencé a insinuar, pero con la imagen visual.
-¿Cómo se interesó por la obra martiana?
-Una vez se abrió un concurso entre el
alumnado del bachillerato para ver quién hacía la mejor ponencia
sobre la vida y obra de Martí, y me senté a estudiarlo, hasta
que llegó la hora de escribir. Imagínate la sorpresa cuando el
28 de enero de 1953 logré la medalla de oro… así mi primer
premio se relaciona con Martí.
Debo decir que soy nieto de mambí. Mi
abuelo materno, Alberto Delgado, siempre hablaba de Martí y me
transmitió el amor a la Patria. Además, mis maestros eran muy
patriotas, interesados en llevar a sus alumnos la enseñanza y el
amor por la historia del país.
En Chaparra –donde nací, en Las Tunas- tuve
un maestro de primaria, Juan Andrés Cué y Bada, quien también
era un apasionado del Héroe Nacional.
-¿Por qué demoró en crear un programa
sobre José Martí?
-Es asombroso, mágico, todo el quehacer de
este cubano. En 1962 tuve la idea del proyecto Habla José Martí,
con el objetivo de difundir su ideario. Pero en esa época no me
sentía totalmente preparado. Años más tarde, el 26 de marzo de
1990 nació el programa Nuestro José Martí, en la Revista
informativa A Primera Hora, de la emisora Radio Progreso.
Me propuse consagrar en la programación de
la planta cinco minutos diarios a la vida de ese gran cubano.
Hoy no siento temor de tratar cada día un pasaje diferente del
quehacer y pensar del Héroe cubano. Admiro mucho de él su
humildad, el no negar nunca que estaba enfermo.
-¿Cree suficiente la presencia martiana
en la radio actual?
-La radio ahora habla mucho de Martí, hay
muchas promociones, antes nunca se hacían, solo en el año de su
centenario se hicieron trabajos con dignidad. Con la Revolución
se han ido incrementando los espacios que hablan de su vida y de
lo que hizo. Esto me enorgullece.
-La palabra no es para encubrir la
verdad, sino para decirla. Usted conduce el espacio Punto de
Vista en Radio Progreso, donde se reflexiona acerca de temas
sociales.
-Mi trabajo es mi vida, es una felicidad.
Desde 1985 Punto de Vista está en el aire. Lo considero un gran
reto porque tengo que estar muy atento a la vida de la gente y a
todos sus problemas. El pueblo lo agradece mucho, se ven
reflejados, lo dicen las cartas recibidas.
Es un programa donde todo no se ve color de
rosas. No es dar la noticia, ni repetir la información, se trata
de esclarecer el problema. El buen periodista, como dijo Martí,
no agita, ni exacerba los problemas.
Generalmente creo al remitente contándome
sus problemas. Hay riesgos, pero nunca he afrontado un
desencuentro. Una vez, recibí carta de un viejito desde su asilo
y el director me dijo: « ¿Pero tú vas a leer eso así al aire?»
Esa carta es un anónimo.
La misiva denunciaba irregularidades que se
daban en el lugar con la comida a los ancianos y el trato que
recibían por parte de los trabajadores. Ante la duda, fui para
allá, a ver al hombre. Y quién te dice que el anciano me dijo:
«Yo existo, le escribí y le ratifico todo lo que puse en la
carta».
Fui con el director del programa al asilo y
nos llevamos de allí, no una, sino como catorce entrevistas más.
Es una radio sin comparación. Pienso que no
va a desaparecer nunca.
Dije un día que esperaba que la radio
sirviera para hacer cultura y algunos se rieron de mí. Antes era
puramente comercial. Hoy, nuestra radio es una escuela con
infinito caudal de realización y creación.
La radio, como medio de comunicación, posee
el maravilloso don de despertar la imaginación de los oyentes.
La gente escucha y crea su propio escenario. La radio nunca va a
desaparecer, ni con la Televisión, ni con internet.
-¿Piensa en la jubilación?
-No quisiera jubilarme, ¡digo!, mientras
esté lúcido. Hasta ahora no me siento ningún síntoma. Hay que
estar activo, saber escribir. Martí escribió, incluso, de la
vida en otros planetas… Estoy dispuesto a enseñar a los nuevos
realizadores, y ¿por qué no?, a retroalimentarme de esa sangre
joven. Como hombre de la radio aspiro a continuar poniendo un
granito de arena en la construcción del futuro del país.
Porque “Honrar, Honra”, a este maestro del
periodismo cubano se le han otorgado numerosas e importantes
distinciones.
“El recibimiento del Título de Héroe del
Trabajo de la República de Cuba en 1999, fue la sorpresa más
agradable de mi vida. Estaba muy nervioso al saber que lo
entregaría Fidel. Las manos me temblaban y comencé a sudar.
Cuando lo fui a saludar me dijo: «Un abrazo». Martí decía que
todo hombre muere bien si muere en el trabajo, y yo quiero morir
trabajando.
“A los nuevos periodistas los invito a que
«cuadriculen» su tiempo y estudien la vida y obra de Martí, por
lo universal y asombrosamente actual de su pensamiento. Por su
capacidad para escribir sobre los más difíciles asuntos y,
además, hacerlo excelentemente. Él será siempre un paradigma
para nosotros.”
Fuentes consultadas:
Otras voces que se escuchan, de Josefa Bracero.
Esta entrevista forma parte del libro en preparación sobre los
Premios Nacionales de Periodismo José Martí, escrito como examen
final del género por alumnos de Periodismo de la Facultad de
Comunicación de la Universidad de La Habana.