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Viernes, 25 de Septiembre de 2009


Con nuestros premios nacionales José Martí
La utilidad de la virtud personificada
“El hombre crece con el trabajo que sale de sus manos”, frase martiana que hace suya Julio Batista Delgado, Premio Nacional de Periodismo y hombre enamorado de la radio y de la obra del más universal de los cubanos

Texto y foto Luis Alfonso Peñate

“En la radio empecé hace más de 50 años, fue como si me hubiera tocado una varita mágica, fue un encanto entrar”, dice Julio Alberto Batista Delgado, Premio Nacional de Periodismo José Martí en 1993,  en su modesta vivienda que hace evocar la descripción de la oficina del Apóstol en 120 Front Street, de Nueva York.

“Todo comenzó cuando estudiaba en la Escuela de Arte Dramático, ubicada entonces en la calle 23, entre 4 y 6. Los sábados y domingos se le ocurrió a la dirección de la escuela hacer obras en las que todos pudiéramos trabajar como asistentes de dirección, tramoyistas y actores, así se empezaron a montar las obras en un salón pequeño.

“Yo estaba de asistente cuando me dijo un compañero: « ¿Te gustaría trabajar en la radio esta noche en un cuadro de comedias?» y acepté. Participar en un cuadro de comedias grabando las obras con un viejo equipo en la extinta Radio Capital, fue lo más artesanal.

“En 1956 trabajé en Los Tres Villalobos. La CMQ tenía un espacio llamado El príncipe leopardo, una especie de traslado del Tamakún, el programa de Cadena Azul.  Por esos tiempos grabábamos en el estudio Tres de la hoy Radio Arte”.

-¿Cómo se inicia entonces en el mundo de la narración?

-Un día falta el narrador Enrique de la Torre y el director me dio los libretos y dice: «Julio, tú vas a narrar hoy el espectáculo». Cinco minutos después estoy diciendo: «Ace, qué sé yo, que da la casa de no sé qué cuánto, presenta El príncipe leopardo».

A partir de ese momento el actor Santiago García Ortega me recomendó en el Circuito Nacional Cubano. Allí comencé a narrar una novela de Sara Pascual. Adquiero alguna fama como buen narrador y me contratan en Radio Progreso.

-¿Era difícil el trabajo en ese tiempo?

-Sí, por supuesto. Además, me relacioné con excelentes actores, lo cual me obligaba a dar lo mejor. También existía algo que ya se ha perdido: la disciplina, la formalidad. No importaba quién fueras, si tenías un programa en vivo, había que estar a tiempo, no minutos tarde.

Yo soy por esa parte muy estricto. Viví en China, allá tenías una cita para las diez de la mañana, llegabas a las menos cuarto no había nadie esperándote, a las y cinco tampoco, pero si ibas a las diez en punto te recibía todo un comité de bienvenida.

-¿Radio o Televisión?

-Nunca me atrajo mucho la televisión. En el año 1959 escribí algunos libretos. Yo quería hacerlos como en el cine -cuando aquello la pantalla chica tenía como seis años de fundada-. Ante la imposibilidad de hacer cambios, me disgusté. Sentía que me destruían los libretos y dije: «No hago más televisión».

Sin embargo, recuerdo con mucho cariño la serie En silencio ha tenido que ser. Mi voz entra en todos los hogares en 1979. Con ese espacio sucedió muy parecido a cuando se transmitió El derecho de nacer, en 1948: en los cines detenían las películas para pasar el audio del radio con la obra. Creo que con En silencio… pasó similar, salías el sábado por la noche y no encontrabas a nadie en la calle.

-¿Periodista o Actor?

-Preferí ser periodista y no actor. Para mí representa mucho. Es parte de la sangre de mi cuerpo. Siempre digo que fue una derivación porque en el año 1959, un amigo, Justo Santos, me dejó el programa Cuba nuestra de cada día, en Radio Progreso, donde hacía comentarios de abogado.

Yo también trabajaba en Radio Rebelde, allí hacía todos los días un comentario para un espacio llamado La Reforma Agraria en Marcha, propicio para enfrentar las campañas opuestas al proceso que comenzaba. Fue donde empecé a incursionar en el periodismo.

Tuve el honor, un año más tarde, que Violeta Casal me propusiera escribir los editoriales de un programa de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Empecé entonces a redactar, a narrar y a hacer los trabajos especiales, conocido ahora como radio-documentales. Y así fui poco a poco retirándome, pasando de actor a periodista.

-Al igual que Martí, usted fue corresponsal en el extranjero.

-Mi experiencia como corresponsal de guerra no fue todo lo que quise. No vi muchas de las cosas reportadas;  igual a Martí, tenía la mesa llena de papeles, concebía la corresponsalía apoyándome con periódicos de muchos países.

En Angola hacía un programa diario y no corría peligro realmente, pero en Nicaragua sí viví en zona de guerra, donde la Central de Inteligencia americana había sembrado la zona de gente muy mala, asesinos incluso de maestros. Fue un período inolvidable, donde era visible la  conciencia solidaria de los cubanos.

-¿Qué representó en Julio Batista el triunfo revolucionario de 1959?

-El triunfo de la Revolución significó para mí una felicidad increíble. Yo no fui un combatiente, aunque debía y quería serlo, pero fui antibatistiano. Cooperaba con lo que me pedían. Recuerdo que tenía guardada una camisa roja y negra para el día que triunfara la Revolución y me la puse enseguida el 1 de enero de 1959 para ir  a saludar a los rebeldes.

-Fue la primera voz del Noticiero del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), ¿cómo se vinculó con Santiago Álvarez?

-En marzo del 59, cuando se funda el ICAIC, conocí a Santiago Álvarez en la CMQ Radio. Se unió al grupo de Alfredo Guevara y me comunicó su intención de ser yo quien narrara el noticiero del Instituto. ¡Fue fantástico! Fueron más de doscientos programas.

-Nunca estuvo conforme con la realización final de un producto radial porque siempre buscaba una concepción más documental.

-Antes de morir, Santiago me dijo: «Tú aprendiste del cine esas estructuras que utilizas en la radio». Y es verdad, el cine influyó en mí de una manera tremenda.

-¿De qué manera recuerda al maestro Santiago Álvarez?

-Santiago era un hombre capaz de pasarse madrugadas enteras haciendo un único montaje. Tenía una tenacidad increíble. Él me aportó mucho.  A veces, donde estaban los estudios de cine, allá en Cubanacán, cuando terminábamos de grabar mi parte, él decía: «Vete a descansar, después yo te voy a buscar», y se aparecía en mi casa a las tres de la mañana, generalmente preguntando: « ¿No hay una tacita de café por ahí?».

-¿Cuál fue la experiencia adquirida en el trabajo con Santiago?

-Que la radio en aquella época era muy melodramática y yo aprendí en el cine a luchar contra eso. Empecé a utilizar cortes directos, diálogos y narraciones más sugerentes. Me di cuenta de que la imagen junto a la palabra exigía reducir el texto, que cada mil metros de película, solo es necesario un término y no hay por qué llenar todos los espacios. Comencé a insinuar, pero con la imagen visual.

-¿Cómo se interesó por la obra martiana?

-Una vez se abrió un concurso entre el alumnado del bachillerato para ver quién hacía la mejor ponencia sobre la vida y obra de Martí, y me senté a estudiarlo, hasta que llegó la hora de escribir. Imagínate la sorpresa cuando el 28 de enero de 1953 logré la medalla de oro… así mi primer premio se relaciona con Martí.

Debo decir que soy nieto de mambí. Mi  abuelo materno, Alberto Delgado, siempre hablaba de Martí y me transmitió el amor a la Patria.  Además, mis maestros eran muy patriotas, interesados en llevar a sus alumnos la enseñanza y el amor por la historia del país.

En Chaparra –donde nací, en Las Tunas- tuve un maestro de primaria, Juan Andrés Cué y Bada, quien también era un apasionado del Héroe Nacional.

-¿Por qué demoró en crear un programa sobre José Martí?

-Es asombroso, mágico, todo el quehacer de este cubano. En 1962 tuve la idea del proyecto Habla José Martí, con el objetivo de difundir su ideario. Pero en esa época no me sentía totalmente preparado. Años más tarde, el 26 de marzo de 1990 nació el programa Nuestro José Martí, en la Revista informativa A Primera Hora, de la emisora Radio Progreso.

Me propuse consagrar en la programación de la planta cinco minutos diarios a la vida de ese gran cubano. Hoy no siento temor de tratar cada día un pasaje diferente del quehacer y pensar del Héroe cubano. Admiro mucho de él su humildad, el no negar nunca que estaba enfermo.

-¿Cree suficiente la presencia martiana en la radio actual?

-La radio ahora habla mucho de Martí, hay muchas promociones, antes nunca se hacían, solo en el año de su centenario se hicieron trabajos con dignidad. Con la Revolución se han ido incrementando los espacios que hablan de su vida y de lo que hizo. Esto me enorgullece.

-La palabra no es para encubrir la verdad, sino para decirla. Usted conduce el espacio Punto de Vista en Radio Progreso, donde se reflexiona acerca de temas sociales.

-Mi trabajo es mi vida, es una felicidad. Desde 1985 Punto de Vista está en el aire. Lo considero un gran reto porque tengo que estar muy atento a la vida de la gente y a todos sus problemas. El pueblo lo agradece mucho, se ven reflejados, lo dicen las cartas recibidas.

Es un programa donde todo no se ve color de rosas. No es dar la noticia, ni repetir la información, se trata de esclarecer el problema. El buen periodista, como dijo Martí, no agita, ni exacerba los problemas.

Generalmente creo al remitente contándome sus problemas. Hay riesgos, pero nunca he afrontado un desencuentro. Una vez, recibí carta de un viejito desde su asilo y el director me dijo: « ¿Pero tú vas a leer eso así al aire?» Esa carta es un anónimo.

La misiva denunciaba irregularidades que se daban en el lugar con la comida a los ancianos y el trato que recibían por parte de los trabajadores. Ante la duda, fui para allá, a ver al hombre. Y quién te dice que el anciano me dijo: «Yo existo, le escribí y le ratifico todo lo que puse en la carta».

Fui con el director del programa al asilo y nos llevamos de allí, no una, sino como catorce entrevistas más.

Es una radio sin comparación. Pienso que no va a desaparecer nunca.

Dije un día que esperaba que la radio sirviera para hacer cultura y algunos se rieron de mí. Antes era puramente comercial. Hoy, nuestra radio es una escuela con infinito caudal de realización y creación.

La radio, como medio de comunicación, posee el maravilloso don de despertar la imaginación de los oyentes. La gente escucha y crea su propio escenario. La radio nunca va a desaparecer, ni con la Televisión,  ni con internet.

-¿Piensa en la jubilación?

-No quisiera jubilarme, ¡digo!, mientras esté lúcido. Hasta ahora no me siento ningún síntoma. Hay que estar activo, saber escribir. Martí escribió, incluso, de la vida en otros planetas… Estoy dispuesto a  enseñar a los nuevos realizadores,  y ¿por qué no?, a retroalimentarme de esa sangre joven. Como hombre de la radio aspiro a continuar poniendo un granito de arena en la construcción del futuro del país.

Porque “Honrar, Honra”, a este maestro del periodismo cubano se le han otorgado numerosas e importantes distinciones.

“El recibimiento del Título de Héroe del Trabajo de la República de Cuba en 1999, fue la sorpresa más agradable de mi vida. Estaba muy nervioso al saber que lo entregaría Fidel. Las manos me temblaban y comencé a sudar. Cuando lo fui a saludar me dijo: «Un abrazo». Martí decía que todo hombre muere bien si muere en el trabajo, y yo quiero morir trabajando.

“A los nuevos periodistas los invito a que «cuadriculen» su tiempo y estudien la vida y obra de Martí, por lo universal y  asombrosamente actual de su pensamiento. Por su capacidad para escribir sobre los más difíciles asuntos y, además, hacerlo excelentemente. Él será siempre un paradigma para nosotros.”

Fuentes consultadas:
Otras voces que se escuchan, de Josefa Bracero.

Esta entrevista forma parte del libro en preparación sobre los Premios Nacionales de Periodismo José Martí, escrito como examen final del género por alumnos de Periodismo de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.
 

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