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Los amos de la SIP
La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) es
un cartel de los grandes dueños de medios de comunicación del
continente, que nació en el marco de la Segunda Guerra Mundial y se
moldeó luego, al calor de la Guerra Fría, para protagonizar una
historia de defensa de intereses oligopólicos, alianza con los
poderes imperiales y atentados contra la soberanía de los pueblos
latinoamericanos.
La acción de la SIP, en ese sentido, está
debidamente documentada y se ha basado en el empleo de esquemas de
desestabilización que, al resultar exitosos, han sido repetidos y
son repetidos todavía hoy, en toda la región latinoamericana. En
estas páginas reunimos algunos ejemplos, estudiados por periodistas
latinoamericanos, de cómo este grupo de propietarios de los medios
ha implementado una tradición de presión contra gobiernos
democráticos, con resultados nefastos.
Presentamos aquí los orígenes de la
organización empresarial y su vinculación temprana con la Agencia
Central de Inteligencia (CIA), así como casos puntuales de
desarrollo de propaganda negra por parte de la SIP contra los
gobiernos que han promovido la libertad y progreso de sus pueblos,
en contraste con el silencio y la complicidad mostrados con
regímenes dictatoriales de la región, disimulando incluso el
encarcelamiento y asesinato de periodistas.
En la última parte, intentamos exponer las
manipulaciones que han permitido a la SIP no sólo continuar
usurpando la representación del periodismo en la región, sino
también abrogarse derechos que corresponden a las organizaciones
sociales y no sólo a un puñado de poderosos propietarios de los
medios. Para ello, hemos contado con la guía de dignos periodistas
latinoamericanos que han luchado por rasgar las máscaras del poder
mediático y han denunciado las perversiones de la actuación de la
SIP, que han colocado a la gran prensa a espaldas de los pueblos.
Esperamos que este sea un aporte, entre muchos
otros, al desarrollo de la necesaria conciencia crítica en contra de
las manipulaciones y desinformaciones de los amos de la prensa.
LA SIP Y EL
PANAMERICANISMO IMPERIAL
El germen de la Sociedad Interamericana de
Prensa (SIP) hay que buscarlo en el concepto del panamericanismo.
Pero no en el panamericanismo bolivariano del Congreso Anfictiónico
de Panamá, sino en el panamericanismo imperial.
En la primera conferencia panamericana,
celebrada en Estados Unidos, en 1889, se moldeó un aparataje
orientado a organizar reuniones de gobiernos, con la intención,
según sus creadores, de incentivar la comunicación y la colaboración
entre los países, en condiciones de igualdad. Sin embargo, estas
reuniones respondían en realidad a la preocupación de Estados Unidos
por delinear las manifestaciones de control imperial, en vinculación
con las oligarquías locales.
Este panamericanismo, de hecho, es entendido
como una continuación de la famosa Doctrina Monroe de 1823, impuesta
bajo el lema "América para los americanos", a través de la cual
Estados Unidos declaraba que no permitiría a ninguna potencia no
americana intervenir en el continente.
Bajo tal signo ideológico, fueron celebradas
estas conferencias en distintos países de la región y en 1923, en la
Quinta Conferencia Panamericana, en Santiago de Chile, se planteó la
necesidad de organizar una reunión sobre la prensa.
Esa primera conferencia sobre la prensa se
realizó finalmente en Washington, tres años después, y aun cuando
los historiadores oficiales de la SIP insisten en señalar que se
trataba de un congreso de periodistas, era esencialmente una reunión
de empresarios. Así lo resalta el investigador Juan Gargurevich, en
su libro "A golpe de titular. CIA y periodismo en América Latina",
cuando afirma que aquella era la primera vez que se reunían tantos
propietarios de periódicos de América Latina. "No está de más
recordar que los temas tratados por las diferentes mesas (de la
conferencia) no incluyeron los problemas de los periodistas mismos.
A los norteamericanos les interesaban los dueños, no los empleados",
escribe Gargurevich.
Luego de esta conferencia inicial, se continúa
efectuando reuniones en varios países, sin concretarse la creación
de la organización, hasta que en 1943, en La Habana, tiene lugar la
conferencia que funda la SIP.
En ese momento gobierna en Cuba el famoso
tirano Fulgencio Batista. El planeta estaba estremecido por la
Segunda Guerra Mundial, y Estados Unidos y la Unión Soviética hacían
sociedad para derrotar el fascismo. Este clima histórico, permeado
por la existencia de un frente antifascista, permite que al fundarse
la SIP se incluyan entre sus miembros, aunque de manera minoritaria,
algunas publicaciones progresistas y de izquierda, entre ellas, el
órgano de prensa del Partido Comunista cubano, el diario Noticias de
Hoy, fundado en 1938.
Desde esa primera reunión de la SIP, las voces
minoritarias progresistas intentan impulsar la unidad de los
trabajadores de la prensa en la región y asumen el papel de
denunciantes, en contra del papel jugado en América Latina por las
grandes agencias de noticias, que actúan como reproductoras del
mensaje imperial.
Sin embargo, la historia cambia al finalizar la
guerra. Ya en 1947, ha comenzado la Guerra Fría que enfrenta a los
antiguos aliados —EE.UU. y Unión Soviética— se perfila el
maccartismo en Estados Unidos y se crea en ese año la Agencia
Central de Inteligencia (CIA), hecho que tendría un papel
fundamental en lo que el periodista cubano Ernesto Vera llama el
golpe CIA-SIP[1].
Este golpe se consuma en el año 1950 y fue
promovido un año antes en Quito, en el V Congreso Interamericano de
Prensa, por la delegación estadounidense, integrada por tres
personajes claves: un representante del Departamento de Estado, Tom
Wallace, y dos altos oficiales de la CIA, Joshua Powers y Jules
Dubois. El trío era encabezado aparentemente por Wallace, pero en
realidad el personaje central, como se demostraría luego, fue
siempre Dubois, quien coordinó durante 15 años después la labor de
la CIA-SIP en América Latina.
Este trío plantea en Quito que la próxima
reunión de la SIP tenga lugar en Estados Unidos, ya que los
anteriores encuentros habían tenido como sede capitales
latinoamericanas: México, La Habana, Caracas, Bogotá y Quito. Un
grupo de latinoamericanos, entre ellos el periodista peruano Genaro
Carnero Checa, se levantó contra la idea de escoger a Estados Unidos
como país sede, asegurando que la discriminación racial y política
en ese país no permitía que existieran las garantías necesarias para
celebrar allí un Congreso.
La delegación norteamericana, luego de aceptar
que la discriminación en su país era bochornosa, se comprometió a
brindar las seguridades para la participación de todos los
delegados, con independencia de sus ideas políticas. Finalmente, la
propuesta se impuso y se aprobó que la reunión del año siguiente se
realizara en Nueva York.
Al regresar a Estados Unidos, Wallace entregó
un informe al Departamento de Estado, titulado "Background of
previous Interamerican Press Meeting", en el cual queda al
descubierto la maniobra. En ese documento, Wallace resaltaba que en
la reunión de Quito habían alcanzado el éxito en los dos objetivos
planteados por la delegación norteamericana: trabajar por una nueva
constitución de la organización original y procurar que la próxima
reunión se hiciera en suelo estadounidense bajo los auspicios
privados de las publicaciones de Estados Unidos:
"Tuvimos éxito en ambos propósitos sin tener
que provocar la creación cismática de otra organización y dejar de
esa manera en descubierto que la prensa de Estados Unidos había
tenido que provocarla por no poder controlar la organización",
explicaba Wallace a sus jefes, en el informe citado por Gargurevich.
De esta manera, había comenzado a gestarse el secuestro de la
organización.
LAS HISTORIAS DEL
TESORERO
Según la historia oficial de la SIP, 1950 fue
el año "más importante para la organización". Fue precisamente en
ese año cuando se refundó la SIP y quedó conformada tal y como la
conocemos ahora, sin la participación de las pocas publicaciones
progresistas que inicialmente habían sido incluidas en la Sociedad.
A partir de ese año, se hacen claros los objetivos que la CIA
conferirá al funcionamiento de la SIP en América Latina.
Pese a las garantías ofrecidas en Quito, los
representantes de los órganos de prensa progresistas no fueron
invitados a la reunión de ese VI Congreso Interamericano de Prensa.
A algunos se les negó la visa de entrada a Estados Unidos bajo la
acusación de ser comunistas. Cuando se quejaron ante los
organizadores, Wallace les ignoró, indicándoles que la visa había
sido negada por el gobierno y por lo tanto debían quejarse ante el
gobierno.
Hubo incluso quienes llegaron hasta el
aeropuerto de Idlewild, sólo para ser detenidos y devueltos por las
autoridades de Estados Unidos, previo interrogatorio del FBI. Tal
fue el caso del cubano Carlos Rafael Rodríguez, quien representaba
al periódico Noticias de Hoy, pero era además el tesorero de la SIP,
reelecto por tercera vez consecutiva, y por esta misma condición
viajaba con pasaporte especial.
En una narración sobre este suceso, titulada
"Crónica de una New York entrevista", Rodríguez cuenta cómo fue
retenido en Ellis Island, tildado de peligroso por su ideología,
considerado "inadmisible" en Estados Unidos, ignorado por la
comisión organizadora del congreso y depositado por el FBI en una
aerolínea venezolana que lo devolvería a Cuba. En esa crónica,
Rodríguez describía con detalles las razones por las cuales a los
gestores de la nueva SIP no les interesaba su presencia:
« ¿Por qué se me excluyó del Congreso?
»Se sabía muy bien que yo iba a New York a
denunciar todos los casos de violación de la libertad de prensa en
América. Los organizadores norteamericanos obrando al dictado de
Washington, querían condenar sólo a un grupo, cargando la mano a
aquellos gobiernos que no tienen el beneplácito del State
Departament. Para mí Videla es igual a Perón, y la Junta Militar
Venezolana no es menos culpable que Prío.
»En segundo término se temía —y hacían bien en
temerlo— que yo utilizara la tribuna del Congreso para protestar
contra la vergonzosa intromisión del embajador de Estados Unidos en
México, Mr. Thurton, en la libertad de prensa mexicana, a la que
pretendió dictar una política de sometimiento a los intereses de
Washington.
»Estos hechos han sido denunciados por el
ilustre periodista don Martín Luis Guzmán y por más de sesenta
escritores mexicanos.
»Por último no se quería que yo pusiera de
nuevo en debate la tesis mantenida en Quito: la "libertad de prensa"
en Estados Unidos no es más que formal. En el fondo la prensa
norteamericana es un instrumento monopolista de las grandes
empresas. Estas son las conclusiones a que arribó desde 1947 una
comisión de expertos nombrada por la Universidad de Chicago, y
pagada por el ultraconservador Henry R. Luce, de la revista Time, y
por la Enciclopedia Británica. Cuando dije estas cosas en Quito, Mr.
Tom Wallace —que presidió el Congreso de New York— me contestó
airado que quienes tal cosa decían eran "un manojo de tontos". De
esa manera calificaba nada menos que a Robert Hutchins, canciller de
la Universidad de Chicago; a Archibald Mc. Leish, subsecretario de
Estado; al profesor de Economía en Columbia, John M. Clark; al
profesor Arthur M. Schlesinger, de Harvard, y a otros conocidos
intelectuales yanquis. Pero, como le repliqué a Mr. Wallace: puede
pensarse que los investigadores universitarios son "tontos"; sin
embargo, aunque sabemos que en el Senado de Estados Unidos hay una
buena dosis de tontos, no son tantos como para formar mayoría. Y fue
la mayoría la que en el informe de la Small Plants Comité, corroboró
las ideas de que son verdaderos monopolios los que rigen la prensa
americana.
»Para impedir que se plantearan estas cosas se
me retuvo en Ellis Island. Pero además, los organizadores yanquis
tenían un propósito adicional. Pensaban dar —y dieron— un golpe de
estado. Reformaron los Estatutos de la SIP de modo ilegal.
Establecieron —arbitrariamente— el voto por publicaciones dando una
artificial mayoría norteamericana. Arrebataron a Cuba la sede
permanente de la Sociedad para radicarla en New York. Han destruido,
en resumen, la Sociedad Interamericana de Prensa como entidad
independiente, transformándola en un simple aparato político al
servicio de los objetivos internacionales de Estados Unidos. Para
hacer esto les estorbaba la presencia de algunos delegados. Yo les
resultaba especialmente indeseable. (Rodríguez, 1950).»
En efecto, antes de la conferencia del año 50,
los estatutos de la SIP estipulaban que cada país tenía un voto
dentro de la Sociedad, independientemente de la cantidad de órganos
de prensa afiliados. El cambio de estatutos permitió tumbar el
esquema "un país, un voto" y sustituirlo por "cada publicación, un
voto".
En un intento por maquillar este golpe, la
historia oficial de la SIP señala que hasta ese año, las
conferencias de la organización se celebraban bajo los auspicios del
gobierno del país anfitrión, con lo cual "las delegaciones se
limitaban a sentarse y a votar por países, y los miembros no siempre
eran periodistas". De acuerdo al lenguaje oficial, fue entonces para
evitar estos "patrocinios" y hacerse "independiente" que se tomó la
decisión de modificar los estatutos. Sin embargo, lo cierto es que
en términos prácticos Estados Unidos pasó de un voto a 424 y se alzó
con la mayoría [2]. Es de suponer que estos 424 votos componen "el
pequeño grupo de editores y directores de periódicos"
estadounidenses que se habían sumado a la SIP en 1946, de acuerdo
con los historiadores oficiales de la patronal.
Es por ello que Vera, en una entrevista
ofrecida recientemente insiste en que, desde 1950 hasta nuestros
días, hay una libertad de prensa secuestrada por el poder del
dinero, de los recursos, y lógicamente sobre la base de una
estrategia imperial: "Por eso digo que hay una mentira organizada y
hay una verdad dispersa. Hay una mentira organizada, porque hay una
estrategia imperialista y no hay una verdad organizada porque no
tenemos todavía una estrategia antiimperialista. Eso funciona
milimétricamente".
VOCES DIGNAS CONTRA LA
SIP
El golpe CIA-SIP generó malestar en
Latinoamérica. Mientras la SIP repetía que representaba a los
periodistas, cada vez se hacía más evidente el perfil de la
organización, integrada por los grandes medios impresos
conservadores de la región —marcadamente proestadounidenses— y
guiada por intereses imperialistas y empresariales, pero no
periodísticos.
Este malestar incubado en América Latina se
puso de manifiesto en la conferencia siguiente, celebrada en 1951 en
Montevideo, Uruguay, donde representaciones del país anfitrión,
Brasil, Chile, Perú y Argentina proclamaron su abandono de la SIP y
suscribieron el Acta de Montevideo, en la que denunciaban que los
propietarios de los medios se habían abrogado la función de
determinar donde había o no libertad de prensa, cuando los que
tienen derecho a ello, además de la sociedad, son los periodistas.
Tras manifestarse en contra de este secuestro,
el Acta de Montevideo indicaba que era preciso el nacimiento de una
organización que agrupara verdaderamente a las asociaciones de
periodistas, a fin de evitar que sus funciones siguieran siendo
usurpadas por los dueños de los grandes medios [3].
En su libro "Breve historia de la SIP"[4], el
periodista Gregorio Selser registra entre las voces que se alzaron
contra la SIP en 1951 al escritor y periodista venezolano Miguel
Otero Silva, propietario de El Nacional de Caracas. En esa ocasión,
Otero Silva reclamó que el cambio de estatutos aprobado en Nueva
York violaba las normas más fundamentales de la organización,
"dándole el carácter que ahora tiene: una entidad exclusivamente
patronal de intercambio comercial, estrictamente controlada por los
vendedores de papel, las agencias noticiosas y los buscadores de
avisos que residen en Estados Unidos. Nada más inoportuno en ese
ambiente que un periodista".
Otero Silva denunció además como tendencioso un
informe de la SIP en el cual "mientras se le dedicaba 80 ó 90 por
ciento de su contenido a relatar minuciosamente los atropellos
cometidos por Perón contra la libertad de expresión, se tendía un
piadoso y cómplice manto sobre las dictaduras latinoamericanas".
En ese mismo informe, continuaba Otero Silva,
aparecía el tirano nicaragüense Anastasio Somoza "como un ángel
tutelar de la libertad de pensamiento" y se colocaban como
arquetipos de la democracia al chileno González Videla y a los
dictadores bolivianos. Mientras tanto, "daba vergüenza ver en
aquella asamblea de Montevideo a los esbirros intelectuales de
Rafael Leónidas Trujillo bramando en la tribuna para decir que Perón
era un tirano y que en su país, en cambio, se disfrutaba de una
absoluta libertad de pensar", afirmaba indignado el escritor
venezolano.
En este libro de Selser, citado por el
periodista José Steinsleger, aparece otro testimonio de denuncia
contra la SIP, proveniente de sus propias filas. De acuerdo con
Selser, en 1958 uno de los ex presidentes de la SIP, el mexicano
Miguel Lanz Duret (1909-1959), director de El Universal, renunció a
la organización cuando supo que la SIP había solicitado su
inscripción como corporación, dando como sede la ciudad de Dover, en
Estados Unidos. Con esta acción, para Lanz Duret, "la SIP iría a
depender, a todos los efectos jurídicos y legales, de las leyes
norteamericanas, desmintiendo así su supuesta independencia y
desvirtuando en los hechos la recomendable extraterritorialidad que
le confería, por ejemplo, una sede anual móvil, distinto de la
norteamericana".
Más recientemente, en el año 2000, una posición
similar tuvo que ser adoptada por el diario uruguayo La República y
la revista Posdata, los cuales hicieron pública su renuncia a la
organización empresarial, al enterarse que el antiguo director de
prensa de la dictadura militar en ese país (1973-1985), Danilo
Arbilla, había sido nombrado presidente de la SIP.
La carta de renuncia a la SIP, firmada por el
director de La República, Federico Fasano Mertens, y fechada el 24
de octubre de 2000, reprochaba que la designación de Arbilla como
presidente de una entidad que tenía entre sus principales objetivos
declarados "defender la libertad de prensa", constituía un insulto a
la conciencia democrática de los pueblos americanos. "Su designación
al frente del organismo que pretende velar por la libertad de prensa
equivale a poner al zorro a cuidar el gallinero. Por todo lo antes
dicho, el diario La República tiene el alto honor de renunciar,
formal y públicamente, como miembro de esta Sociedad mientras el
impostor continúe a su frente", concluía la misiva.
MIS AMIGOS, LOS
DICTADORES
Como dice el periodista cubano Ernesto Vera, el
terrorismo mediático tiene muchas manifestaciones. Aunque la mayoría
de las veces se manifiesta en la acción de la SIP y sus afiliados,
en no pocas ocasiones se manifiesta en la omisión. Los silencios de
la SIP son igual de elocuentes, sobre todo cuando cubren sus
alianzas con regímenes dictatoriales.
En el año 2005, este denunciado ex presidente
de la SIP, Danilo Arbilla, cargó contra el gobierno del entonces
presidente Néstor Kirchner, a quien acusó de “manejar la publicidad
de manera selectiva” y “tratar con desconsideración” a los medios de
comunicación. Kirchner refrescó entonces el historial de Arbilla y
recordó además al subdirector del diario argentino La Nación,
Claudio Escribano, su complacencia con las atrocidades cometidas en
Argentina durante la dictadura militar en ese país.
Esta vinculación de los dueños de la gran
prensa con los regímenes dictatoriales latinoamericanos ha sido
suficientemente documentada y citada en numerosas ocasiones, para
demostrar que las preocupaciones de la SIP no se dirigen a la
defensa de las libertades, sino a la preservación de intereses
empresariales y oligárquicos.
En el caso Arbilla, éste había sido jefe de
prensa de la última dictadura militar en Uruguay, que torturó y
asesinó a ciudadanos uruguayos. De acuerdo al diario uruguayo La
República, Arbilla fue designado en el cargo por el presidente Juan
María Bordaberry y continuó desempeñando esas funciones luego de que
el mandatario eliminara las instituciones republicanas contando con
el respaldo militar, e incluso después de instaurada plenamente la
dictadura.
Así, el diario recuerda que Arbilla fue
cómplice del decreto presidencial del 27 de junio de 1973 que
prohibía expresamente la divulgación por la prensa de todo tipo de
información que “directa o indirectamente mencione o se refiera a lo
dispuesto por el presente decreto atribuyendo propósitos
dictatoriales al Poder Ejecutivo, o pueda perturbar la tranquilidad
y el orden públicos”; durante su gestión entre 1973 y 1976, se
clausuraron 173 medios de comunicación —14 de estas clausuras fueron
definitivas— y se intervino la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU),
la organización sindical de los periodistas. También fue
desaparecido el subdirector del semanario Marcha, Julio Castro, y
fueron encarcelados y torturados decenas de periodistas.
Un personaje parecido, el dominicano Germán
Ornés, era el presidente de la Comisión de Libertad de Prensa de la
SIP que dirigía cartas preocupadas al presidente chileno Salvador
Allende por falsas violaciones a la libertad de prensa. Este mismo
Ornés fue señalado por investigadores de distintas nacionalidades de
haber actuado como adulador del dictador de República Dominicana,
Rafael Leonidas Trujillo.
Otro ejemplo de la actuación de la SIP frente a
las dictaduras lo encontramos en sus denuncias en el año 1974,
cuando de acuerdo con la organización empresarial el peor enemigo de
la libertad de prensa en el continente era el gobierno nacionalista
peruano de Juan Velasco Alvarado, debido a las medidas de
expropiación de la gran prensa. Mientras tanto, la brutal represión
y el amordazamiento en las dictaduras de Chile, Argentina y Uruguay
eran prácticamente ignorados por los amos de la prensa.
LOS GOLPES DE LA SIP
En paralelo a su relación con gobiernos
dictatoriales, la historia del cartel de la gran prensa americana
registra un buen número de agresiones en contra de gobiernos
constitucionalmente constituidos, en consonancia con los intereses
imperialistas en la región. En este sentido, Gargurevich destaca la
temprana conformación de un eje CIA, SIP y agencias de noticias,
como parte de la estructura de dominación estadounidense, formando
un poderoso aparato para los planes desestabilizadores en América
Latina [5].
Quizás el caso más emblemático de acción
desestabilizadora de la SIP, haya sido el de su campaña de
propaganda sucia contra el gobierno de Salvador Allende en Chile,
derrocado en 1973 por la combinación de fuerzas reaccionarias
chilenas y la CIA, a partir de la implementación de una fuerte
guerra psicológica.
El periodista chileno Hernán Uribe asegura que
a lo largo de toda la historia de Chile, no hubo un período en el
que reinara una libertad informativa de tal magnitud que incluso
cayó en el libertinaje y en claras violaciones a la ética
profesional, como en el período presidencial de Allende. El propio
presidente Allende, en 1970, declaró a la agencia Prensa Latina que
su gobierno estaría a favor de una irrestricta libertad de prensa,
pero también propiciaría que todos los actores sociales y corrientes
ideológicos tuvieran acceso a la opinión.
“Actualmente, esos derechos están consagrados
formalmente, pero su ejercicio en la práctica aparece restringido a
sectores minoritarios que tienen una situación prominente desde el
punto de vista financiero”, señalaba Allende, según un recuento
hecho por el también periodista Ernesto Carmona. Sus palabras,
obviamente, no podían gustar a los magnates mediáticos. Menos cuando
Allende apuntaba hacia un tema central, al indicar que los medios en
los regímenes capitalistas se convierten no en instrumentos de
información, sino en instrumentos de desinformación de los intereses
populares.
Guiados por la CIA, los medios opositores
chilenos, con el diario El Mercurio a la cabeza, no podían responder
a la petición de Allende de informar en forma objetiva y mantener
con hidalguía sus puntos de vista. Por el contrario, se dedicaron a
difundir falsedades y a intentar dar una imagen de persecución a la
prensa, echándole leña al fuego en el que cocinarían la dictadura
pinochetista. De allí que Allende reclamara, el 12 de febrero de
1973: “Nos hemos visto obligados a señalar la falta de autoridad
moral y el interés tergiversado de aquellos que se cobijan en la
Sociedad Interamericana de Prensa. No nos inquieta la crítica. No
sólo la aceptamos, sino que la reclamamos”.
Uribe resalta también que fue la CIA la
encargada de manejar a la gran prensa chilena y a los afiliados de
la SIP en una campaña de propaganda negra contra Allende, hecho
corroborado por papeles desclasificados en Estados Unidos. En este
marco, el diario El Mercurio, propiedad de Agustín Edwards, quien
fungía como vicepresidente de la SIP, recibió los dólares
suficientes para su campaña contra Allende, y llegó incluso a dejar
de circular durante un día, alegando amenazas, “con el objetivo de
armar un escándalo desinformativo que clamara ‘por el cierre’ de El
Mercurio”.
De acuerdo con el periodista chileno, las
falacias fueron tales que la campaña denunciaba que se agrediría a
la prensa cortándole el suministro de papel, cuando en realidad el
gobierno no tenía relación en el negocio del papel, pues el
productor monopólico de ese elemento era una empresa privada.
En la investigación realizada por Gargurevich,
se demuestra que esta campaña de desestabilización en el Chile de
Allende incluía el deterioro de la imagen del gobierno de la Unidad
Popular, tanto interna como externamente. Ese “frente externo”
estaba conformado por los diarios miembros de la SIP. Las noticias
eran redactadas por la CIA, difundidas por las grandes agencias de
prensa y publicadas por los afiliados sipianos.
La SIP llegó incluso a reunirse en Santiago de
Chile en octubre de 1972, reunión a la cual Allende no se negó, a
pesar de la oposición de diversos sectores chilenos, conocedores de
las intenciones de la organización. Aquella reunión en la que de
nuevo se “defendía la libertad de prensa” tuvo, por supuesto, una
amplia repercusión mediática.
El trabajo de la SIP y sus asociados en el
derrocamiento del presidente guatemalteco Jacobo Arbenz, ocurrido en
1954, también ha sido develado por documentos de la CIA,
desclasificados en 1999, y recogidos en el libro “La CIA en Uruguay”
del historiador Roberto García[6].
La investigación histórica hecha por García
prueba que las prioridades propagandísticas establecidas por la CIA
en contra de Arbenz eran de inmediato reflejadas por la prensa de
derecha de Uruguay. Medios como El País y El Día publicaban
editoriales sobre la “infiltración comunista” elaborados por la CIA,
incluso con errores de traducción del inglés y descaradamente
destacados por ambos periódicos con un solo día de diferencia.
Las pruebas se encuentran en documentos como
“CIA, Guatemala General Plan of Action” (Doc. Nº 135875, 12
November 1953), que establece los contenidos esenciales del plan de
desinformación continental contra Arbenz; y “CIA, Hemisphere Support
of PBsuccess” (Doc. Nº 913376, 16 February 1954), que detalla los
apoyos hemisféricos para el plan de desinformación.
Toda esta operación estaba coronada por la
infaltable denuncia de la SIP sobre violación a la libertad de
prensa en Guatemala. En su publicación oficial “Press of the
Ameritas” (Num. 25, Vol. 1, marzo 1º de 1954), la SIP apoyaba sus
preocupaciones en una conferencia de prensa ofrecida por Jules
Dubois, presidente del Comité de Libertad de Prensa de la SIP, luego
que el presidente Arbenz alertara que la prensa estaba fomentando
una intervención extranjera en su país.
De la misma manera, Gargurevich establece en su
investigación los paralelismos entre la operación puesta en marcha
para derrocar a Allende en Chile con la campaña que logró la derrota
del primer ministro de Jamaica, Michael Manley, en las elecciones de
octubre de 1980, acusadas de fraudulentas. Manley había sido
señalado por Estados Unidos de inclinarse hacia el comunismo —con
todo lo que eso significaba en el marco de la Guerra Fría—, tras
establecer relaciones diplomáticas con Cuba, sumarse a los no
alineados, elevar los impuestos a empresas transnacionales y
declarar que su país se encaminaba hacia un socialismo democrático.
En este caso, el papel que jugó El Mercurio en
Chile fue adjudicado a The Daily Gleaner, que en 1979 fue acusado
por la Asociación de Prensa de Jamaica de asumir una conducta no
profesional, y cuya feroz campaña contra el gobierno de Manley fue
ampliamente reproducida por los diarios afiliados a la SIP.
Es conocida también la vinculación CIA-gran
prensa contra el gobierno sandinista en Nicaragua, denunciada en
1981 por los periodistas nicaragüenses; y en general contra los
gobiernos nacionalistas, socialistas, progresistas en la región que
tomen medidas que puedan afectar a los intereses de las oligarquías
locales y de Estados Unidos.
LA PROPAGANDA NEGRA
CONTINÚA
Luego de probar con éxito estos esquemas de
propaganda negra contra gobiernos democráticos y populares, el eje
CIA-SIP continúa aplicándolos en América Latina, siendo obvia su
utilización en el caso de Cuba, Argentina, con la presidencia de
Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner; Bolivia, con el
gobierno de Evo Morales; Ecuador, con el presidente Rafael Correa; y
Venezuela, con la Revolución Bolivariana impulsada por el presidente
Hugo Chávez.
En el año 2005, el ex presidente de la SIP,
Danilo Arbilla, denunciado por su vinculación con la dictadura
uruguaya, cargó contra el gobierno del presidente Néstor Kirchner,
al cual acusó de “manejar la publicidad de manera selectiva” y
“tratar con desconsideración” a los medios de comunicación. La queja
de Arbilla iba dirigida a la disposición del gobierno argentino de
distribuir la publicidad oficial con criterio de equilibrio, entre
los medios pequeños, medianos y grandes.
Contra Evo Morales, en el año 2006, la SIP
señaló que en Bolivia estaba en peligro la libertad de prensa ante
el propósito de apoyar la formación de una red de medios
comunitarios, a pesar de que estos medios constituyen una
herramienta para la democratización de las comunicaciones, a través
de la gestión de las propias comunidades.
En cuanto al gobierno de Rafael Correa, el
periodista ecuatoriano Alberto Maldonado ha denunciado que la SIP
ubica al presidente Correa como “hostil a la prensa”, sólo por sus
expresiones para calificar a determinados medios y representantes de
la prensa, frente a acusaciones y calificativos que estos han usado
en su contra sin ninguna discreción.
Sobre Venezuela, la SIP ha vertido numerosas
acusaciones a lo largo del gobierno del presidente Hugo Chávez,
reiterando el modelo de propaganda negra, según el cual estaría en
peligro la libertad de expresión.
En el caso de la aprobación de la Ley de
Responsabilidad Social en Radio y Televisión —conocida como Ley
Resorte— en el año 2004, la SIP, fiel a su precepto de que “la mejor
ley de prensa es la que no existe”, afirmó que esta legislación
estimulaba la censura previa, cuando en realidad buscaba promover el
derecho del pueblo a una información oportuna y veraz. Sin embargo,
en abril de 2002, la SIP avaló el golpe de Estado contra el gobierno
legítimo de Venezuela y no se pronunció sobre el black out
informativo de los canales privados el 13 de abril, ni sobre el
cierre de Venezolana de Televisión durante el efímero gobierno de
facto.
Por otra parte, el lazo de la patronal de la
prensa con los intereses de Estados Unidos ha quedado de nuevo en
evidencia, como lo destaca Steinsleger, cuando el 13 de octubre de
2003, la entonces consejera de seguridad nacional, Condoleezza Rice,
ordenaba en teleconferencia a la Asamblea General de la SIP, apoyar
al gobierno de Gonzalo Sánchez de Losada, cuya dimisión pedían los
bolivianos luego de una intensa represión policial.
LA SIP DEFIENDE EL VIEJO
ORDEN
La Sociedad Interamericana de Prensa no sólo ha
desatado campañas en contra de gobiernos legítimos, sino que ha
tocado también a organizaciones internacionales del propio sistema
de Naciones Unidas, que se han puesto al lado de los pueblos
latinoamericanos en la lucha por la democratización de las
comunicaciones. Así ocurrió en los años setenta contra la
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y
la Cultura (UNESCO), cuando ésta promovía el derecho de los Estados
a establecer políticas comunicacionales.
En esa década, los países no alineados
iniciaron un ágil movimiento exigiendo la creación de un Nuevo Orden
Económico Internacional (NOEI) que superara las injusticias del
orden que prevalecía hasta el momento. Aparejado a este NOEI, el
Movimiento de los No Alineados, en su Declaración de Argel de 1974,
proclamó la necesidad de un Nuevo Orden Mundial de la Información y
la Comunicación (NOMIC), que contribuyera a la democratización de
las comunicaciones, utilizando entre otras fórmulas, la definición
de políticas nacionales de comunicación. Denunciaba el Noal al
sistema informativo existente como un instrumento de dominación.
La respuesta de Estados Unidos contra esta
propuesta fue inmediata y constituyó una cerrada defensa a la
doctrina del libre flujo de la información[7], en lo cual de nuevo
la SIP actuó como su aliada. A esa doctrina, los países del llamado
Tercer Mundo oponían la exigencia de un flujo equilibrado, a través
de la reestructuración de los sistemas de información y
comunicación, contra la unidireccionalidad de los mensajes y la
concentración mediática.
Las denuncias contra ese “libre flujo”
encontraron una aliado en el informe “Un solo mundo, voces
múltiples”, presentado en 1980, resultado del trabajo de una
comisión nombrada por la UNESCO y presidida por el Premio Lenin y
Premio Nobel de la Paz, Sean MacBride. En ese documento, conocido
como Informe McBride, se exponía el desequilibrio del flujo
informativo y se planteaba la necesidad de mayor justicia en el
intercambio de información, así como de menor dependencia en
relación a las corrientes de comunicación.
La SIP se convirtió en una de las más feroces
voces opositoras al NOMIC y a la implementación de políticas
nacionales de comunicación (PNC), en una actitud reaccionaria de
lucha contra cualquier posibilidad de democratización de la
comunicación, que lógicamente atentaría contra los intereses de los
poderosos grupos mediáticos.
El argumento central que alzaron en su ofensiva
contra el NOMIC fue el más trillado de toda la época de la Guerra
Fría: ese nuevo orden olía a conspiración comunista y estaba
impulsado por la Unión Soviética.
Para frenar cualquier acción gubernamental que
favoreciera la democratización comunicacional, la SIP se unió a otra
patronal regional, la Asociación Interamericana de Radiodifusión (AIR).
Ambas atacaron además en otro frente, al descalificar la acción de
la UNESCO, organismo que bajo la conducción del senegalés Amadou
M’Bow había decidido impulsar el NOMIC, estableciendo el vínculo
entre comunicación y desarrollo. El acoso contra la UNESCO no cesó
hasta que Estados Unidos e Inglaterra anunciaron su retiro del
organismo, denunciando la politización de este foro; y se obtuvo el
nombramiento del español Federico Mayor Zaragoza, una figura
considerada mucho más dócil ante los intereses dominantes. De allí
que el investigador venezolano Oswaldo Capriles concluyera:
«El castigo sufrido por UNESCO es una de las
principales lecciones que pueden sacarse en cuanto a la terrible
fuerza que las organizaciones de agencias y medios noticiosos
occidentales, en especial estadounidenses, tienen, no solamente en
cuanto a capacidad específica para influenciar opinión a través de
la tergiversación de la información, sino en cuanto a la capacidad
para presionar directamente los gobiernos y obtener resultados
políticos de tal gravedad en la escena de los organismos del sistema
internacional de las Naciones Unidas». (1996, p. 42)
Los encargados de esta campaña fueron
principalmente The New York Times, las agencias de noticias AP, UPI
y AFP, y sobre todo la SIP y la AIR.
La acción de la SIP fue particularmente fuerte
en 1976 en contra de la Conferencia de San José de Costa Rica, donde
los gobiernos latinoamericanos se reunieron para debatir sobre
políticas nacionales de comunicación. La SIP, al no haber solicitado
el estatus de observador en la UNESCO, no fue invitada a la reunión;
sin embargo, la patronal emprendió una campaña asegurando que al no
invitarla se rehuía el debate y, en un golpe de efecto, anunció una
reunión paralela en San José, “bajo la gritona dirección de un
periodista dominicano, ex portavoz del fenecido dictador Trujillo”,
como señalaba Capriles.
En un análisis detallado de la campaña de la
SIP y la AIR contra la UNESCO, Capriles indica que ambas patronales
lograron inundar la prensa del mundo con una guerra de opinión en la
cual se impuso la idea de la existencia de una “tesis UNESCO”,
inspirada por la “extrema izquierda” y atentatoria contra la
libertad de expresión. Adicionalmente, los ataques se concentraban
contra aquellos países que apoyaban la conferencia, mientras que en
los grandes diarios disminuían las noticias negativas sobre los
países que se mostraban dispuestos a colaborar.
Los comunicados emitidos por la UNESCO no eran
publicados por casi ningún periódico, mientras que cualquier
documento emitido por el llamado “Comité para la Defensa de la
Libertad de Información”, creado por la SIP y por el International
Press Institute (IPI) como uno de sus frentes de batalla, era
reproducido en todos los medios afiliados. La campaña de la SIP era
repetida en Estados Unidos por los periódicos del grupo Hearts y el
New York Times[8]. Entretanto, desde “El Noticiero de la SIP”, se
mezclaban hechos sin conexión, acusaciones de antisemitismo,
denuncias de maniobras de la “aplanadora rusa-Tercer Mundo” para
arremeter contra la UNESCO.
Aunque una de las estrategias aplicadas por la
SIP fue insistir en un supuesto complot contra la libertad de
expresión orquestado por gobiernos de extrema derecha y de extrema
izquierda, lo cierto es que como revela Capriles:
“En los países de gobierno dictatorial existió
de hecho un acuerdo tácito entre gobiernos y medios difusivos sobre
la base de situaciones previas de entendimiento, lo que demuestra de
paso que los medios comerciales no estaban exigiendo democracia o
libertad, sino defendiendo privilegios oligopólicos para su
actividad publicitaria, actividad que en cambio consideraban
amenazada en aquellos países de régimen de democracia formal, por el
hecho de ser en estos —o al menos en algunos de ellos— donde se
había planteado el tema de las políticas de comunicación, como
elemento necesario para un avance o perfeccionamiento de la
democracia”. (Capriles, 1996, p. 57)
Algunos de los acuerdos de esa reunión de Costa
Rica consistían en crear una agencia latinoamericana y caribeña de
noticias, establecer formas de cooperación para el desarrollo de las
comunicaciones rurales, formar un consejo latinoamericano de
comunicación social, exigir una circulación equilibrada de
comunicación e información en el plano internacional y reconocer el
derecho a la comunicación como derivado del derecho universal de
expresión. Sin embargo, todos estos propósitos fueron abandonados
por los gobiernos ante la fuerte presión mediática.
Particularmente en Venezuela, la SIP encontró
el apoyo de la patronal Fedecámaras, que el 3 de agosto lanzó una
declaración en la cual hablaba sobre la necesidad de salvaguardar la
libertad de expresión y alertaba contra el peligro totalitario.
Desde entonces hasta ahora, la SIP se ha
mantenido actuando contra los intentos de reivindicación del derecho
a la comunicación y a la información veraz. Es por ello que a
finales de los noventa, acusó al gobierno de Rafael Caldera de tener
tentaciones totalitarias, buscando impedir que presentara su
propuesta del derecho a la información veraz en la VII Cumbre
Iberoamericana, reunida en la isla de Margarita, en 1997.
En aquella cumbre, a pesar de la violenta
oposición de la SIP, se aprobó por primera vez un párrafo que habla
sobre garantizar el derecho a la información veraz, en el acuerdo 38
de esa conferencia, que aún está vigente. Este principio encontró
luego caminos más firmes en la Constitución de la República
Bolivariana de Venezuela, que consagra en el artículo 58 el derecho
a la información oportuna, veraz e imparcial.
EL LENGUAJE DE LA SIP.
¿LIBERTAD DE PRENSA O LIBERTAD DE EMPRESA?
En su lenguaje oficial, la SIP se esmera en
utilizar conceptos que legitiman su comportamiento y la autoerigen
en un referente a la hora de definir qué es la libertad de prensa y
de decidir quién respeta esta libertad y quién no. No obstante,
cuando hace esto, está incurriendo en la usurpación de un derecho
colectivo de los pueblos y oculta en nombre de quiénes actúa
verdaderamente esta organización patronal. Veamos algunos ejemplos:
* La SIP se empeña en hablar como representante
de los periodistas, pero como hemos visto, se trata de una
organización empresarial que sólo representa a los dueños de los
medios. Por lo tanto, no puede hablar en nombre del gremio
periodístico, como lo han denunciado periodistas de todo el
continente.
* La SIP se abroga el derecho de decidir quién
viola y quién respeta la libertad de expresión. Como advierte el
periodista Ernesto Vera, la libertad de expresión es un derecho
individual, del cual se deriva la libertad de prensa, pero en el
tiempo de los medios masivos se convierten en un derecho colectivo.
Es entonces un derecho de la sociedad y no de los dueños de la gran
prensa. Dejarlo efectivamente en sus manos, es como si confiáramos
que el derecho a la salud fuera defendido y definido sólo por las
grandes clínicas privadas.
Oswaldo Capriles, en su libro “Poder político y
comunicación”, señala también que la SIP utiliza la libertad de
prensa para presionar en la opinión pública. Al presentarse como los
encargados de definir en cuáles países hay libertad de prensa y en
cuáles no, consiguen mantener presionados a los gobiernos y
presentarse ante la opinión pública con un valor que no tienen.
Recuerda además que se nos oferta la concepción dominante de la
libertad de expresión como un exclusivo privilegio de los dueños de
los medios.
En definitiva, ¿quién tiene derecho a la
libertad de expresión, sino la sociedad? Es por eso que se denuncia
con frecuencia la pretensión de la SIP de fusionar la libertad de
prensa con la libertad de empresa, que no es más que la defensa de
su capacidad de realizar negocios, tal y como lo expresa la FELAP:
«Siendo esta sociedad una agrupación nucleada
con base en propietarios y editores de periódicos, la libertad de
prensa que dice defender no puede ser otra que la libertad de
empresa que necesitan sus miembros para participar en el comercio de
la prensa y utilizar la noticia con una mercancía u objeto de
consumo» (2006, p. 28).
* La SIP pretende definir, sin la participación
de otras instancias de la sociedad, qué es la libertad de expresión,
un derecho que no les ha sido otorgado y del cual se han apropiado a
partir de su poder económico. Esta pretensión de la SIP es muy clara
en su Declaración de Chapultepec, en la cual se expresa una apología
de un concepto de libertad de prensa que pretende una prerrogativa
de los medios de difusión. La organización empresarial inició el
proyecto de Chapultepec en 1994 y actualmente asegura que los diez
puntos establecidos en la Declaración se han establecido como “el
estándar reconocido mediante el cual el hemisferio mide la libertad
de prensa y expresión”. De hecho, aseguran que a partir de 1994, se
ha tomado “un concepto abstracto”, como el de libertad de expresión
y se le ha dado una configuración que ha permitido que la gente ya
no dé respuestas “confusas, esporádicas e incoherentes” cuando se le
pregunta qué es libertad de expresión.
* La SIP invariablemente se presenta como la
defensora de la prensa independiente. Vistos los cuantiosos ejemplos
de manipulación y desinformación, habría que preguntarse, ¿esa
prensa es independiente de qué? Independiente de los intereses
populares; dependiente de los dueños del dinero y del poder.
* La SIP se opone duramente al concepto de
información veraz, alegando que si lo aceptan tendrían que rendirles
cuentas a los gobiernos, y que estos podrían censurar a la prensa al
ser los que definan qué es la información veraz. Es esta una falsa
dicotomía, porque es la sociedad la encargada de denunciar a los
medios cuando mienten. El dilema no es SIP vs. Gobierno, sino SIP
vs. Sociedad.
* La SIP siempre se ha manifestado en contra de
las leyes de prensa, defendiendo en su lugar el concepto de
autorregulación. Sin embargo, el hecho de que alguien tenga dinero
para poseer un medio de prensa que alcanza a centenares de miles o
millones de personas, no lo coloca sobre la sociedad o al margen de
la sociedad; igual debe responder y asumir una responsabilidad ética
y social; si no, estaríamos ante la paradoja de un poder
antidemocrático que actúa como contralor de otro poder, este sí
democráticamente constituido, sin tener que rendir cuentas y sin
posibilidad de ser cambiado.
Habría que recordar, como lo hace Vera, que la
prensa se apoya para su existencia en preceptos constitucionales que
no se compraron con dinero, sino con el sacrificio y la sangre de
todos los que lucharon por tener independencia.
PODEROSOS, PERO NO
TODOPODEROSOS
A pesar de este historial de alianzas
imperialistas, manipulaciones y desinformación, en los últimos
tiempos gobiernos progresistas, de izquierda o revolucionarios, han
logrado obtener victorias en procesos electorales en América Latina,
aun en contra de la voluntad y la posición de los grandes medios de
prensa, lo cual representa una derrota para los poderosos de la SIP.
Esto evidencia, sin duda, un crecimiento de la conciencia crítica de
los pueblos, aun cuando las campañas de propaganda negra continúan
haciendo daño e intentando doblar la voluntad popular de avanzar
hacia la transformación de nuestras realidades.
Una idea defendida por Ernesto Vera, luego de
años en el ejercicio del periodismo, es que los dueños de los medios
son poderosos, pero no todopoderosos. Y su punto débil radica
precisamente en que su mensaje ofende la inteligencia humana y no se
identifica con la realidad de la inmensa mayoría de los
destinatarios. Es por ello que aun con menos recursos, tecnológicos
y financieros, es preciso insistir en la tarea de desarrollar la
conciencia crítica sobre lo que significan esos medios y sobre
quiénes son sus dueños, y los dueños de esos dueños.
Notas:
[1] Las informaciones y
reflexiones aportadas por el periodista cubano Ernesto Vera
surgieron de una entrevista personal realizada para este trabajo.
Vera es presidente honorario de la Federación Latinoamericana de
Periodistas (FELAP) y profesor del Instituto Internacional de
Periodismo José Martí.
[2] En 1950, la SIP tenía un
total de 778 miembros, 424 eran estadounidenses, 314 eran
latinoamericanos y 22 canadienses y europeos.
[3] Para dar respuesta a este
llamado, pasarían 25 años, pues fue sólo en 1976 cuando se creó la
Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP), bajo el principio
de apoyar siempre el derecho de los pueblos a la información veraz.
Para fundar la FELAP fue fundamental la acción del combatiente
periodista peruano Genaro Carnero Checa, quien logró que el
presidente de México para ese entonces, Luis Echeverría, le diera
apoyo al nacimiento de la organización. Hoy en día, las acciones y
declaraciones de la FELAP continúan siendo silenciadas por los
grandes medios.
[4] Las citas sobre este libro
de Selser están recogidas por el periodista José Steinsleger, en el
artículo “SIP: Mordaza de libre presión”, publicado por el diario
mexicano La Jornada, el 15 de octubre de 2006. Sobre este tema de la
SIP, Selser también es citado con frecuencia por Juan Gargurevich.
Steinsleger anota que si la SIP fuese una entidad realmente
comprometida con la libertad, la independencia y la democracia, el
edificio que en Miami alberga su sede debería llamarse Gregorio
Selser (1922-1991), en lugar de Jules Dubois.
[5] El investigador venezolano
Oswaldo Capriles, en un libro titulado “Poder político y
comunicación”, puntualiza que sin duda las agencias de seguridad
estadounidenses han estado involucradas en la conformación de la
SIP, aunque los dueños de los medios no necesiten mucha presión para
mantener posiciones coincidentes con el complejo
industrial-político-militar estadounidense, dado su lugar dentro de
las élites dominantes. De allí se explica la tendencia
ultraconservadora que otorga a la SIP.
[6] Las notas sobre el libro de
García fueron publicadas en el diario uruguayo La República, el 20
de agosto de 2007, bajo el título “La CIA ordenaba; El País y la SIP
ejecutaban”. La reseña del diario recuerda que Arbenz encabezó el
segundo gobierno de lo que se llamó la "primavera democrática" en
Guatemala y fue derrocado el 27 de junio de 1954, por una invasión
de "un ejército libertador" organizado, financiado y armado por
EE.UU. “La operación de la CIA para derrocar a Arbenz se denominó
“Sucess" y fue la primera que incluyó la implementación de "un
aparato de construcción de opinión a nivel continental" según la
definición propia de los EE.UU. La operación fue autorizada por el
presidente de EE.UU., Dwigth
Einsenhower e
instrumentada por el entonces canciller John Foster Dulles, y su
hermano Allen, director de la CIA. Los hermanos Dulles, eran
accionistas de la United Fruit Company, propietaria de enormes
latifundios y plantaciones en Guatemala, afectados por la Reforma
Agraria emprendida por Arbenz para darles tierra a los miles de
campesinos e indígenas privados de ella”.
[7] Ya en la Conferencia
Interamericana de Chapultepec, realizada en 1945, Estados Unidos
había impulsado la aprobación de una resolución relativa a la libre
circulación de noticias. Como destaca el periodista venezolano
Eleazar Díaz Rangel, en su libro “La información internacional en
América Latina”, estas resoluciones podían ser inobjetables en la
letra, pero en la práctica “sólo beneficiarían al único país en
capacidad de hacer circular todo tipo de mensajes comunicacionales,
consciente del poder de la información”. Un año después, en 1946, el
Departamento de Estado informaba que un subsecretario de Estado se
ocuparía de los asuntos de comunicación, con la función expresa de
romper las barreras que se oponían a la expansión de los medios
estadounidenses en el planeta, asumiendo la libertad de prensa como
parte de la política exterior estadounidense.
[8] La reportera del New York
Times, Deidre Carmody, sostenía los argumentos de la SIP y se
quejaba de la imposibilidad de presentar los alegatos de la UNESCO
afirmando que no había sido posible contactar a ninguno de sus
funcionarios en la conferencia de Costa Rica, cuando luego quedó al
descubierto que no sólo no estaba acreditada como corresponsal para
el evento, sino que tampoco se encontraba en San José.
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(Fuente: ABN)
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