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¿Qué se puede
esperar de la cita caraqueña de la SIP?
Miente, miente…a favor de la guerra
de Bush
Víctor Ego Ducrot
Fiel a su estilo, la Sociedad Interamericana de
Prensa (SIP), creada en la década del ´50 del siglo pasado, a
iniciativa de la Central estadounidense de inteligencia (CIA),
seguramente convertirá su próxima cita en la ciudad de Caracas en
una provocación contra Venezuela, Ecuador y contra la reciente
iniciativa de los mandatarios del Grupo Río.
Estos acaban de firmar un documento en
oposición al eje central de la política exterior de Washington,
conocido como la doctrina de la guerra preventiva.
El resultado de la reunión en la capital
venezolana fue preanunciado por el informe que la SIP divulgó en
octubre pasado.
Respecto de Venezuela, la SIP dijo “la libertad
de expresión e información que periodistas y medios de comunicación
independientes ejercen y defienden es un valor que el que gobierno
intenta suprimir definitivamente”.
Al referirse a Ecuador sentenció que “en este
período el presidente Rafael Correa mantuvo en general una actitud
de beligerancia contra la prensa. Un juicio contra el director de
diario La Hora y un texto legal para prohibir la difusión de ciertos
videos fueron los acontecimientos más preocupantes”.
En su campaña desinformativa –especialidad que
perfeccionó la SIP cuando defendió a capa y espada las dictaduras
que asolaron nuestra región en décadas pasadas- la entidad que en la
actualidad preside Earl Maucker criticó que el 21 de mayo último el
presidente Correa haya pedido a llevar a la justicia “a los medios
que atenten contra la verdad”.
Insólita recriminación esa, pues con esa
innovación el presidente Correa no hace otra cosa que cumplir con
sus obligaciones constitucionales. Todo el sistema jurídico
contemporáneo, comenzando por la legislación y la práctica judicial
estadounidense, faculta a los ciudadanos a protegerse con la ley
frente a conductas mediáticas tergiversadoras.
Los más recientes debates teóricos y políticos
en el ámbito de la comunicación social propugnan el estricto
cumplimento del derecho de las ciudadanas y de los ciudadanos a
informar y estar informados, derecho que tiene, entre otros, los
siguientes enemigos concretos: la manipulación, la desinformación y
la mentira sistemática por parte de los grandas corporaciones
periodísticas, y la concentración de medios y recursos tecnológicos
en pocas y transnacionalizadas manos.
Respecto de cómo algunos medios defendidos con
ahínco por la SIP han aplicada sus concepciones de “guerras
mediáticas” contra los actuales gobiernos de Venezuela y Bolivia,
por ejemplo, nos remitimos a recomendar la lectura de los informes
del Observatorio de Medios de APM (www.prensamercosur.com.ar), como
así también los valiosos trabajos sobre esas prácticas en Argentina
que produce la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA).
Sobre Argentina, el informe de octubre último
de la SIP dice: “el clima de libertad de prensa se ve deteriorado
por la obsesiva tendencia del gobierno hacia la uniformidad de
pensamiento, sin dar lugar al pluralismo de ideas. Los funcionarios
de primera línea rehúyen de las conferencias de prensa y del
diálogo directo con los periodistas”.
“Medios de comunicación y asociaciones de
periodistas argentinos expresaron su crítica por ser excluidos de
las conferencias de prensa o de los actos públicos que realiza la
senadora Cristina Fernández de Kirchner y el propio presidente
Néstor Kirchner en su giras por Europa o Estados Unidos, aceptando
en cambio entrevistas sólo con la prensa extranjera”.
Respecto de eso dos párrafos, la SIP es
desmentida por sus propios socios de Argentina, el conjunto de
medios poderosos que, en bloque, ofrecen líneas editoriales adversas
al gobierno, sin que éste haya tomado una sola medida legal o ilegal
contra ellos.
Además, en ¿qué manual o desarrollo teórico
sobre periodismo se afirma que las conferencias de prensa a cargos
de los propios mandatarios o lo contactos directos de éstos con los
medios son condiciones necesarias para que en el país que se trate
rija la libertad de prensa?
Cada gobernante y cada ciudadano tienen el
derecho inalienable de relacionarse con la prensa en la forma que lo
crea correcto o conveniente, conforme a la ley vigente.
A lo que sí están obligados los Estados
democráticos es a informar sobre sus actos y, en ese sentido,
decenas de diarios, semanarios y canales de televisión, cientos de
emisoras de radio e incontables medios electrónicos argentinos
informan a diario y al instante sobre lo que sucede en el país, sin
que ningún acto de censura haya sido promocionado por el gobierno
nacional.
La SIP pone el acento sobre la supuestas
discriminaciones en las pautas publicitarias del Estado argentino,
reclamos las más de las veces falsos de medios y empresarios que,
por sus apoyos a dictaduras y gobernantes condenados por delitos de
lesa humanidad, deberían ser sometidos a la Justicia.
Ahora bien, el propio informe de la SIP sobre
Argentina resalta que: “el fallo de la Corte ha fijado criterios
objetivos sobre la racionalidad y los recaudos para evitar la
discriminación en la distribución de la publicidad oficial. La
sentencia considera que el gobierno de la provincia de Neuquén obró
arbitrariamente al reducir sensiblemente la publicidad oficial con
ese medio de prensa en diciembre del 2002 y suprimirla en enero del
2003”.
Si los tribunales y la propia Corte Suprema de
un país adoptan decisiones como la citada –demostración fehaciente
del funcionamiento del Estado de Derecho-, en qué se apoya la SIP
para poner en duda la vigencia de la liberta de prensa. En nada,
simplemente se trata de una mentira más.
En su último informe, de octubre de 2007, la
SIP también acomete contra Brasil.
Dice: “hay preocupación sobre iniciativas
aisladas que afectan a la libertad de prensa con amenazas, ataques,
abusos y delitos cometidos contra periódicos e medios de
comunicación. La prensa brasileña enfrenta reiteradas amenazas
contra la libertad de expresión comercial representada por las
gestiones de una agencia reguladora, Anvisa, para que se legisle el
contenido publicitario mediante decretos administrativos que ignoren
la Constitución”.
Por supuesto que esas imputaciones no tienen
apoyatura fehaciente, ya que la propia SIP no pudo ofrecer prueba
alguna de actos gubernamentales brasileños que violen la legislación
del país.
Nunca está de más resaltar que las
“preocupaciones” de la SIP por la prensa sólo se refieren a los
intereses comerciales, económicos y financieros de las grandes
corporaciones mediáticas y a la condena sistemática de todo gobierno
o proyecto de Estado transformador y democrático, surgido de las
voluntades populares.
Otro blanco permanente de la SIP son lo medios
públicos, los que, más allá de sus imposibles imperfecciones
mientras los Estados de la región no asuman en forma definitiva su
defensa irrestricta y una concepción amplia sobre los mismos,
conforman la mejore herramienta para hacer realidad el derecho de
las ciudadanas y de los ciudadanos a informar y estar informados.
Por ejemplo, nada dijo la SIP sobre las
irregularidades de una decisión judicial adoptada en la provincia
argentina de Mendoza, donde el lobby de un grupo privado, sospechado
de vínculos con el narcotráfico y organizaciones terroristas
anticubanas de Miami, logró sacar del aire al Canal 7 de la
televisión pública nacional, en un acto que no cuenta con sostén
jurídico alguno. Es que la SIP forma parte de ese entramado
antidemocrático.
En este artículo fueron citados los casos de
Venezuela, Ecuador, Argentina y Brasil porque sin duda las campañas
sistemáticas de la SIP contra esos países serán utilizadas en los
próximos días para manipular la situación regional, de cara a la
firme decisión adoptada por los mismos en la última cumbre del Grupo
Río, en defensa de Ecuador ante las agresiones de Colombia y Estados
Unidos.
En Argentina, al
igual que en el resto de los países de área, los grandes medios
asociados a la SIP ya lanzaron sus campañas desinformativas, en
conjunción con las maniobras y presiones diplomáticas de Washington,
propiciatorias de la extensión del llamado Plan Colombia y de un
escenario bélico en América de Sur.
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