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Lunes, 30 de enero de 2012


Martí y Clara Barton

Salvador Arias

No hace mucho, en distintos medios de comunicación cubanos se llamó la atención sobre la figura de la estadounidense Clara Barton, especialmente por el hecho de que cuando la asesina Reconcentración impuesta por Weyler al pueblo cubano, en 1898, recibió la orden de los mandos militares de su país, de no distribuir la ayuda humanitaria que traía, como paliativo al hambre y sufrimiento de las capas humildes de la población, las más afectadas por el despotismo hispánico.  La excusa estadounidense fue que sus esfuerzos contribuirían al mantenimiento del régimen español. 

La labor anterior de la Barton había sido conocida por José Martí.  En una de sus Escenas norteamericanas, dedicada a contar la terrible inundación ocurrida en el poblado de Johnstown, el 31 de mayo de 1889, publicada en La Nación de Buenos Aires, el 26 de julio de ese mismo año, se refiere, breve pero intensamente a esta figura.  En esta crónica de tanto aliento épico los personajes suelen ser anónimos, o mejor dicho, constituyen un protagonista colectivo que rara vez se personaliza bajo un nombre. A diferencia de lo que solía presentar en sus crónicas, las figuras reales con nombre y apellido están ausentes, excepto una: Clara Barton.  Sin embargo, este personaje histórico tiene una connotación alegórica que la vértebra a lo que pudiéramos llamar superobjetivo de esta crónica: la capacidad del hombre de sobreponerse a las más adversas circunstancias y luchar por restablecer la armonía desequilibrada. 

Clara Barton reunía una serie de cualidades que la hacían merecedora de la mayor simpatía por parte de Martí.  Maestra, cuando la Guerra de Secesión estadounidense ejerció como enfermera voluntaria hasta en los mismos campos de batalla.  Fundadora y primera presidenta de la Cruz Roja estadounidense, también ejerció su labor humanitaria durante la guerra francoprusiana (1870) y organizó la Cruz Roja en su país, de la cual fue la primera presidenta (1881).  Representó a los Estados Unidos en la Asamblea de Ginebra (1884), en donde defendió su iniciativa de que la Cruz Roja tuviese el derecho de intervenir oficialmente, para prestar auxilio, no solo en tiempos de guerra, sino ante cualquier catástrofe o calamidad. Así lo hizo durante la inundación en Johnstown, y Martí la destaca como símbolo de la solidaridad activa en una hermosa y rápida etopeya. 

Etopeya, que según los antiguos moldes retóricos, es la descripción del carácter, acciones y costumbres de una persona.  En siete líneas condensa su visión física y espiritual de este singular personaje.  Antes de presentárnosla, Martí hace la transición en una frase intencionada: “las mujeres son ahora primero; y las más débiles, las privilegiadas”.  Pero mujer primera, mas no débil, en la ayuda a los damnificados es esta Clara Barton, a quien inicialmente describe “en su campamento de la Cruz Roja” a través de su vestimenta: “la cruz al brazo, el gorro de enfermera, y sobre el traje gris el delantal resplandeciente”.  Luego la pinta en acción, con sus médicos y sus ayudantes, “con tiendas claras y su corazón benigno”, descripción de elementos sencillos de distinto orden, que al unirlos nos dan su quehacer. Y después los cuatro sintéticos epítetos seguidos: “viva, elocuente, fea, muy hermosa”. En estos últimos dos, aparentemente contrapuestos, Martí proclama un concepto ético-estético que aparece repetida varias veces en sus textos.  Y luego la razón de la extrema simpatía, esa que la ligaba al propio proceder martiano: “Está allí para morir, si es menester, cuando con el fuego del sol cunda la peste de los cadáveres insepultos”.  El carácter descriptivo de la etopeya se ratifica en el final del fragmento, con un detalle que sugiere ese especial toque femenino al cual Martí era tan sensible: “Está allí Clara Barton cosiendo, cosiendo cortinas de muselina blanca para la tienda de las mujeres”. 

Las relaciones de Clara Barton con Cuba comenzaron hacia 1897, cuando a raíz de la Reconcentración le solicitó al presidente Mc Kinley, al amparo del tratado de Ginebra, llevar medicinas y alimentos a la Isla.  Conseguido esto viajó a Cuba en enero de 1898 y prestó su mayor esfuerzo al organizar la distribución en los centros de reconcentrados. Durante su estancia ocurrió la extraña voladora del acorazado estadounidense Maine en la bahía de La Habana y ella prestó ayuda a los marinos heridos. Cuando, a raíz de esto, los Estados Unidos le declaran la guerra a España, la Barton tuvo que regresar a su país por problemas políticos  e intentó después volver de nuevo a  Cuba  en un barco con suministros. Pero según sus propias palabras, “El almirante Sampson me dijo, abierta y fielmente, que mi ayuda y mis esfuerzos eran exactamente opuestos a los del gobierno del cual recibía órdenes, pues si mi esfuerzo era llevar alimentos a Cuba, su objetivo, que era el de su gobierno, era quitar los alimentos”. 

Mas la Barton persistió y volvió a ejercer su humanitaria labor en las ciudades cubanas,  Se encontraba en Santiago de Cuba cuando el desembarco estadounidense y el hundimiento de la flota española.  Por su labor, un busto perpetúa su recuerdo en esa ciudad.  Otro lugar de Cuba, Sagua la Grande, también recuerda con veneración su estancia allí y, según expresa un actual sitio digital de esa ciudad, “tanto llegó a querer el pueblo sagüero a aquella mujer, que correteaba por las calles de Sagua con alimentos, medicinas y ropas, que decidieron nombrar una calle con su nombre para que nunca se olvidara aquella amable benefactora”.  Y así mantiene nueva vida en nuestras tierras esa mujer que Martí describió como  “viva, elocuente, fea, muy hermosa”. 

(Fuente: Cubarte)

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