Martí
y Clara Barton
Salvador Arias
No hace
mucho, en distintos medios de comunicación cubanos se llamó la
atención sobre la figura de la estadounidense Clara Barton,
especialmente por el hecho de que cuando la asesina
Reconcentración impuesta por Weyler al pueblo cubano, en 1898,
recibió la orden de los mandos militares de su país, de no
distribuir la ayuda humanitaria que traía, como paliativo al
hambre y sufrimiento de las capas humildes de la población, las
más afectadas por el despotismo hispánico. La excusa
estadounidense fue que sus esfuerzos contribuirían al
mantenimiento del régimen español.
La labor
anterior de la Barton había sido conocida por José Martí. En
una de sus Escenas norteamericanas, dedicada a contar la
terrible inundación ocurrida en el poblado de Johnstown, el 31
de mayo de 1889, publicada en La Nación de Buenos Aires, el 26
de julio de ese mismo año, se refiere, breve pero intensamente a
esta figura. En esta crónica de tanto aliento épico los
personajes suelen ser anónimos, o mejor dicho, constituyen un
protagonista colectivo que rara vez se personaliza bajo un
nombre. A diferencia de lo que solía presentar en sus crónicas,
las figuras reales con nombre y apellido están ausentes, excepto
una: Clara Barton. Sin embargo, este personaje histórico tiene
una connotación alegórica que la vértebra a lo que pudiéramos
llamar superobjetivo de esta crónica: la capacidad del hombre de
sobreponerse a las más adversas circunstancias y luchar por
restablecer la armonía desequilibrada.
Clara
Barton reunía una serie de cualidades que la hacían merecedora
de la mayor simpatía por parte de Martí. Maestra, cuando la
Guerra de Secesión estadounidense ejerció como enfermera
voluntaria hasta en los mismos campos de batalla. Fundadora y
primera presidenta de la Cruz Roja estadounidense, también
ejerció su labor humanitaria durante la guerra francoprusiana
(1870) y organizó la Cruz Roja en su país, de la cual fue la
primera presidenta (1881). Representó a los Estados Unidos en
la Asamblea de Ginebra (1884), en donde defendió su iniciativa
de que la Cruz Roja tuviese el derecho de intervenir
oficialmente, para prestar auxilio, no solo en tiempos de
guerra, sino ante cualquier catástrofe o calamidad. Así lo hizo
durante la inundación en Johnstown, y Martí la destaca como
símbolo de la solidaridad activa en una hermosa y rápida
etopeya.
Etopeya,
que según los antiguos moldes retóricos, es la descripción del
carácter, acciones y costumbres de una persona. En siete líneas
condensa su visión física y espiritual de este singular
personaje. Antes de presentárnosla, Martí hace la transición en
una frase intencionada: “las mujeres son ahora primero; y las
más débiles, las privilegiadas”. Pero mujer primera, mas no
débil, en la ayuda a los damnificados es esta Clara Barton, a
quien inicialmente describe “en su campamento de la Cruz Roja” a
través de su vestimenta: “la cruz al brazo, el gorro de
enfermera, y sobre el traje gris el delantal resplandeciente”.
Luego la pinta en acción, con sus médicos y sus ayudantes, “con
tiendas claras y su corazón benigno”, descripción de elementos
sencillos de distinto orden, que al unirlos nos dan su quehacer.
Y después los cuatro sintéticos epítetos seguidos: “viva,
elocuente, fea, muy hermosa”. En estos últimos dos,
aparentemente contrapuestos, Martí proclama un concepto
ético-estético que aparece repetida varias veces en sus textos.
Y luego la razón de la extrema simpatía, esa que la ligaba al
propio proceder martiano: “Está allí para morir, si es menester,
cuando con el fuego del sol cunda la peste de los cadáveres
insepultos”. El carácter descriptivo de la etopeya se ratifica
en el final del fragmento, con un detalle que sugiere ese
especial toque femenino al cual Martí era tan sensible: “Está
allí Clara Barton cosiendo, cosiendo cortinas de muselina blanca
para la tienda de las mujeres”.
Las
relaciones de Clara Barton con Cuba comenzaron hacia 1897,
cuando a raíz de la Reconcentración le solicitó al presidente Mc
Kinley, al amparo del tratado de Ginebra, llevar medicinas y
alimentos a la Isla. Conseguido esto viajó a Cuba en enero de
1898 y prestó su mayor esfuerzo al organizar la distribución en
los centros de reconcentrados. Durante su estancia ocurrió la
extraña voladora del acorazado estadounidense Maine en la bahía
de La Habana y ella prestó ayuda a los marinos heridos. Cuando,
a raíz de esto, los Estados Unidos le declaran la guerra a
España, la Barton tuvo que regresar a su país por problemas
políticos e intentó después volver de nuevo a Cuba en un
barco con suministros. Pero según sus propias palabras, “El
almirante Sampson me dijo, abierta y fielmente, que mi ayuda y
mis esfuerzos eran exactamente opuestos a los del gobierno del
cual recibía órdenes, pues si mi esfuerzo era llevar alimentos a
Cuba, su objetivo, que era el de su gobierno, era quitar los
alimentos”.
Mas la
Barton persistió y volvió a ejercer su humanitaria labor en las
ciudades cubanas, Se encontraba en Santiago de Cuba cuando el
desembarco estadounidense y el hundimiento de la flota
española. Por su labor, un busto perpetúa su recuerdo en esa
ciudad. Otro lugar de Cuba, Sagua la Grande, también recuerda
con veneración su estancia allí y, según expresa un actual sitio
digital de esa ciudad, “tanto llegó a querer el pueblo sagüero a
aquella mujer, que correteaba por las calles de Sagua con
alimentos, medicinas y ropas, que decidieron nombrar una calle
con su nombre para que nunca se olvidara aquella amable
benefactora”. Y así mantiene nueva vida en nuestras tierras esa
mujer que Martí describió como “viva, elocuente, fea, muy
hermosa”.
(Fuente:
Cubarte)