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El castellano sin pujos ni remilgos
María Luisa García Moreno
Quien como
periodista supo crear una prosa florida y galana, fue también capaz
de reflexionar acerca del uso de nuestro idioma en la prensa de su
tiempo y esas sabias reflexiones pueden hallarse en “El castellano
en América”, artículo periodístico de nuestro José Martí, que hasta
hoy no parece recogido en sus Obras completas, aunque fue publicado
en La Nación, de Montevideo, el 23 de julio de 1889.
A pesar del
tiempo transcurrido desde su publicación, “El castellano en América”
constituye un texto pleno de vigencia, un llamado a la utilización
de toda la riqueza semántica y expresiva de un idioma que se
extiende por medio mundo.
Narra en él
Martí, la anécdota “de cierto director de diario”, quien “cada vez
que le llegaba un aspirante con deseos de escribir en su periódico,
le mostraba una pizarra” llena de vulgarismos y muletillas: probar
el aspirante que era capaz de escribir sin utilizarlas era la prueba
de admisión. Y, de inmediato, la valoración martiana: “Algo así pasa
con muchos periódicos de nuestros países; llenos de noble juventud y
excelente intención, pero donde se habla una jerga corriente, y
desluce con modismos bárbaros y acepciones inauditas un párrafo
bello o una idea feliz”. Triste es decir que la situación no ha
cambiado mucho desde entonces y que los diferentes medios de prensa
de nuestro país —y del resto de los países hispanohablantes,
supongo— están plagados de vulgarismos y errores.
Es cierto que
la premura con que se hace un diario o la inmediatez de la radio y
la televisión, generan esos errores. Es cierto que por cada error
hay decenas de páginas o elocuciones limpias y hermosas… Es cierto
también que errar es humano; pero nada de eso justifica la tendencia
al disparate. A los comunicadores nos toca, por la enorme fuerza que
tienen los medios comunicativos, decir con Martí:
“Y la lengua
que se habla debe hablarse como lo manda la razón, y como sea la
lengua, por lo mismo que se pone uno la ropa a su medida, y no a la
del vecino, con el pretexto de que todo es ropa. Ni cuando se
escriba una carta se la llena de borrones, porque como quiera es
carta. Ni el que ostenta un jarrón en su juguetero, lo tiene de loza
burda y mal cocida, cuando lo puede tener de fino Sevres. Pues,
porque se llevan zapatos, ¿hay razón para poner la gala en llevarlos
rotos?”.
Y añade
nuestro Apóstol:
“Se ha de
hablar el castellano sin pujos ni remilgos […] ni novelerías
innecesarias, que ponen al español pintarrajeado y tornadizo, como
un maniquí de sastrería. El que se atreva con sus elegancias
—continúa el Maestro— háblelo con ellas, que no es pecado hacerse
los pantalones en lo de Pool —sastre famoso—, en vez de comprarlos
hechos a molde, rodilleros y bolsudos, en el Bon Marché —famosa
tienda de París, cuyo nombre significa ‘barato’—; ni una mujer es
menos bella y virtuosa porque le corte un traje Félix que porque se
lo ponga hecho una infelicidad la madama de la esquina.
”Pero no se ha
de poner el español, so pretexto de elegancias, entretelado y lleno
de capas lo mismo que las cebollas; ni, so pretexto de libertad, se
le ha de dejar como payaso de feria, lleno de sobrepuestos y
remiendos en colorín que no sea suyo, usando las voces fuera de su
sentido, o traduciendo malamente del francés e inglés lo que de
sobra hay modo de decir con pureza en español o inventando verbajos
que corren a la larga entre la gente inculta […]”.
Y he aquí, que
el texto martiano enuncia tres importantes ideas: la primera,
relacionada con la elegancia del lenguaje… ¿por qué, para ponerse a
tono con quienes le rodean, ha de expresarse con vulgarismos y
chabacanerías quien es capaz de la más refinada elegancia? ¿Por qué
alguien debe aparentar menos cultura de la que tiene…? Siempre
recuerdo las palabras de otro grande de las letras, el poeta español
Antonio Machado: “Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en
España; Shakespeare, en Inglaterra; Tolstoi, en Rusia. Es el milagro
de los genios de la palabra”. Y ¿por qué —pregunto yo— con el
pretexto de escribir para el pueblo, de ser popular, ha de irse
hacia abajo?
La segunda,
relacionada con las traducciones… ¿se ha fijado usted la fuerza que
tiene el criterio de respetar la ortografía o redacción de una cita?
Yo no lo comparto. Creo que todo lo que puede arreglarse, ha de
arreglarse, y que eso no implica falta de respeto ni mucho menos.
¿Por qué continuar divulgando una mala traducción o un error? O ¿por
qué usar de otro idioma lo que el nuestro tiene en abundancia?
La tercera se
refiere a “los verbajos” de la gente inculta. ¿Se ha percatado usted
de esas frases que repiten los humoristas, que son tan habituales en
la música bailable…? Con todo el respeto que merecen las muchas
excepciones que existen tanto entre nuestros humoristas como entre
nuestros músicos, es este un tema donde hay mucha, pero mucha tela
por donde cortar. Soy de las que creen que hay ejemplos que no son
precisamente cultura y que nuestros medios de comunicación debían
velar con mucho más cuidado por estas cuestiones.
El interesante
artículo de Martí, continúa así:
“Cada asunto
requiere su estilo, y todos concisión y música, que son las dos
hermosuras del lenguaje. En lo ligero, por ejemplo, está bien el
donaire, que huelga en la historia, donde cada sentencia ha de ser
breve y definitiva como un juicio. El orador, que marcará a los
bribones con su palabra candente como se marca a las bestias en la
tribuna política, moderará la voz en una reunión de damas y les
hablará como si les echase a los pies flores.
”El periodista
que en una hora desocupada deja correr la pluma a vagar, suelta por
entre margaritas y ojos de poetas, la embrazará con lanza, y montará
en el caballo de ojos de fuego cuando le ofende una verdad querida
el periodista enemigo, o como maza la dejará caer sobre los
tapaculpas del tirano”.
Con certeras y
plásticas palabras, Martí explica que es necesario ajustarse al
contexto y que debe notarse la diferencia de intención entre un
texto histórico —o científico, podría añadirse— y un texto poético.
Pero, sobre todo, hace un llamado a la sencillez, al precisión y a
la elegancia del lenguaje:
“[…] El modo
de limpiar el lenguaje, y armar guerra mortal contra el hipérbaton
que lo tortura, no es poner una barbarie en vez de otra, ni
reemplazar las muletillas, volteretas y contorsiones académicas con
voces foráneas que sin mucho rebuscar pueden decirse en castellano
puro, o con verbalismos de jerigonza, usados y defendidos por los
que creen que para ser obreros en piedras finas no hay como no
aprender jamás a lapidario.
”La ignorancia
crea esa jerga, y la indulgencia la acepta y perpetúa […]”.
Resulta
lamentable que este texto no esté precisamente entre lo más conocido
de la obra del Maestro, cuando su mensaje resulta tan importante
para todos los hispanohablantes. Es muy posible que no podamos
averiguar quiénes eran los sastres o modistos famosos que menciona
en sus imágenes, pero eso no oscurece el texto, porque sus ideas
esenciales están claras, para ayer y para hoy.
“Acicalarse en
exceso es malo, pero vestir con elegancia no. El lenguaje ha de ir
como el cuerpo, esbelto y libre; pero no se le ha de poner encima
palabra que no le pertenezca, como no se pone sombrero de copa una
flor, ni un cubano se deja la pierna desnuda como un escocés, ni al
traje limpio y bien cortado se le echa de propósito una mancha.
”Háblese sin
manchas”.
“El idioma
nacional —como reza un antiquísimo proverbio ruso— es una bandera
que la Patria sigue”, es identidad y es esencia. Protegerlo,
respetarlo, embellecerlo es nuestra tarea. Ese es el mensaje
martiano.
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