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Tarea de grandes
María Luisa García Moreno
En el tercer
año de vida del Partido Revolucionario Cubano (PRC), el periodista
José Martí publicó en Patria, el 17 de abril de 1894, un trabajo
titulado “El alma de la Revolución y el deber de Cuba en América”;
en él, con premonitorias palabras, habla del papel de la
independencia de Cuba y Puerto Rico en el contexto político de su
época.
Ciegos, los
gobiernos latinoamericanos de entonces no lo comprendieron —sí los
pueblos, que pese al interés del PRC de enviar en las expediciones
armas y pertrechos, pues los hombres sobraban, se sumaron por
cientos a la causa libertaria cubana.
El texto
comienza recordando la razón de ser del Partido: “[…] la revolución
de Cuba y Puerto Rico para su independencia absoluta […]”. Y, a la
vez que se congratula por “[…] la acción unida del Partido
Revolucionario Cubano, por la dignidad, jamás lastimada con intrigas
ni lisonjas ni súplicas, de los miembros que lo componen y las
autoridades […]”, Martí expresa su temor —como testigo bien cercano
del desarrollo del imperialismo norteamericano y profundo conocedor
de sus crecientes ambiciones con respecto a nuestros pueblos— de que
se pierda la oportunidad de “[…] que las Antillas esclavas acudan a
ocupar su puesto de nación en el mundo americano, antes de que el
desarrollo desproporcionado de la sección más poderosa de América
convierta en teatro de la codicia universal las tierras que pueden
ser aún el jardín de sus moradores, y como el fiel del mundo”.
Sabedor de
cuánto de sombrío y oscuro hay en la historia de nuestros pueblos
expresa: “[…] De odio y de amor, y de más odio que amor, están
hechos los pueblos; solo que el amor, como sol que es, todo lo
abrasa y funde; y lo que por siglos enteros van la codicia y el
privilegio acumulando, de una sacudida lo echa abajo”.
Cuánta
sabiduría hay en este hombre joven aún; pero dueño de una
inteligencia extraordinaria que le permite observar, analizar y
concluir de modo certero: “[…] La piedad hacia los infortunados,
hacia los ignorantes y desposeídos, no puede ir tan lejos que
encabece o fomente sus errores. El reconocimiento de las fuerzas
sordas y malignas de la sociedad, que con el nombre de orden
encubren la rabia de ver erguirse a los que ayer tuvieron a sus
pies, no puede ir hasta juntar manos con la soberbia impotente, para
provocar la ira segura de la libertad poderosa”.
“Un pueblo
—define el Apóstol de nuestra independencia— es composición de
muchas voluntades, viles o puras, francas o torvas, impedidas por la
timidez o precipitadas por la ignorancia […]”. Profundo conocedor de
las guerras libertarias americanas y de la historia de las
repúblicas revueltas que nacieron de ellas, ya en 1891, había
afirmado en su ensayo Nuestra América: “[…] Ni ¿en qué patria puede
tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de
América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de
pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un
centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en
menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y
compactas […] La incapacidad no está en el país naciente, que pide
formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren
regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con
leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados
Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia […] el buen
gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o
el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país
[…]”.*
Pero confiaba
nuestro Héroe Nacional en que Cuba pudiera salvarse de esa
influencia “[…] por la fusión de los factores adversos del país en
la guerra saneadora; por la dignidad que en las amistades de la
muerte adquirió el liberto ante su señor de ayer; por la peculiar
levadura social que, aparte de la obra natural del país, llevarán a
la república las masas de campesinos y esclavos emigrados, que, a
mano con doctores y ricos de otros días y próceres de la revolución,
han vivido, tras veinticinco años de trabajar y de leer, y de hablar
y oír hablar, como en ejercicio continuo y consciente de la
capacidad del hombre en la república [...]”. Y preparaba el camino a
la república al afirmar que “[…] Del alma cubana arranca, decisivo,
el deseo puro de entrar en una vida justa, y de trabajo útil, sobre
la tierra saneada con sus muertos, amparada por las sombras de sus
héroes, regada con los caudales de su llanto”.
Los ideales de
una república “con todos y para el bien de todos” asoman cuando
afirmaba: “La esperanza de una vida cordial y decorosa anima hoy por
igual a los prudentes del señorío de ayer, que ven peligro en el
privilegio inmerecido de los hombres nulos,—y a los cubanos de
humilde estirpe, que en la creación de sí propios se han descubierto
una invencible nobleza […] Esa esperanza, justa y serena, es el alma
de la revolución […]”.
“Cuba y Puerto
Rico —y su previsión falla en cuanto a la Antilla hermana,
justamente por el peligro imperialista que temía— entrarán a la
libertad con composición muy diferente y en época muy distinta, y
con responsabilidades mucho mayores que los demás pueblos
hispanoamericanos”.
Y una vez más,
la idea que lo atormenta: “No son meramente dos islas floridas, de
elementos aún disociados, lo que vamos a sacar a luz, sino a
salvarlas y servirlas de manera que la composición hábil y viril de
sus factores presentes, menos apartados que los de las sociedades
rencorosas y hambrientas europeas, asegure, frente a la codicia
posible de un vecino fuerte y desigual, la independencia del
archipiélago feliz que la naturaleza puso en el nudo del mundo, y
que la historia abre a la libertad en el instante en que los
continentes se preparan, por la tierra abierta, a la entrevista y al
abrazo”.
Para Martí,
estaba claro que la independencia de Cuba pondría freno a la codicia
del imperio: “En el fiel de América están las Antillas, que serían,
si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial
contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el
poder […] y si libres […] garantía del equilibrio, de la
independencia para la América española aún amenazada y del honor
para la gran república del Norte […]”. Velaba el Apóstol por el
honor de la gran república del Norte, sabedor de que la política de
“la manzana madura” crecía en las mentes de los políticos
norteamericanos. “[…] No a mano ligera, sino como con conciencia de
siglos, se ha de componer la vida nueva de las Antillas redimidas
[…] Se llegará a muy alto, por la nobleza del fin; o se caerá muy
bajo, por no haber sabido comprenderlo. Es un mundo lo que estamos
equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar”. Con
clara conciencia de su espacio y su tiempo, Martí había sido capaz
de entender lo que muy pocos más habían comprendido. Fue por eso que
su muerte —y año y medio después la de Maceo— significó tanto en la
política y en el desarrollo de la guerra, tanto en el futuro de
nuestro pueblo.
“Un error en
Cuba —diría el Apóstol—, es un error en América, es un error en la
humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para
todos los tiempos […]”, palabras que son repetidas en muy diversos
contextos como reclamo de solidaridad; pero que fueron justamente un
grito de alerta a las naciones latinoamericanas, que por esta época
habían establecido relaciones diplomáticas con la antigua metrópoli
española y no querían entrar en conflicto con ella, sin percatarse
de que si Cuba y Puerto Rico no obtenían su independencia del
debilitado león español, toda la América sería menos libre pese a su
épica hazaña.
Por eso, José
Martí afirmaba que “con esa reverencia entra en su tercer año de
vida, compasiva y segura, el Partido Revolucionario Cubano,
convencido de que la independencia de Cuba y Puerto Rico no es solo
el medio único de asegurar el bienestar decoroso del hombre libre en
el trabajo justo a los habitantes de ambas islas, sino el suceso
histórico indispensable para salvar la independencia amenazada de
las Antillas libres, la independencia amenazada de la América libre,
y la dignidad de la república norteamericana”.
“Suceso
histórico indispensable” y tristemente fallido. La vida se encargó
de darle la razón: la entrada de los norteamericanos en la Guerra
Hispano-Cuba puso fin al dominio hispano en América; Puerto Rico y
Filipinas quedaron en manos norteamericanas; Cuba también —durante
los años de esta primera intervención Estados Unidos, el gobierno
imperial creó, con la Enmienda Platt y otras regulaciones, las bases
para convertir esta tierra en una neocolonia, pese a lo declarado en
la Resolución Conjunta.
“¡Los flojos,
respeten: los grandes, adelante! Esto es tarea de grandes”,
reclamaba Martí en 1894; pero solo en enero de 1959, con el triunfo
de la Revolución Cubana, y luego con la derrota imperialista en
Playa Girón (1961), el legado martiano se hizo realidad y los
pueblos de América fueron, con la definitiva independencia de Cuba,
más libres, proceso que, por estos tiempos, se profundiza. Por eso,
el combate de hoy sigue siendo, como advirtiera Martí, “tarea de
grandes”.
Notas
* José Martí: “Nuestra América”. En: Obras completas, tomo 6.
Colección digital. Centro de Estudios Martianos, 2007.
El resto de las notas proceden de: José Martí: “El
alma de la Revolución y el deber de Cuba en América”. En: Obras
completas, tomo 3. Colección digital. Centro de Estudios Martianos,
2007.
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