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El periodismo en la Revolución Cubana
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Viernes, 09 de Abril de 2010


Tarea de grandes

María Luisa García Moreno

En el tercer año de vida del Partido Revolucionario Cubano (PRC), el periodista José Martí publicó en Patria, el 17 de abril de 1894, un trabajo titulado “El alma de la Revolución y el deber de Cuba en América”; en él, con premonitorias palabras, habla del papel de la independencia de Cuba y Puerto Rico en el contexto político de su época.

Ciegos, los gobiernos latinoamericanos de entonces no lo comprendieron —sí los pueblos, que pese al interés del PRC de enviar en las expediciones armas y pertrechos, pues los hombres sobraban, se sumaron por cientos a la causa libertaria cubana.

El  texto comienza recordando la razón de ser del Partido:  “[…] la revolución de Cuba y Puerto Rico para su independencia absoluta […]”. Y, a la vez que se congratula por “[…] la acción unida del Partido Revolucionario Cubano, por la dignidad, jamás lastimada con intrigas ni lisonjas ni súplicas, de los miembros que lo componen y las autoridades […]”, Martí expresa su temor —como testigo bien cercano del desarrollo del imperialismo norteamericano y profundo conocedor de sus crecientes ambiciones con respecto a nuestros pueblos— de que se pierda la oportunidad de “[…] que las Antillas esclavas acudan a ocupar su puesto de nación en el mundo americano, antes de que el desarrollo desproporcionado de la sección más poderosa de América convierta en teatro de la codicia universal las tierras que pueden ser aún el jardín de sus moradores, y como el fiel del mundo”.

Sabedor de cuánto de sombrío y oscuro hay en la historia de nuestros pueblos expresa: “[…] De odio y de amor, y de más odio que amor, están hechos los pueblos; solo que el amor, como sol que es, todo lo abrasa y funde; y lo que por siglos enteros van la codicia y el privilegio acumulando, de una sacudida lo echa abajo”.

Cuánta sabiduría hay en este hombre joven aún; pero dueño de una inteligencia extraordinaria que le permite observar, analizar y concluir de modo certero: “[…] La piedad hacia los infortunados, hacia los ignorantes y desposeídos, no puede ir tan lejos que encabece o fomente sus errores. El reconocimiento de las fuerzas sordas y malignas de la sociedad, que con el nombre de orden encubren la rabia de ver erguirse a los que ayer tuvieron a sus pies, no puede ir hasta juntar manos con la soberbia impotente, para provocar la ira segura de la libertad poderosa”.

“Un pueblo —define el Apóstol de nuestra independencia— es composición de muchas voluntades, viles o puras, francas o torvas, impedidas por la timidez o precipitadas por la ignorancia […]”. Profundo conocedor de las guerras libertarias americanas y de la historia de las repúblicas revueltas que nacieron de ellas, ya en 1891, había afirmado en su ensayo Nuestra América: “[…] Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas […] La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia […] el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país […]”.*

Pero confiaba nuestro Héroe Nacional en que Cuba pudiera salvarse de esa influencia “[…] por la fusión de los factores adversos del país en la guerra saneadora; por la dignidad que en las amistades de la muerte adquirió el liberto ante su señor de ayer; por la peculiar levadura social que, aparte de la obra natural del país, llevarán a la república las masas de campesinos y esclavos emigrados, que, a mano con doctores y ricos de otros días y próceres de la revolución, han vivido, tras veinticinco años de trabajar y de leer, y de hablar y oír hablar, como en ejercicio continuo y consciente de la capacidad del hombre en la república [...]”. Y preparaba el camino a la república al afirmar que “[…] Del alma cubana arranca, decisivo, el deseo puro de entrar en una vida justa, y de trabajo útil, sobre la tierra saneada con sus muertos, amparada por las sombras de sus héroes, regada con los caudales de su llanto”.

Los ideales de una república “con todos y para el bien de todos” asoman cuando afirmaba: “La esperanza de una vida cordial y decorosa anima hoy por igual a los prudentes del señorío de ayer, que ven peligro en el privilegio inmerecido de los hombres nulos,—y a los cubanos de humilde estirpe, que en la creación de sí propios se han descubierto una invencible nobleza […] Esa esperanza, justa y serena, es el alma de la revolución […]”.

“Cuba y Puerto Rico —y su previsión falla en cuanto a la Antilla hermana, justamente por el peligro imperialista que temía— entrarán a la libertad con composición muy diferente y en época muy distinta, y con responsabilidades mucho mayores que los demás pueblos hispanoamericanos”.

Y una vez más, la idea que lo atormenta: “No son meramente dos islas floridas, de elementos aún disociados, lo que vamos a sacar a luz, sino a salvarlas y servirlas de manera que la composición hábil y viril de sus factores presentes, menos apartados que los de las sociedades rencorosas y hambrientas europeas, asegure, frente a la codicia posible de un vecino fuerte y desigual, la independencia del archipiélago feliz que la naturaleza puso en el nudo del mundo, y que la historia abre a la libertad en el instante en que los continentes se preparan, por la tierra abierta, a la entrevista y al abrazo”.

Para Martí, estaba claro que la independencia de Cuba pondría freno a la codicia del imperio: “En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder […] y si libres […] garantía del equilibrio, de la independencia para la América española aún amenazada y del honor para la gran república del Norte […]”. Velaba el Apóstol por el honor de la gran república del Norte, sabedor de que la política de “la manzana madura” crecía en las mentes de los políticos norteamericanos. “[…] No a mano ligera, sino como con conciencia de siglos, se ha de componer la vida nueva de las Antillas redimidas […] Se llegará a muy alto, por la nobleza del fin; o se caerá muy bajo, por no haber sabido comprenderlo. Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar”. Con clara  conciencia de su espacio y su tiempo, Martí había sido capaz de entender lo que muy pocos más habían comprendido. Fue por eso que su muerte —y año y medio después la de Maceo— significó tanto en la política y en el desarrollo de la guerra, tanto en el futuro de nuestro pueblo.

“Un error en Cuba —diría el Apóstol—, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos […]”, palabras que son repetidas en muy diversos contextos como reclamo de solidaridad; pero que fueron justamente un grito de alerta a las naciones latinoamericanas, que por esta época habían establecido relaciones diplomáticas con la antigua metrópoli española y no querían entrar en conflicto con ella, sin percatarse de que si Cuba y Puerto Rico no obtenían su independencia del debilitado león español, toda la América sería menos libre pese a su épica hazaña.

Por eso, José Martí afirmaba que “con esa reverencia entra en su tercer año de vida, compasiva y segura, el Partido Revolucionario Cubano, convencido de que la independencia de Cuba y Puerto Rico no es solo el medio único de asegurar el bienestar decoroso del hombre libre en el trabajo justo a los habitantes de ambas islas, sino el suceso histórico indispensable para salvar la independencia amenazada de las Antillas libres, la independencia amenazada de la América libre, y la dignidad de la república norteamericana”.

“Suceso histórico indispensable” y tristemente fallido. La vida se encargó de darle la razón: la entrada de los norteamericanos en la Guerra Hispano-Cuba puso fin al dominio hispano en América; Puerto Rico y Filipinas quedaron en manos norteamericanas; Cuba también   —durante los años de esta primera intervención Estados Unidos, el gobierno imperial creó, con la Enmienda Platt y otras regulaciones, las bases para convertir esta tierra en una neocolonia, pese a lo declarado en la Resolución Conjunta.

“¡Los flojos, respeten: los grandes, adelante! Esto es tarea de grandes”, reclamaba Martí en 1894; pero solo en enero de 1959, con el triunfo de la Revolución Cubana, y luego con la derrota imperialista en Playa Girón (1961), el legado martiano se hizo realidad y los pueblos de América fueron, con la definitiva independencia de Cuba, más libres, proceso que, por estos tiempos, se profundiza. Por eso, el combate de hoy sigue siendo, como advirtiera Martí, “tarea de grandes”.

Notas
* José Martí: “Nuestra América”. En: Obras completas, tomo 6. Colección digital. Centro de Estudios Martianos, 2007.

El resto de las notas proceden de: José Martí: “El alma de la Revolución y el deber de Cuba en América”. En: Obras completas, tomo 3. Colección digital. Centro de Estudios Martianos, 2007.
 

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