Martí y la práctica del ejercicio
físico
María Luisa García Moreno
Aunque la inmensa obra periodística de nuestro Apóstol, José Martí,
trata de temas políticos —principalmente relacionados con la
independencia patria, el destino de América y el peligro
imperialista, que penetró como nadie— o culturales —su
extraordinaria sensibilidad no podía mantenerse al margen de ningún
incidente relacionado con cualquier manifestación artística—, en
realidad, puede afirmarse que nada humano le era ajeno.
Prueba de ello son sus trabajos en diferentes publicaciones como La
Edad de Oro; La Nación, de Buenos Aires; La Revista Universal y El
Patido Liberal, de México; La Opinión Nacional y La Revista
Venezolana, de Caracas, Venezuela; La Estrella, de Panamá, y La
América y Patria, de Nueva York, entre otras.
Sin lugar a dudas, puede considerarse que sus artículos, reportajes,
crónicas e, incluso, sus más breves noticias se caracterizan por su
originalidad y excelencia. La curiosidad inherente al periodista no
le resultaba ajena y por ello trató en sus trabajos temas tan
disímiles como el desarrollo científico-técnico o el uso de la
corbata. Tampoco la necesidad de fortalecer la mente y el cuerpo, de
practicar deportes faltó en su práctica periodística.
“En estos tiempos de ansiedad de espíritu —decía Martí—, urge
fortalecer el cuerpo que ha de mantenerlo”. Y agrega: “A los niños,
sobre todo, es preciso robustecer el cuerpo a medida que se les
robustece el espíritu” pues “[…] las consecuencias de la vida
moderna hacen urgente ese esparcimiento de la fuerza […] y la
preparación oportuna y previa del […] cuerpo que ha de ser teatro de
tales batallas del espiritu”.
“Hay en el ser humano —afirma el Maestro— deseos vehementes de
gracia y armonía, y así como se lastima y queda herido de no verlas
realizadas, así se alegra y queda fuerte, cada vez que las halla”.
En ocasión de referirse a un gimnasio doméstico, del cual afirma que
“no tiene término la enumeración de sus bondades”; “cabe en un
cuarto pequeño, entre los demás juguetes de los niños” y “lo tiene
todo: hasta trapecio para hacer locuras” realizó Martí las
siguientes consideraciones:
Con respecto al trapecio —aparato relacionado con la práctica de la
gimnasia, ese deporte tan completo y desarrollador— destaca que “[…]
no ofrece riesgo mayor, porque está a una vara de tierra”. Y añade:
“Lo tiene todo: barras paralelas que se quitan y se ponen, y sirven
para anchar bien el pecho, y desenvolver los músculos de los brazos
y los hombros: barras paralelas y perpendiculares, que fortalecen
brazos, pecho y muslos; barra horizontal que ayuda a la elasticidad
de la cintura y poder del brazo; todos los múltiples ejercicios de
las poleas, que son tan varios y tan beneficiosos, porque desde los
pies al cuello, no hay parte del cuerpo que no saque provecho de
ellos […]”.
Resulta muy curioso cómo describe este aparato y sus efectos, con
evidente conocimiento de las consecuencias negativas que podría
causar en determinadas circunstancias, así como de las positivas:
“[…] las pesas de las poleas […] no caen súbitamente, sacudiendo el
brazo fatigado que se esfuerza por retenerlas, y arrastrando el
cuerpo detrás de ellas, con lo cual el ejercicio cansa pronto, sino
que descienden suavemente por un plano inclinado, dejando así en
reposo el brazo en la segunda parte de cada movimiento y permitiendo
por lo tanto que este se renueve con más descanso, utilidad y
placer, mayor numero de veces”.
Las correas de las poleas —afirma luego— “[…] están dispuestas de
manera, que con ayuda de ellas, sentado en el piso del aparato en
una cómoda banqueta que corre sobre ruedas bien seguras, y con los
pies puestos en pedales fijos, se hacen todos los hermosos y sanos
ejercicios que pueden hacerse con los remos, los cuales, a más de
dar gracia notable al cuerpo […] tienen la ventaja de no dejar
músculo alguno en inacción, y de desarrollarlos todos a la vez”.
Incluso, prevé Martí el empleo del ejercicio físico en actividades
correctivas: “Si se padece de curvatura de la espina, el gimnasio
doméstico tiene una tabla flexible que se ajusta encorvándola hacia
afuera, entre el tope y el piso del aparato, y sobre ella se acuesta
regaladamente el enfermo, que hace allí sin ningún esfuerzo su
saludable ejercicio de poleas”.
Y continúa su elogio de este moderno y útil gimnasio expresando que
“[…] no hay ejercicio corporal, ya de los suaves que llaman
calisténicos, ya de los más recios que se enseñan como gala en los
gimnasios, que merced a este excelente y airoso aparato de Gifford,
no pueda hacerse sin incomodidad alguna en la propia casa”; incluso,
para las mujeres a quienes en esa época se vedaba “[…] la asistencia
a los gimnasios públicos, y que necesitan, sin embargo, tan
grandemente de estos ejercicios […]”; para los —por aquellos tiempos
muchos— enfermos de tuberculosis; para los niños, quienes “[…] no
solo pueden remar y andar como en velocípedo, sino jugar a lo que en
Cuba llaman cachumbambé; también refiere el Apóstol que este
gimnasio posee “[…] un columpio, que se cuelga de la barra alta, y
lleva a los ángeles juguetones hasta donde ellos quieren ir siempre
que juegan, aunque hagan temblar y llorar a los que los ven […]”.
Y apunta las bondades del gimnasio al afirmar nuestro sabio Martí:
“Este gimnasio ni es caro, porque su baratura pasma; ni engañoso,
porque sus maderas son tan recias como finas; ni necesita maestros,
porque enseña solo; ni es peligroso, porque está todo en él a flor
de tierra”.
Y concluye con una frase latina, que bien conocemos y que anda muy
en boga por estos días: “Ha de tenerse alma robusta en cuerpo
robusto”. (“Mens sana in corpore sano”).
Notas
Todas las citas proceden de: “El gimnasio en la casa”. Publicado en:
La América, Nueva York, marzo de 1883. En Obras completas, tomo 8.
Centro de Estudios Martianos, colección digital.
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