Martí, cronista de
boxeo
Juan Morales Agüero
Resulta un excelente ejercicio profesional recorrer la copiosa y
variada producción periodística martiana. Casi se puede dar por
seguro que durante su vida no existió acontecimiento de
trascendencia ni inquietud personal que escapara inadvertido a su
sagaz y siempre presta pluma. Sus artículos y crónicas parecen hoy
más que nunca auténticas tribunas, desde las que enalteció con bella
prosa tanta “las virtudes que ennoblecen al hombre como los vicios
que lo degradan”.
La temática deportiva no le fue ajena al hombre
de Dos Ríos. Sus puntos de vista sobre esa materia tienen en la
actualidad extraordinaria vigencia. En cada uno de los trabajos en
los que aborda el asunto se aprecia a un defensor de la pureza del
deporte. Ellos reflejan la convicción de quien ha visto en las
actividades atléticas la alternativa ideal para la consolidación de
la salud y no “el sucio negocio que deforma y envilece”.
Los manejos sucios, las apuestas solapadas, los
pleitos comprados..., son algunas de las dianas a las que Martí
dirige sus dardos en las mismas entrañas del monstruo del Norte.
Intento estéril, pues es la misma sociedad yanqui la que auspicia la
especulación del músculo en manos de promotores deportivos sin
escrúpulos. “Tal vez sea ley –escribió en una ocasión- que en las
raíces de los árboles grandes aniden los gusanos”.
Los razonamientos de Martí en torno al
pugilismo profesional durante su exilio norteamericano constituyen
una radiografía que pone al desnudo la degradación moral del sistema
capitalista. En los tiempos actuales esa situación no solo persiste,
sino que es más aguda que entonces.
La suciedad del boxeo rentado es conocida por
los cubanos que vivieron antes de 1959. En aquella etapa fueron
muchos los púgiles que se vieron en la necesidad de intercambiar
trompadas por el mísero premio de un plato de comida o unos pocos
centavos. Tal vez el caso más dramático haya sido el de Benny Kid
Paret, quien murió en los Estados Unidos en 1962 después de recibir
una golpiza en un ring neoyorquino.
Martí cubrió en 1882 para el diario bonaerense
La Nación la pelea por el título de los pesos completos entre el
campeón norteamericano John L. Sullivan y el retador irlandés Paddy
Ryan. La crónica que escribió esa vez no deja lugar a dudas acerca
de sus sentimientos. Veamos:
“Aquí los hombres se embisten como toros,
apuestan a la fuerza de sus testuz, s muerden y se desgarran en la
pelea, y van cubiertos de sangre, despobladas las encías, magulladas
las frentes, descarnados los nudos de las manos, bamboleando y
cayendo a recibir entre la turba que vocea y echa al aire los
sombreros, y se abalanza en su torno, y les aclama, el saco de
monedas que acaban de ganar en el combate. En tanto el competidor,
rota las vértebras, yace exánime en brazos de sus guardas, y manos
de mujer tejen ramos de flores que van a perfumar la alcoba
concurrida de los ruines rufianes.”
Se trata, sencillamente, de la descripción de
una carnicería humana, donde los púgiles no tienen ni siquiera el
derecho a la asistencia médica sobre el cuadrilátero. La diferencia
con el boxeo que se practica en nuestra sociedad actual no resiste
la más mínima comparación, pues aquí el pugilista es objeto de
esmerados cuidados, tanto dentro como fuera del ring. Su empeño por
la victoria no está supeditado a intereses materiales, sin al
espectáculo que brinda con su propia actuación.
En Cuba, el Gobierno Revolucionario proscribió
el profesionalismo en marzo de 1962. Así se logró sanear el deporte
en general y el boxeo en particular. Fue el triunfo definitivo del
atleta libre sobre el atleta esclavo. Se cumplía así un postulado
más de nuestro Martí.
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