El Periodismo en Cuba.
La Colonia
La Prensa y El Faro
Industrial de La Habana (11)
Juan Marrero
Otros dos
periódicos tuvieron cierta importancia en los
inicios de la prensa mercantil en Cuba. Ambos vieron
la luz en 1841: La Prensa, que actuó siempre
como vocero de los gobernantes coloniales, y El
Faro Industrial de La Habana, que en una larga
etapa de su existencia sirvió a los intereses
esclavistas y anexionistas.
La Prensa
se publicó inicialmente los jueves y domingos, y
meses después los miércoles, viernes y domingos. El
16 de mayo de 1843 se convirtió en diario. Entregaba
al gobierno colonial la mitad de sus ganancias. Ideó
una forma novedosa para aumentar sus suscriptores:
permitía a cada uno de ellos, presentando solamente
su recibo de pago, insertar anuncios sin costo
alguno durante cuatro números de cada trimestre, o
en cambio artículos “literarios, económicos y
mercantiles, con tal de que su texto sea reducido”.
La idea de su
fundación la concibieron el periodista habanero Luis
Caso y Sola y el andaluz José García de Arboleya.
Isidoro Araujo de
Lira, de quien hablamos en el capítulo anterior pues
fue director-fundador de Diario de la Marina,
también desempeñó igual cargo en La Prensa,
en 1942, y se cuenta que a partir de entonces hubo
un vuelco en la forma y contenido de ese periódico.
Nombró, por ejemplo, corresponsales en México y en
distintas ciudades de España, y publicó un pliego
aparte con retratos de los poetas contemporáneos.
También insertó varias columnas de “dulce
divertimento”, “preciosas y morales novelitas”,
“artículos ligeros de costumbres, modas, etc.”, todo
ello dirigido a las mujeres. Otra innovación
realizada fue distribuir todos los meses el último
figurín de modas. “El bello sexo es el objeto
seductor que ocupa todas nuestras potencias, es el
numen que nos inspira, es el prisma que halaga
nuestra esperanza...”, escribió el periódico cuando
cumplió su primer aniversario.
Posteriormente,
este periódico utiliza un mejor papel y sale con
tres columnas “porque de este modo es más agradable
la lectura, y no sufre tanto la vista, porque los
renglones son más cortos”. Inicia la entrega
gratuita a sus suscriptores de un álbum con las
últimas modas de París, litografías de cuadros
célebres y otras variedades, y es dotado de un
servicio telegráfico y ampliado su cuerpo de
corresponsales en el exterior.
Araujo de Lira dejó
la dirección de La Prensa en 1843 a causa del
quebrantamiento de su salud. Asumió entonces su
dirección Pascual Riesgo, un destacado periodista
español que había formado parte de su redacción
luego de dejar El Faro Industrial de La Habana.
Cuando pasó a
diario dejó de ser menos interesante, pues contenía
más anuncios que material literario, y lo que
publicaba de literatura tenía como fin obtener más
ganancias a través de la diversión y el
entretenimiento. O sea, eso que hoy se ha
magnificado y prácticamente caracteriza a las
publicaciones del mundo actual, comenzó a hacerlo en
Cuba el periódico La Prensa.
Hizo campaña de
entregar el periódico más entretenido y, a la vez,
se identificó como el más barato publicado en La
Habana. “Por tres pesetas sencillas, escribió La
Prensa, los residentes en la Isla podían
tener un periódico de buen papel e impresión, con
noticias mercantiles, anuncios pertenecientes al
comercio y economía...”
Los editores de
La Prensa adquirieron nuevos tipos de imprenta
en Estados Unidos para mejorar la calidad de los
folletines y las novelas.
A partir de 1851
cambió su nombre por el de La Prensa de La Habana,
y tres años después se imprimió en un tamaño mayor,
lo que lo diferenció notablemente del resto de los
periódicos de la Isla. En 1855, su dueño y director,
Pascual Riesgo, lo vendió a Antonio María Dávila.
Ningún cambio se produjo en la política editorial o
comercial de este periódico.
Dávila intentó, en
los últimos años de La Prensa, crear una
empresa por acciones a fin de reunir 50 ó 60 mil
pesos con los cuales dotar al periódico de nuevos
redactores, y poder pagar el servicio telegráfico y
los corresponsales en el extranjero. No pudo
alcanzar esa cantidad de plata, según los documentos
consultados.
La época final de
La Prensa da comienzo en 1867 cuando Dávila
cesa como editor responsable y propietario de ese
periódico, y, en su lugar, se establece una sociedad
compuesta por los señores Joaquín Jacas, Gil Gelpi y
Joaquín A. Gálvez, intendente militar. Ocurre
entonces un hecho sorprendente: el gobierno colonial
no acepta a Jacas como editor de un periódico
político porque, según una resolución de 1866, “no
acreditó ser mayor contribuyente, ni propietario de
predios rústicos que le redituasen mil quinientos
escudos”. Es decir, dirigir un periódico podía solo
ser función de gente rica, poderosa.
En definitiva, Gil
Gelpi debió aparecer como director. El
desconocimiento de los tres socios sobre cómo operar
una empresa periodística provocó la desaparición de
La Prensa el 29 de mayo de 1870. Se refundió,
entonces, con La Voz de Cuba, periódico
intransigente y enemigo de las libertades, fundado
por Gonzalo de Castellón, periodista español cuyo
nombre se invocó para justificar el asesinato de los
ocho estudiantes de medicina el 27 de noviembre de
1871.
La Prensa
cabalgó siempre encima de la bestia colonial. Fue
uno de los voceros de los gobernantes españoles. A
partir de 1868 atacó diariamente a los cubanos que
abrazaron la causa de la independencia, a la vez que
calificaba de “buenos españoles” a los que
enfrentaban la rebelión.

Como periódico esclavista, El Faro
Industrial, en una etapa de su
existencia, publicaba ofensivos y
humillantes anuncios sobre los esclavos. |
Faro
Industrial de La Habana, un periódico
esclavista y anexionista
La
historia de El Faro Industrial de La
Habana, otro de los grandes
periódicos fundados con un sentido
mercantil, es también interesante. Nació
en 1841 con un matiz de defensor de los
intereses netamente cubanos. El
matancero José M. Cárdenas, quien había
hecho profunda amistad con Félix Varela
en Estados Unidos y había sido corrector
de pruebas de las famosas Cartas a
Elpidio del sacerdote cubano, fue uno de
los primeros directores de El Faro
Industrial. Bajo el seudónimo de
Jeremías Docaransa, Cárdenas publicó en
ese |
|
periódico excelentes crónicas sobre la
vida colonial en las que se identificaba
con los oprimidos y desheredados.
|
Casi ocho años
después de su fundación El Faro Industrial
pasó a ser dirigido por el norteamericano John
Sydney Trasher (1817-1879), quien desde 1839 residía
en La Habana, donde tenía numerosos negocios de
carácter comercial. El gobierno colonial, y dada la
actitud hostil hacia España de ese periódico,
cuestiona que un ciudadano no naturalizado ejerza la
función de dirigir una publicación en Cuba. Trasher,
quien fuera traductor del ensayo político de
Humboldt sobre Cuba, se separa entonces de la
dirección del periódico y explica que sólo atiende
la información extranjera, los cobros y la parte
mercantil.
La dirección de
El Faro Industrial, en esos años, fue
esclavista. No era sólo que utilizase a esclavos
para la manipulación de la prensa existente, que
tiraba mil 800 ejemplares en hora y media, sino
que, en sus páginas, publicaba anuncios que eran
expresión de menosprecio e indignos a la condición
del ser humano, como los siguientes:
“Se solicita
comprar negros tabaqueros. Calle de O´Reilly, núm.
25, tabaquería de La Venus darán razón”
“Se desea comprar
una curandera de dos o tres meses de parida, sin
cría, que además de tener buena y abundante leche,
sea buena lavandera, sana y sin tachas: en calle de
la Merced num. 86, impondrán”.
De las cuatro
páginas de El Faro Industrial de la Habana,
la primera de ellas se dedicaba a anuncios
clasificados, es decir del tipo que, a modo de
ejemplo, mencionamos anteriormente.
Robert Baird, .un
inglés que visitó La Habana en 1849, dejó escritas
sus impresiones sobre la prensa cubana: “La mayoría
de los periódicos de La Habana son de un formato
pequeño y demasiado lleno de anuncios, entre estos
chocan a la sensibilidad de un inglés los que
ofrecen negros, a veces, negras con sus negritos
para ser vendidos “con o sin un negro”. Estos
periódicos son como todos los que están sometidos a
una estricta y rigurosa censura, tan estricta, que
lo que maravilla es que haya tantos...”
Algunos periódicos
habaneros anunciaban la venta de los negros en un
volante impreso que era recibido junto con el
diario. De manera que quien busque estos anuncios
en las colecciones de los periódicos que tenían esa
práctica, no van a encontrar esos avisos
esclavistas.
Tras producirse el
desembarco de Narciso López en 1851, El Faro
Industrial publica, debajo de las noticias
oficiales sobre el desarrollo de la campaña para
aniquilar a los expedicionarios anexionistas, un
artículo titulado “La risa”. Y seis días después, al
reproducir nuevos documentos oficiales, insertaba,
también debajo de ellos, un artículo titulado
“Monólogo de la sonrisa”. Esas sutilezas no fueron
soportadas por el gobierno colonial, y el Capitán
General Gutiérrez de la Concha dispuso la clausura
de ese periódico.
El 16 de octubre de
1851, Trasher fue puesto en prisión por las
autoridades españolas que consideraron El Faro
Industrial de La Habana como una publicación
“disidente y contraria a los intereses de España en
la Isla”. Trasher fue condenado entonces a ocho años
de trabajo forzado en Ceuta, pero las protestas
hechas por Estados Unidos lograron que fuera puesto
en libertad. Después fue nombrado cónsul
estadounidense en La Habana.
Lo cierto es que
Trasher no era ajeno al movimiento en pro de la
anexión de Cuba a Estados Unidos que, a mediados del
siglo XIX se había revivido, y en el cual tomaron
parte no pocos cubanos, en particular estimulados
por ricos azucareros. “En Cuba—escribió el
historiador norteamericano Philip S. Foner—el
movimiento fue fomentado por la formación del Club
de La Habana (...) del cual formaba parte el
norteamericano John S. Trasher, residente en La
Habana y director de El Faro Industrial”.
El
Club de la Habana fue, en esos años, uno de los
principales grupos anexionistas existentes en Cuba.
Sus figuras principales, José L. Alfonso, Miguel
Aldama y Cristóbal Madan, dueños de grandes
ingenios, haciendas, negocios y, a la vez, por
supuesto, de numerosos esclavos, vieron en la
anexión la preservación de sus intereses y la
salvaguarda de sus propiedades. Existió, además, el
grupo anexionista de Puerto Príncipe, cuya figura
más destacada fue Gaspar Betancourt Cisneros, más
conocido por el seudónimo “El Lugareño”.
Nueva York, Nueva
Orleáns y los puertos de la Florida fueron los
principales escenarios donde estaban radicados
grupos de cubanos que fomentaban la causa
anexionista. El más activo operaba en la ciudad de
Nueva York. En 1847 se organizó allí el Consejo
Cubano, presidido por Cristóbal Madan, en
representación del mencionado Club de la Habana. “El
Lugareño” fundó y dirigió el periódico La Verdad,
mantenido en parte por los subsidios de hacendados
cubanos de Puerto Príncipe y en parte por el apoyo
de Moses Yale Beach, director del periódico Sun,
de Nueva York, y partidario de la anexión de Cuba a
Estados Unidos. La Verdad, publicado en
inglés y español, editado libre de gastos en la
imprenta del Sun, difundía las opiniones y
las noticias de los cubanos anexionistas tanto en
Estados Unidos como en Cuba. Su entrada estaba
prohibida en Cuba, pero se introducía
clandestinamente en la Isla, traído por los buques
mercantes.
Periodísticamente
hablando “El Lugareño” fue una figura de prestigio
en Cuba, sobre todo a partir de 1838 y 1839 cuando
publicó en La Gaceta de Puerto Príncipe una
serie de trabajos costumbristas bajo el epígrafe
“Escenas Cotidianas”, en los cuales con ingenio y
gracia trataba lo humano y lo divino de la sociedad
colonial.
Además, por sus
iniciativas, gestiones y prédicas, logró que el
gobierno colonial emprendiese el levantamiento de
obras de beneficio social para la región de
Camagüey, entre ellas la línea férrea de Nuevitas a
Puerto Príncipe, segunda que hubo en la Isla,
numerosas escuelas y el puente sobre el río Tínima.
En el orden
político fue enemigo del colonialismo español.
Integró en 1823 el grupo de cubanos que viajó a
América del Sur para solicitar al Libertador Simón
Bolívar su apoyo en la promoción de un movimiento
insurreccional en Cuba. Por sus actividades
conspirativas, fue conminado por el capitán general
O´Donnell en 1846 a ausentarse del país y las
autoridades españoles confiscaron todos sus bienes.
Esto lo llevó a residir en Estados Unidos, y a
gestionar ante las autoridades de ese país el
ingreso de Cuba como estado de la confederación
norteamericana.
En 1849, “El
Lugareño” escribió la obra que lo manchó. Publicó un
folleto titulado “Ideas sobre la incorporación de
Cuba en los Estados Unidos en contraposición a las
que ha publicado D. José Antonio Saco”, en el cual
expresaba desprecio e insultaba a su propio pueblo.
Las circunstancias
hicieron que años después El Lugareño tuviese que
retornar a la defensa del ideal de la independencia
de Cuba, y plantear que “sin revolución no hay
patria posible...ni virtudes ni honor para los
cubanos”. La Guerra de Secesión en los Estados
Unidos, iniciada en 1862 entre los estados
industriales del norte y los estados esclavistas,
significó un golpe de muerte al anexionismo en el
seno de la sociedad cubana, pues había determinado
el fin de la esclavitud en los Estados Unidos que
era, en aquel tiempo, la razón fundamental que guió
las corrientes anexionistas dentro de Estados Unidos
con relación a Cuba.
En los periódicos
El Fanal y El Siglo escribió El
Lugareño sus últimas columnas. Entonces estaba
alejado de la Junta Cubana y de todo lo que oliese a
anexión. A finales de 1866, falleció en su natal
Camagüey, y allí prácticamente todos los cubanos
acompañaron sus restos hasta el cementerio. Ese
hecho era expresión de la confusión reinante en
aquellos años sobre el destino definitivo de Cuba,
que sólo la luz y el gesto digno de Carlos Manuel de
Céspedes, proveniente también del sector social al
que pertenecía El Lugareño, es decir de los cubanos
que tenían acceso a la riqueza, al estudio y la
cultura, mostró en 1868 el camino a seguir, el de la
lucha armada por la conquista de la independencia.