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Lunes, 30 de enero de 2012


El Periodismo en Cuba. La Colonia

La Prensa y El Faro Industrial de La Habana (11)

Juan Marrero

Otros dos periódicos tuvieron cierta importancia en los inicios de la prensa mercantil en Cuba. Ambos vieron la luz en 1841:  La Prensa, que actuó siempre como vocero de los gobernantes coloniales, y El Faro Industrial de La Habana, que en una larga etapa de su existencia sirvió a los intereses esclavistas y anexionistas.  

La Prensa se publicó inicialmente los jueves y domingos, y meses después los miércoles, viernes y domingos. El 16 de mayo de 1843 se convirtió en diario. Entregaba al gobierno colonial la mitad de sus ganancias. Ideó una forma novedosa para aumentar sus suscriptores: permitía a cada uno de ellos, presentando solamente su recibo de pago, insertar anuncios sin costo alguno durante cuatro números de cada trimestre, o en cambio artículos “literarios, económicos y mercantiles, con tal de que su texto sea reducido”. 

La idea de su fundación la concibieron el periodista habanero Luis Caso y Sola y el andaluz José García de Arboleya.  

Isidoro Araujo de Lira, de quien hablamos en el capítulo anterior pues fue director-fundador de Diario de la Marina, también desempeñó igual cargo en La Prensa, en 1942, y se cuenta que a partir de entonces hubo un vuelco en la forma y contenido de ese periódico. Nombró, por ejemplo, corresponsales en México y en distintas ciudades de España, y publicó un pliego aparte con retratos de los poetas contemporáneos. También insertó varias columnas de “dulce divertimento”, “preciosas y morales novelitas”, “artículos ligeros de costumbres, modas, etc.”, todo ello dirigido a las mujeres. Otra innovación realizada fue distribuir todos los meses el último figurín de modas. “El bello sexo es el objeto seductor que ocupa todas nuestras potencias, es el numen que nos inspira, es el prisma que halaga nuestra esperanza...”, escribió el periódico cuando cumplió su primer aniversario.  

Posteriormente, este periódico utiliza un mejor papel y sale con tres columnas “porque de este modo es más agradable la lectura, y no sufre tanto la vista, porque los renglones son más cortos”. Inicia la entrega gratuita a sus suscriptores de un álbum con las últimas modas de París, litografías de cuadros célebres  y otras variedades, y es dotado de un servicio telegráfico y ampliado su cuerpo de corresponsales en el exterior. 

Araujo de Lira dejó la dirección de La Prensa en 1843 a causa del quebrantamiento de su salud. Asumió entonces su dirección Pascual Riesgo, un destacado periodista español que había formado parte de su redacción luego de dejar El Faro Industrial de La Habana.  

Cuando pasó a diario dejó de ser menos interesante, pues contenía más anuncios que material literario, y lo que publicaba de literatura tenía como fin obtener más ganancias a través de la diversión y el entretenimiento. O sea, eso que hoy se ha magnificado y  prácticamente caracteriza a las publicaciones del mundo actual, comenzó a hacerlo en Cuba el periódico La Prensa.  

Hizo campaña de entregar el periódico más entretenido y, a la vez, se identificó  como el más barato publicado en La Habana. “Por tres pesetas sencillas, escribió La Prensa, los residentes en la Isla podían tener un periódico de buen papel e impresión, con noticias mercantiles, anuncios pertenecientes al comercio y economía...”

Los editores de La Prensa adquirieron nuevos tipos de imprenta en Estados Unidos para mejorar la calidad de los folletines y las novelas.

A partir de 1851 cambió su nombre por el de La Prensa de La Habana, y tres años después se imprimió en un tamaño mayor, lo que lo diferenció notablemente del resto de los periódicos de la Isla. En 1855, su dueño y director, Pascual Riesgo, lo vendió a Antonio María Dávila. Ningún cambio se produjo en la política editorial o comercial de este periódico.  

Dávila intentó, en los últimos años de La Prensa, crear una empresa por acciones a fin de reunir 50 ó 60 mil pesos con los cuales dotar al periódico de nuevos redactores, y poder pagar el servicio telegráfico y los corresponsales en el extranjero. No pudo alcanzar esa cantidad de plata, según los documentos consultados.  

La época final de La Prensa da comienzo en 1867 cuando Dávila cesa como editor responsable y propietario de ese periódico, y, en su lugar, se establece una sociedad compuesta por los señores Joaquín Jacas, Gil Gelpi y Joaquín A. Gálvez, intendente militar. Ocurre entonces un hecho sorprendente: el gobierno colonial no acepta a Jacas como editor de un periódico político porque, según una resolución de 1866, “no acreditó ser mayor contribuyente, ni propietario de predios rústicos que le redituasen mil quinientos escudos”. Es decir, dirigir un periódico podía solo ser función de gente rica, poderosa. 

En definitiva, Gil Gelpi debió aparecer como director. El desconocimiento de los tres socios sobre cómo operar una empresa periodística provocó la desaparición de La Prensa el 29 de mayo de 1870. Se refundió, entonces, con La Voz de Cuba, periódico intransigente y enemigo de las libertades, fundado por Gonzalo de Castellón, periodista español cuyo nombre se invocó para justificar el asesinato de los ocho estudiantes de medicina el 27 de noviembre de 1871.   

La Prensa cabalgó siempre encima de la bestia colonial. Fue uno de los voceros de los gobernantes españoles. A partir de 1868 atacó diariamente a los cubanos que abrazaron la causa de la independencia, a la vez que calificaba de “buenos españoles” a los que enfrentaban la rebelión. 


Como periódico esclavista, El Faro Industrial, en una etapa de su existencia, publicaba ofensivos y humillantes anuncios sobre los esclavos.

Faro Industrial de La Habana, un periódico esclavista y anexionista 

La historia de El Faro Industrial de La Habana, otro de los grandes periódicos fundados con un sentido mercantil, es también interesante. Nació en 1841 con un matiz de defensor de los intereses netamente cubanos. El matancero José M. Cárdenas, quien había hecho profunda amistad con Félix Varela en Estados Unidos y había sido corrector de pruebas de las famosas Cartas a Elpidio del sacerdote cubano, fue uno de los primeros directores de El Faro Industrial. Bajo el seudónimo de Jeremías Docaransa, Cárdenas publicó en ese 

periódico excelentes crónicas sobre la vida colonial en las que se identificaba con los oprimidos y desheredados.

Casi ocho años después de su fundación El Faro Industrial pasó a ser dirigido por el norteamericano John Sydney Trasher (1817-1879), quien desde 1839 residía en La Habana, donde tenía numerosos negocios de carácter comercial. El gobierno colonial, y dada la actitud hostil hacia España de ese periódico, cuestiona que un ciudadano no naturalizado ejerza la función de dirigir una publicación en Cuba. Trasher, quien fuera traductor del ensayo político de Humboldt sobre Cuba, se separa entonces de la dirección del periódico y explica que sólo atiende la información extranjera, los cobros y la parte mercantil. 

La dirección de El Faro Industrial, en esos años, fue esclavista. No era sólo que utilizase a esclavos para la manipulación de la prensa existente, que tiraba mil 800 ejemplares en hora y media,  sino que, en sus páginas, publicaba anuncios que eran expresión de menosprecio e indignos a la condición del ser humano, como los siguientes: 

“Se solicita comprar negros tabaqueros. Calle de O´Reilly, núm. 25, tabaquería de La Venus darán razón” 

“Se desea comprar una curandera de dos o tres meses de parida, sin cría, que además de tener buena y abundante leche, sea buena lavandera, sana y sin tachas: en calle de la Merced num. 86,  impondrán”.  

De las cuatro páginas de El Faro Industrial de la Habana, la primera de ellas se dedicaba a anuncios clasificados, es decir del tipo que, a modo de ejemplo, mencionamos anteriormente.  

Robert Baird, .un inglés que visitó La Habana en 1849, dejó escritas sus impresiones sobre la prensa cubana: “La mayoría de los periódicos de La Habana son de un formato pequeño y demasiado lleno de anuncios, entre estos chocan a la sensibilidad de un inglés los que ofrecen negros, a veces, negras con sus negritos para ser vendidos “con o sin un negro”. Estos periódicos son como todos los que están sometidos a una estricta y rigurosa censura, tan estricta, que lo que maravilla es que haya tantos...”

Algunos periódicos habaneros anunciaban la venta de los negros en un volante impreso que era recibido junto con el diario. De  manera que quien busque estos anuncios en las colecciones de los periódicos que tenían esa práctica, no van a encontrar esos avisos esclavistas. 

Tras producirse el desembarco de Narciso López en 1851, El Faro Industrial publica, debajo de las noticias oficiales sobre el desarrollo de la campaña para aniquilar a los expedicionarios anexionistas, un artículo titulado “La risa”. Y seis días después, al reproducir nuevos documentos oficiales, insertaba, también debajo de ellos, un artículo titulado “Monólogo de la sonrisa”. Esas sutilezas no fueron soportadas por el gobierno colonial, y el Capitán General Gutiérrez de la Concha dispuso la clausura de ese periódico. 

El 16 de octubre de 1851, Trasher fue puesto en prisión por las autoridades españolas que consideraron El Faro Industrial de La Habana como una publicación “disidente y contraria a los intereses de España en la Isla”. Trasher fue condenado entonces a ocho años de trabajo forzado en Ceuta, pero las protestas hechas por Estados Unidos lograron que fuera puesto en libertad. Después fue nombrado cónsul estadounidense en La Habana. 

Lo cierto es que Trasher no era ajeno al movimiento en pro de la anexión de Cuba a Estados Unidos que, a mediados del siglo XIX se había revivido, y en el cual tomaron parte no pocos cubanos, en particular estimulados por ricos azucareros. “En Cuba—escribió el historiador norteamericano Philip S. Foner—el movimiento fue fomentado por la formación del Club de La Habana (...) del cual formaba parte el norteamericano John S. Trasher, residente en La Habana y director de El Faro Industrial”.

Gaspar Betancourt CisnerosEl Club de la Habana fue, en esos años,  uno de los principales grupos anexionistas existentes en Cuba. Sus figuras principales, José L. Alfonso, Miguel Aldama y Cristóbal Madan, dueños de grandes ingenios, haciendas, negocios  y, a la vez, por supuesto, de numerosos esclavos, vieron en la anexión la preservación de sus intereses y la salvaguarda de sus propiedades.  Existió, además, el grupo anexionista de Puerto Príncipe, cuya figura más destacada fue Gaspar Betancourt Cisneros, más conocido por el seudónimo “El Lugareño”. 

Nueva York, Nueva Orleáns y los puertos de la Florida fueron los principales escenarios donde estaban radicados grupos de cubanos que fomentaban la causa anexionista. El más activo operaba en la ciudad de Nueva York. En 1847 se organizó allí el Consejo Cubano, presidido por Cristóbal Madan, en representación del mencionado Club de la Habana. “El Lugareño” fundó y dirigió el periódico La Verdad, mantenido en parte por los subsidios de hacendados cubanos de Puerto Príncipe y en parte por el apoyo de Moses Yale Beach, director del periódico Sun, de Nueva York, y partidario de la anexión de Cuba a Estados Unidos. La Verdad, publicado en inglés y español, editado libre de gastos en la imprenta del Sun, difundía las opiniones y las noticias de los cubanos anexionistas tanto en Estados Unidos como en Cuba. Su entrada estaba prohibida en Cuba, pero se introducía clandestinamente en la Isla, traído por los buques mercantes. 

Periodísticamente hablando “El Lugareño” fue una figura de prestigio en Cuba, sobre todo a partir de 1838 y 1839 cuando publicó en La Gaceta de Puerto Príncipe una serie de trabajos costumbristas bajo el epígrafe “Escenas Cotidianas”, en los cuales con ingenio y gracia trataba lo humano y lo divino de la sociedad colonial. 

Además, por sus iniciativas, gestiones y prédicas, logró que el gobierno colonial emprendiese el levantamiento de obras de beneficio social para la región de Camagüey, entre ellas la línea férrea de Nuevitas a Puerto Príncipe, segunda que hubo en la Isla, numerosas escuelas y el puente sobre el río Tínima.  

En el orden político fue enemigo del colonialismo español. Integró en 1823 el grupo de cubanos que viajó a América del Sur para solicitar al  Libertador Simón Bolívar su apoyo en la promoción de un movimiento insurreccional en Cuba. Por sus actividades conspirativas, fue conminado por el capitán general O´Donnell en 1846 a ausentarse del país y las autoridades españoles confiscaron todos sus bienes. Esto  lo llevó a residir en Estados Unidos, y a gestionar ante las autoridades de ese país el ingreso de Cuba como estado de la confederación norteamericana. 

En 1849, “El Lugareño” escribió la obra que lo manchó. Publicó un folleto titulado “Ideas sobre la incorporación de Cuba en los Estados Unidos en contraposición a las que ha publicado D. José Antonio Saco”, en el cual expresaba desprecio e insultaba a su propio pueblo.  

Las circunstancias hicieron que años después El Lugareño tuviese que retornar a la defensa del ideal de la independencia de Cuba, y plantear que “sin revolución no hay patria posible...ni virtudes ni honor para los cubanos”. La Guerra de Secesión en los Estados Unidos, iniciada en 1862 entre los estados industriales del norte y los estados esclavistas, significó un golpe de muerte al anexionismo en el seno de la sociedad cubana, pues había determinado el fin de la esclavitud en los Estados Unidos que era, en aquel tiempo, la razón fundamental que guió las corrientes anexionistas dentro de Estados Unidos con relación a Cuba.  

En los periódicos El Fanal y El Siglo escribió El Lugareño sus últimas columnas. Entonces estaba alejado de la Junta Cubana y de todo lo que oliese a anexión. A finales de 1866, falleció en su natal Camagüey, y allí prácticamente todos los cubanos acompañaron sus restos hasta el cementerio. Ese hecho era expresión de la confusión reinante en aquellos años sobre el destino definitivo de Cuba, que sólo la luz y el gesto digno de Carlos Manuel de Céspedes, proveniente también del sector social al que pertenecía El Lugareño, es decir de los cubanos que tenían acceso a la riqueza, al estudio y la cultura, mostró en 1868 el camino a seguir, el de la lucha armada por la conquista de la independencia.

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