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Lo
vulgar no cree en Quijotes y
de la pronunciación y la escritura
Jesús Mena Aragón
El Ingenioso hidalgo estuvo a punto de caer de
Rocinante cuando un muchacho le salió al paso para decirle: Puro,
¿qué hora tú tienes? Repuesto de su asombro, comentó después con su
escudero: ¡Son cosas veredes, Sancho!
Efectivamente, el castellano utilizado por no
pocos cubanos dejaría sin aliento al mismísimo Manco de Lepanto.
Salpicado en ocasiones de las palabras más soeces, de esas que
hieren hasta el oído de un sordo, o de las más almibaradas e
innecesarias muestras de afecto, nuestro idioma se emplea
arbitrariamente, sin reparar en el interlocutor y a contrapelo de
quienes las rechazan.
¿Qué decir de quienes no distinguen entre un tú
y un usted, de quienes se expresan, públicamente, con las más
insólitas groserías? Exhibir su ignorancia supina es uno de los
dislates que algunos más disfrutan.
A esas personas les son extraños los programas
educativos de la televisión cubana, como ajenas les resultan las
Ferias del Libro y el esfuerzo de la Revolución porque todos seamos
más cultos e instruidos.
¡Y a ellos qué!
Acude usted a una entidad, solicita ver a un
funcionario, y le responden: "Espérate un momentico, mi vida"; "Mi
chiquitico él salió para una reunión; "Mi amor, él ahora no puede
atenderte, está ocupado…", "Mayor, vuelva después, él ahora está
reunido".
Nuestro árbol genealógico está presente en
ciertas formas de expresión: "¿Qué tú quieres, mi tía"; "Abuelo, ¿tú
eres el último?". La incorporación de nuevas formas de propiedad
aportan también lo suyo: "Mi socio, cuídame un momento la
bicicleta"; "Mi socio, ¿dónde compraste eso?". Mi socio para aquí y
mi socio para allá, como si los interlocutores tuvieran intereses en
un negocio común.
Rotos los cauces del respeto vale todo, según
piensan algunos.
Una amiga me confiesa que estuvo a punto de
comprar unas sandalias confeccionadas por artesanos, pero desistió
de adquirirlas cuando el vendedor le manifestó: “¡Ésas son tu
número, abuela!".
Nada tengo contra los jóvenes, todos lo fuimos.
Pero reparemos en esta anécdota.
"Mi socio, ¿qué hora tú tienes?". La pregunta,
lanzada a boca de jarro y con el mayor desenfado por un niño de unos
diez años a una persona adulta, dejó al interpelado molesto por lo
que consideró una evidente falta de educación de quien, por su edad,
podría ser su nieto.
"Son las cuatro de la tarde", respondió el
profesor de preuniversitario al muchacho, sin esperar un gesto de
agradecimiento. No estaba equivocado. Recibida la respuesta, el
chiquillo se alejó sin dar las gracias y corrió a reunirse con otros
que, como él, jugaban en la calle.
Durante el trayecto hacia su casa caviló sobre
el suceso. Ese niño, más pequeño que sus hijos, lo había ofendido. Y
lo peor, sin darse cuenta. Eso era lo más grave. Que a esa edad no
le hubieran enseñado las normas de cortesía, de urbanidad, que con
tanto celo enseñaban en el hogar a los muchachos de su generación.
En sus reflexiones evocó con agrado el
repertorio de buenas costumbres impartidas antiguamente en el seno
del hogar. Impuestas al principio, estas formas de conducirse, una
vez aprendidas, pasaban al torrente sanguíneo y se trasmitían de
generación en generación, de manera natural, casi instintivamente.
"A las personas mayores se les respeta";
"cuando alguien nos hace un favor se dice gracias"; "para hablar no
hay que gritar"; "a la calle no se sale sin camisa"; "cuando los
adultos hablan no se les interrumpe"; "¡prepárese si alguien me da
una queja de usted!"; "es mejor ser pobre que delincuente!"; "a las
personas mayores se les trata de Usted, jamás de tú"; "¡siéntese
correctamente a la mesa!"; "el trabajo no mata; lo que mata es la
vagancia"; "la cama es para dormir, no para sentarse"; "¡cuidadito
con oírle decir malas palabras!".
¡Malas palabras! Al parecer nos están ganado la
batalla, se dijo con tristeza. Su uso avasallador, constante,
pernicioso, en boca de niños, adolescentes y adultos le resultaba
demasiado escandaloso, denigrante, como para que no nos percatemos
de cuánto hemos retrocedido en ese aspecto.
Familia, escuela, y la sociedad toda no pueden
estar ajenas a este fenómeno.
En un mensaje a los educadores que participaron
en el XII Congreso Mundial de Educación Comparada, realizado en La
Habana, el Comandante en Jefe Fidel Castro, expresó: "Educar es
transformar el animalito en hombre. Si no llegamos a ser seres
humanos en el más cabal sentido de la palabra, nuestra especie no
podrá sobrevivir".
Sirva este trabajo para recordar otro
aniversario de la entrega del Premio Miguel de Cervantes y
Saavedra, considerado el más importante de habla hispana, a Alejo
Carpentier. Nuestro compatriota también hubiese palidecido al
escuchar cualquiera de las frases que empleamos en el español de
nuestros días.
(Fuente:
5 de Septiembre)
DE LA PRONUNCIACIÓN Y LA
ESCRITURA
¿Qué te parece si seguimos con los ciclones?
¿Sí?, pues andando se quita el frío:
Al pronunciar: Las pérdidas oscilan, ha de
tenerse en cuenta que se escribe con sc, no con «cs». Nada de «occilan».
Por supuesto, no es decir: «adoles-cencia», ni: «os-cila», ¡no!; se
pronuncia como si se escribiera «osila». Fíjate, siempre dices:
adolesencia, aunque escribes: adolescencia. A nadie se le ocurre
pronunciar: «adoleccencia», y en ese vocablo aparece la misma
combinación sc.
A las personas se les brindan los recursos. No
digamos: «Las personas se le brindan los recursos».
Oí: «Una vista del eccenario de la desvastación
de el ciclón». Y más tarde: «El Intituto de Meteorología».
En la primera, había un «eccenario», que partía
el alma, y una «desvastación» de miedo. Como si eso hubiera sido
poco, no respetaron la contracción del. En español, solo existen dos
contracciones: al y del. No son opcionales. Nadie está autorizado a
escribir ni a decir: «A el lugar más cercano», sino Al lugar más
cercano. Tampoco: «De el mismo autor»; sino: Del mismo autor.
Escenario presenta el mismo problema que
oscilan. Ya hablé del asunto; no hay por qué abundar en eso. Lo que
me parece penoso, es que se oiga tanto el dislate precisamente entre
gentes de escenas y escenarios.
Devastar es arrasar. Es eso lo que hacen los
vientos, las lluvias, devastan. Desbastar significa quitar las
partes bastas. Las tormentas no van escogiendo qué destruir, porque
no les parece bien, y qué dejar.
En la segunda me sorprendió algo: No había
error en meteorología, que es voz de difícil pronunciación, sin
embargo, en instituto, se comieron la s, imperdonablemente. Así es
que: Una vista del escenario de la devastación del ciclón y El
Instituto de Meteorología, no: «... la desbastación del ciclón», ni:
«El Intituto...».
¿Qué se ha hecho en esta zona? Muy bien. Si
decimos: ¿Qué «es lo que» se ha hecho en esta zona?, estaremos
cometiendo un disparate. Ese que imita la construcción francesa, por
eso lo llaman: galicado. En nuestro idioma se dice: ¿Qué se ha
hecho...?
Tras las ráfagas y los aguaceros, tras las
inundaciones, a unos les toca palear los escombros (limpiar con la
pala); a otros, paliar (aliviar un sufrimiento, atenuar una pena)
las carencias de los damnificados. No es bueno confundir ambos
vocablos.
La respuesta de hoy
La palabra cunyaya, que encontró Amarleidys
Santos Diéguez, en un libro de lectura de Enseñanza Primaria, es un
cubanismo; quiere decir palanca rústica para exprimir frutas.
Después se le dio el nombre de trapiche.
(Fuente:
Celima Bernal-Juventud Rebelde)
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