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La
lengua que hablamos
Miguel Barnet
Dicen que
nuestra lengua "nació" en el territorio de la antigua Hispania en el
siglo XI, al menos de esa fecha datan las glosas que se encontraron
en el Monasterio de San Millán de la Cogolla en La Rioja. El
castellano o español, como el francés, el italiano, el gallego, el
portugués, el catalán, el rumano, son lenguas romances que surgieron
de la mezcla del latín hablado por los conquistadores romanos y las
lenguas que hablaban las poblaciones autóctonas de los territorios
ocupados, como el árabe.
En 1492, unos
pocos meses antes del Descubrimiento de América por Cristóbal Colón,
Elio Antonio de Lebrija publicó la primera gramática de la lengua
castellana, que fue también la primera de las gramáticas de una
lengua romance. Todavía nuestros abuelos ordeñaban vacas en Galicia
y Asturias, cultivaban espinacas en tierras catalanas o recogían
aceitunas en Andalucía.
La lengua
española que arribó a América, no fue la lengua que se hablaba en la
Corte de Toledo o Madrid, sino la lengua hablada en su inmensa
mayoría por andaluces y canarios de orígenes humildes.
Del Caribe,
que fue a las primeras tierras a las que llegó el castellano y se
mezcló con las lenguas de los indoantillanos, se extendió hacia el
resto de América para fusionarse con otras lenguas y culturas
indoamericanas. Poco tiempo después, con la llegada de los
africanos, inmigrantes involuntarios que fueron cazados en sus
países de origen, trasladados por la fuerza y encadenados para
explotarlos como esclavos, entraría en contacto con nuevas culturas
y lenguas, para convertirse definitivamente en español, como le
llamamos en Cuba y en casi todos los países de América. Su
estructura gramatical, es decir, su morfología y sintaxis, su
ortografía, se mantuvo y ha mantenido sin grandes cambios, pero su
léxico se ha enriquecido notablemente.
Hoy, el
español es la segunda lengua más hablada en el mundo con casi 500
millones de hablantes, precedida por el chino mandarín. Es lengua
oficial y nacional de 21 países en Europa, América, África y Oceanía
y también la lengua internacional de varios organismos
internacionales. A pesar de todo eso, en los últimos años ha dejado
de ser una de las lenguas oficiales de importantes organismos
internacionales, los cuales escudándose en "problemas económicos"
han ido reduciendo el número de las lenguas oficiales y de trabajo
en sus reuniones a dos: el inglés y el francés, y en no pocas
ocasiones a una sola, el inglés. No porque unas lenguas sean mejores
o peores que otras o más ricas, pues todas las lenguas son
potencialmente aptas para expresarlo todo, sino porque la decisión
de que una lengua sea nacional o internacional no es una decisión
lingüística, sino eminentemente política y muchas veces depende del
poder económico de los países que las hablan.
A qué viene
todo esto. Pues a que en las últimas semanas, sobre todo, a partir
del inicio de la transmisión de la controvertida telenovela Aquí
estamos, las cuestiones del lenguaje y de cómo hablamos los cubanos,
el uso de la lengua en los medios de difusión están en la picota
pública. La forma de hablar de los personajes que aparecen en la
pantalla, en su inmensa mayoría jóvenes, pero también adultos, ha
sido motivo de fuertes debates en reuniones de la Asociación de
Cine, Radio y TV de la UNEAC. Locutores, actores, actrices,
directores, funcionarios del ICRT, escritores, periodistas,
pedagogos, sociólogos, lingüistas, participan en los debates, y es
que, sin duda, se trata de un asunto muy sensible para nuestra
sociedad. La misma que dio acceso a la educación y a la cultura a
todos sus ciudadanos.
Nos comemos
las eses, otras veces las decimos donde no van, cambiamos la r por
la l, no pronunciamos la d entre vocales, es "complicao", ni al
final de palabra, "¿verdá?". Todo ahora es normal, y el vale
peninsular, ha sustituido al okey norteamericano que tanto ha
durado. Y qué decir de las muletillas que nos taladran el oído como
más menos, o sea, ¿me entiendes? ¿me explico?, ¿no?, ¿verdá?, entre
otras. Las formas de vestir, o de no vestir, para asistir a lugares
públicos, centros culturales, incluso educacionales; el uso y abuso
de las llamadas malas palabras y los gestos chabacanos y estridentes
se propagan y son expresión de problemas de conducta social que se
expresan a través del lenguaje. Recordemos que la lengua no es solo
gramática, es también identidad, cultura; es conducta.
Sin embargo, a
pesar de todo, lo que más nos preocupa es la pobreza léxica que
observamos en muchos de nuestros jóvenes y adultos. Es decir la
escasez de vocabulario. La reiteración de las mismas palabras porque
no se conocen otras, y la mala dicción.
Nuestra
variante cubana de la lengua española es un ajiaco donde se han
mezclado, entre otras, lo español, lo indoantillano, y lo africano
de origen yoruba, bantú o carabalí, para hablar de solo tres fuentes
lingüísticas africanas, ante las cuales también debemos asumir una
posición objetiva, no vergonzante, ni discriminatoria. El vocablo
"chévere", cubanísimo, se usa hoy en muchísimos países de América,
adonde llegó a través de la música cubana, sin embargo, en Cuba ya
casi no se usa. Asere y ecobio, también de raíces africanas, se han
extendido como formas de tratamiento, sobre todo la primera, entre
nuestros jóvenes a partir de los años sesenta del pasado siglo. Su
uso hoy es habitual en el vocabulario del cubano y no necesariamente
del cubano marginal. Son aportes de otras lenguas que se han
incorporado al español de Cuba y que forman parte de nuestra
cultura. Palabras originadas en sistemas religiosos o sociedades de
fraternidad y ayuda mutua como la Sociedad Abakuá, pero que han
adquirido un nuevo valor semántico, según quienes la emplean y la
intención con que lo hacen.
Entre todos
hemos ido elaborando este rico ajiaco en un largo proceso de cocción
que nos identifica como comunidad lingüística cubana. No estamos
defendiendo el uso o abuso de palabras vernáculas, porque "lo
cubano" no es solamente lo popular, lo pintoresco, lo vulgar; esa es
una concepción no solo muy estrecha, sino errada. Lo cubano es
también lo culto, lo más elaborado. Tampoco aspiramos a una oralidad
de pretenciosa facundia. Sino a un equilibrio que dignifique nuestra
manera de hablar, de expresarnos. El mundo de las palabras crea el
mundo de los valores y de las cosas. Y es el espejo donde
obligatoriamente nos miramos a diario y también desde donde nos
miran.
La cornucopia
nacional tiene un emblema: LA LENGUA QUE HABLAMOS. ¿Dónde radica la
cuestión? En mi opinión está en la educación elemental cuyo cetro lo
lleva sobre todo la figura del Maestro y la enseñanza de la lengua
materna por la importante función que esta cumple, tanto para el
desarrollo mental del ciudadano como para su formación integral en
cualquier campo de la ciencia, de la técnica y de la cultura.
La jerga de
los jóvenes es propia de la edad y no de la cultura, porque los
hablantes a medida que maduran abandonan el lenguaje juvenil
característico en todas las sociedades y lenguas del mundo.
Celebro la
voluntad del Ministerio de Educación de brindar una mayor atención
en nuestras escuelas a la enseñanza de la ortografía, pero a la vez
abogo por que acometamos con rigor el de la enseñanza del léxico y
el de la redacción. La gramática y la ortografía se pueden aprender
en 7 u 8 años de enseñanza, pero el léxico se aprende durante toda
la vida, porque cada día surgen nuevas palabras. Nuestros jóvenes
hablan con lo que han aprendido en el hogar, en el barrio y, por
supuesto, en la escuela. Y también con lo que no han aprendido. Por
eso, no los culpemos. Ellos son el resultado de nuestras flaquezas.
El que se sienta culpable que rectifique, el que no, que tire la
primera piedra.
(Fuente:
Granma)
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