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Don Quijote lucha
contra Shakespeare
En el mundo se hablan 6 909 idiomas, según el
censo de la publicación americana Ethnologue: Languages of the world.
Quizá para cuando ustedes lean estas líneas, algunos de ellos hayan
desaparecido ya: en la selva nigeriana, por ejemplo, se contabilizan
hasta 200 lenguas diferentes, la mayoría vinculadas a tribus remotas
que tarde o temprano quedarán atrapadas en las redes de la
globalización.
Su angosto panorama, reducido a los límites geográficos de un
poblado o de un valle, es bien diferente del horizonte amplio, casi
infinito, que se abre para las lenguas universales: chino, inglés y
español. El formidable batallón de los nietos de Mao hace que el
chino mandarín siga reinando numéricamente, con más 1 000 millones
de personas que lo dominan. El español también se beneficia de la
elevada tasa de natalidad de América Latina y suma casi 400 millones
de hablantes nativos. El Instituto Cervantes calcula que otros 18
pueden estar estudiándolo hoy. Cifras muy por encima de los
registros del árabe (221 millones), del hindi (182) y del bengalí
(181).
¿Y el inglés? Resulta imposible conocer cuántos angloparlantes se
esparcen por el mundo. Algunas estimaciones precisan que 350
millones de personas lo emplean como lengua materna, otros tantos lo
dominan con precisión y hasta 1 000 millones más lo utilizan en
algún momento, aunque su nivel bascule entre lo pasable y lo
macarrónico. Como reconoce el catedrático Antonio Marquina, el
inglés ha heredado el estatus de lengua franca que hace dos milenios
poseyó el latín. La potencia económica de los territorios
angloparlantes (de Estados Unidos a Gran Bretaña, de Australia a
Canadá) hace que todo el mundo quiera aprender el idioma de Barack
Obama, Bill Gates y Gordon Brown. Estos son los gigantes contra los
que, con armas mucho más modestas, pelea hoy Don Quijote.
Un proyecto de la Fundación Telefónica cifraba el valor económico
del castellano en el 16% del PIB español, aunque advertía: «El
futuro no pasa tanto por el número de sus hablantes cuanto por su
capacidad para imponerse como lengua de uso internacional en los
intercambios económicos y científicos». En ese territorio, la
dictadura del inglés es absoluta, aunque también el francés -
dominante en África- se resiste a ceder su histórico puesto de
privilegio. Para no perder comba en la carrera internacional, el
español guarda tres conejos en su chistera: su crecimiento en
Estados Unidos, su inclusión en los programas educativos de Brasil,
la principal potencia de América Latina, y su homogeneidad interna,
que le permite superar los localismos para construir un mismo
edificio lingüístico en Ciudad de México, Malabo, Buenos Aires o
Sevilla.
(Fuente
La Rioja/
elcastellano.org)
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