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La palabra,
ejercicio de conciencia
José Miguel Ávila
Los que sentimos la necesidad de escribir
disfrutamos de la palabra. En el caso de los periodistas preguntamos
mediante ella, la redactamos y la publicamos. Luego los lectores,
oyentes o televidentes la leen u oyen, y en el caso de la
televisión, tiene su apoyo en la imagen. De ahí que digan los
semióticos que una fotografía vale más que mil palabras.
Los reporteros hemos utilizado miles de
palabras para dar a conocer las noticias, comentarios, reportajes y
entrevistas y así difundir la realidad de este mundo -llamado aldea
global, por el desarrollo de la informática y las comunicaciones,
que lo han hecho cada vez más pequeño y cercano, a pesar de las
enormes distancias-.
Pero las palabras significan mucho más, porque
son el vehículo de contacto de nuestra vida con la realidad y,
gracias a ellas, tomamos conciencia al plasmar lo vivido: nos
ofrecen la posibilidad de significar toda la experiencia, desde lo
aparentemente banal hasta lo trascendente, o sea, nos ayudan a dar
sentido a la existencia.
Gracias a las palabras percibimos las
diferencias, los contrastes. Y nos acercamos al mundo. Con ellas
creamos y exploramos universos reales, en el caso de los reporteros,
e imaginarios, en la concepción de los narradores -aunque los
periodistas no debemos renunciar a lo subjetivo para embellecer el
relato noticioso-.
Son puente y camino para conocer y reconocer al
ser próximo, descubrir sus matices, su humanidad, y, cómo no, es
también el vehículo para llegar hasta nosotros mismos.
Paradójicamente, también nos ayudan a tomar distancia, ganar
perspectiva y también a desahogarnos.
"La palabra es mitad de quien la pronuncia,
mitad de quien la escucha", dejó escrito Michel de Montaigne, el
gran escritor francés del siglo XVI creador del ensayo, el género
literario más apropiado para desarrollar ideas y reflexiones.
Nos pertenecen las palabras a ambas partes en
diálogo cuando éste es sincero, cuando se escucha atentamente,
cuando hay voluntad de encuentro. En ellas nos situamos y por eso
nos unen, nos llevan al intercambio, a la relación, al diálogo. Y
así es como nos hacen ver, sentir y crecer.
Algunas condensan experiencias, sentimientos,
anhelos e incluso una vida: el nombre del lugar predilecto, la
canción que evoca el recuerdo, la poesía que siempre nos acompaña,
la voz de nuestros afectos. Al escuchar palabras como: amor, amigo o
padre, se evoca y recrea un universo de recuerdos y emociones, a
veces más rico e intenso que la propia realidad.
Expresado desde la espontaneidad, un "adiós",
un "gracias", un "por favor" o un "te amo" pueden iluminar un
momento. Y según qué circunstancias, constituir el recuerdo que da
sentido a una vida.
A menudo una voz amable y sincera es más
terapéutica que cualquier medicamento. Puede llevarnos a la alegría
y a la ternura desde lo más inesperado. Un "te amo" pronunciado por
mi hija Isabella, para poner un ejemplo personal, puede hacerme
desaparecer un momento de angustia.
La palabra sorprende y emociona. Con ella
podemos hacer purificación interior: aliviar dolores, lidiar con las
dudas, enojos y culpas, concluir discusiones, sanar heridas,
persuadir miedos, liberar obligaciones, y terminar quizá con
esclavitudes interiores.
La palabra tiene grandes poderes porque afirma,
niega, denuncia, revela, desnuda, informa, conmueve y convence, pero
nos toca a los humanos, que tenemos el don y el privilegio de ser
poseedores de ella, elegir el lenguaje adecuado, en cada momento,
como ejercicio de conciencia y responsabilidad.
(Fuente:
Radio Angulo Digital)
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