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Navidad
Ricardo Soca
Cuando compramos los regalos de Navidad,
decoramos el árbol o nos reunimos con la familia alrededor de la
cena navideña, raramente nos detenemos a pensar cómo se fueron
formando esas tradiciones milenarias, algunas de ellas mucho más
antiguas que el propio cristianismo.
La conmemoración del nacimiento de Jesús, la
fiesta más universal de Occidente, se celebró por primera vez el 25
de diciembre de 336 en Roma, pero hasta el siglo V, la Iglesia de
Oriente siguió conmemorando el nacimiento y el bautismo del niño
Dios de los cristianos el 6 de enero. El nombre de la fiesta
Navidad, proviene del latín nativitas, nativitatis nacimiento,
generación.
En siglos posteriores, las diócesis orientales
fueron adoptando el 25 de diciembre y reservando el 6 de enero para
recordar el bautismo de Cristo, con excepción de la Iglesia armenia,
que hasta hoy conmemora la Navidad en esa fecha de enero.
No se conoce con certeza la razón por la cual
se eligió el 25 de diciembre para celebrar la fiesta navideña, pero
los estudiosos consideran probable que los cristianos de aquella
época se hubieran propuesto reemplazar con la Navidad la fiesta
pagana conocida como natalis solis invicti (festival del nacimiento
del Sol invicto), que correspondía al solsticio de invierno en el
hemisferio Norte, a partir del cual empieza a aumentar la duración
de los días y el Sol sube cada día más alto por encima del
horizonte.
Una vez que la Iglesia oriental instituyó el 25
de diciembre para la Navidad, el bautismo de Jesús empezó a
festejarse en Oriente el 6 de enero, pero en Roma esa fecha fue
escogida para celebrar la llegada a Belén de los Reyes Magos, con
sus ofrendas de oro, incienso y mirra.
A lo largo de los siglos, las costumbres
tradicionales vinculadas a la Navidad se desarrollaron a partir de
múltiples fuentes. En esas tradiciones, tuvo considerable influencia
el hecho de que la celebración coincidiera con las fechas de
antiquísimos ritos paganos de origen agrícola que tenían lugar al
comienzo del invierno.
Así, la Navidad acogió elementos de la
tradición latina de la Saturnalia, una fiesta de regocijo e
intercambio de regalos, que los romanos celebraban el 17 de
diciembre en homenaje a Saturno.
Y no hay que olvidar que el 25 de diciembre era
también la fiesta del dios persa de la luz, Mitra, respetado por
Diocleciano, y que había inspirado a griegos y romanos a adorar a
Febo y a Apolo.
En el Año Nuevo, los romanos decoraban sus
casas con luces y hojas de vegetales, y daban regalos a los niños y
a los pobres en un clima que hoy llamaríamos navideño y, a pesar de
que el año romano comenzaba en marzo, estas costumbres también
fueron incorporadas a la festividad cristiana.
Por otra parte, con la llegada de los invasores
teutónicos a la Galia, a Inglaterra y a Europa Central, ritos
germánicos se mezclaron con las costumbres celtas y fueron adoptados
en parte por los cristianos, con lo que la Navidad se tornó desde
muy temprano una fiesta de comida y bebida abundante, con fuegos,
luces y árboles decorados.
La Navidad que celebramos hoy es, pues, el
producto de un milenario crisol en el que antiguas tradiciones
griegas y romanas se conjugaron con rituales célticos, germánicos y
con liturgias ignotas de misteriosas religiones orientales.
(Fuente
elcastellano.org)
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