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Vicios del lenguaje en la redacción actual
Juan Morales Agüero
La redacción periodística escrita suele ser muy a
menudo un auténtico ejercicio de tormento profesional. “¡Mi reino
por un caballo!”, dicen que exclamó, desesperado, el rey inglés
Ricardo III en un célebre drama de Shakespeare, cuando estaba a
punto de morir a manos de las tropas de Enrique IV. “¡Mi vida por un
primer párrafo!”, exclamamos, angustiados, los cronistas de la
cotidianidad cuando el intelecto se resiste a tomar la arrancada
frente los apremios de una cuartilla en blanco.
En efecto, tributar para un periódico es para
nosotros los profesionales de la prensa como cruzar aceros con la
exigencia técnica y con la rigurosidad editorial. Se trata de que la
prosa de prisa, como agudamente llamó al periodismo ese gran
periodista que fue Nicolás Guillén, no está solo concebida para
llegar de una manera directa, sencilla, sucinta y completa a sus
lectores potenciales, sino también –y eso no es menos importante-
con un nivel decoroso de factura estilística. Redactar es más que
poner una palabra detrás de la otra: es escribir con apego a las
normas del idioma y enunciar con claridad, elegancia y concisión lo
que se pretende decir.
Son numerosos y heterogéneos los “virus” que
contaminan hoy al discurso periodístico escrito a todos los niveles.
Entre ellos, tal vez uno de los más nocivos sea el llamado lugar
común, locución acuñada por Aristóteles en la época de oro de la
oratoria griega y suerte de plaga léxica conocida también por las
denominaciones de frase hecha, cliché idiomático y estereotipo
semántico. Por estos giros debemos entender el uso indiscriminado de
argumentos, análisis y juicios que, aunque fueron inicialmente
precisos y justos para definir fenómenos y situaciones determinadas,
gastaron toda su capacidad de sugerencia de tanto repetirse y
repetirse. Ninguna es capaz de ofrecer ya una visión objetiva sobre
un tema. Como funcionan en cualquier contexto, tampoco ayudan a
comprender bien aquello de lo que se habla, pues su simpleza aburre
al lector culto y confunde al lector ocioso.
Comenzaré con un ejemplo bastante frecuente en
nuestra prensa escrita: masivo acto. ¿Dice realmente algo tan
simplista y ambigua manera de describir una reunión de cierta
cantidad de personas? ¿Logra alguien hacerse una idea más o menos
exacta de si fueron cien o mil los individuos participantes?
Definitivamente, no. ¿Y saben por qué? Pues porque nos hemos
acostumbrado a emplear la frase con análogos propósitos tanto cuando
cubrimos una graduación estudiantil de secundaria como cuando
reseñamos una Tribuna Abierta de la Revolución.
Otro caso notorio es el de merecidas vacaciones.
Decimos: Fulano de Tal no pudo estar presente en la actividad porque
se encuentra disfrutando de unas merecidas vacaciones. El lector
avezado se pregunta al vuelo, suspicaz: “¿Le consta al periodista
que esas vacaciones son realmente merecidas? ¿Por qué las califica
con esa seguridad absoluta? ¿No sería más sensato para él limitarse
a decir que la persona en cuestión está, sencillamente, de
vacaciones... y punto?”.
Podría citar un rosario de ejemplos de parecido
corte. Todos, sin excepción, padecen el mal de la pobreza léxica y
del acomodamiento estilístico. Miren: personalmente, he dejado de
tener en cuenta al entrevistado que ciertos colegas pretenden vender
en titulares como... un digno ejemplo. Sí, asumo el riesgo de que
tal vez esa persona lo sea. Pero, ¿acaso no se le endilgan esos
mismos epítetos a cuanto interlocutor más o menos destacado aparece
en las páginas de nuestras publicaciones? ¿Por qué abusar de un
enunciado cuyo empleo debe reservarse solo para casos excepcionales?
Quien se limite a cumplir con sus deberes puede quizás ser un buen
ejemplo, pero no necesariamente un digno ejemplo, que es un
calificativo de talla mayor. Digno ejemplo desborda lo común. Y,
como calificamos a tanta gente de digno ejemplo, pues para el lector
ya casi ninguno lo es.
Pregunto: ¿a quiénes de ustedes se les activan las
papilas gustativas cuando leen aromático grano en un material
periodístico referido al café? ¿Alguien siente deseos de tomarse un
vaso de guarapo cuando la letra impresa insiste hasta el cansancio
en imponernos el giro dulce gramínea en alusión a la caña de azúcar?
¿Quién le concede ahora más importancia al agua, solo porque los
periodistas nos referimos a ella como al líquido vital? ¿Acaso
alguno de ustedes ha experimentado sudoraciones al posar la mirada
sobre la frase ingentes esfuerzos? ¿Cuántos no hemos criticado el
eufemismo larga y penosa enfermedad con que hacen referencia las
notas necrológicas a algo que se llama simple y llanamente cáncer?
Y así combativa demostración, éxito extraordinario,
conducta íntegra, trabajador incansable, sentida demostración de
duelo, impecable hoja de servicios, fervor patriótico, merecido
homenaje, combativo acto, luctuosa ceremonia, cálidos elogios,
sentido pésame, hazaña inigualable... Vale en primera instancia
acuñar frases que rompan con la monotonía lingüística y contribuyan
a darle color y variedad al idioma. Pero, ¿hasta cuándo vamos a
recurrir a su uso para describir siempre similares circunstancias?
¿Hasta cuándo les vamos a dar voz para después, en un acto de cruel
lengüicidio, condenarlos a la mudez semántica?
Un vicio consanguíneo con el lugar común es la
adjetivación. “Los adjetivos son las arrugas del estilo” ha dicho
Saramago en un lúcido ensayo sobre el idioma. Cuando los insertamos
sin razones justificadas, abruman y confunden. El buen periodismo se
caracteriza por la parquedad en su uso, y solo apela a ellos para
escoger los más concretos, simples, directos y definidores. ¿Por qué
obligar a un sustantivo a viajar por texto y contexto del brazo de
un adjetivo que no necesita o le viene grande? Si calificamos a
cualquiera de excelso, fantástico, eminente, incomparable, ilustre,
insigne, notable, magnífico..., ¿qué dejamos después para las
personalidades de primera línea? Como dijo una colega en la página
cultural del semanario Trabajadores, “... ¿qué le decimos entonces a
Pavarotti?”
Las llamadas muletillas también se las traen. Son
frases improductivas, inútiles que no le aportan absolutamente nada
ni a las ideas desarrolladas en la cuartilla ni al discurso
periodístico propiamente. Todos los que ejercemos la profesión hemos
incurrido alguna que otra vez en su nefasto uso. Les pondré algunos
ejemplos: asimismo, en otro orden de cosas, por otra parte, ahora
bien... Pruebe a eliminarlas y advertirá, sorprendido, que la
redacción adquiere más fuerza y más elegancia sin la presencia de
semejantes rémoras. Debemos estar siempre alertas contra ellas,
pues, a pesar de someterlas a vigilancia, suelen deslizarse muy
fácilmente.
Pero existen mucho más que lugares comunes,
adjetivación y muletillas en nuestras redacciones actuales. Otros
vicios acechan y conquistan desde los teclados. Hay que eludir la
redacción ampulosa, tan pedante cuando la dicta una mala regulación
de la autoestima. El auténtico estilo periodístico se pule no con
extravagancias ni exhibicionismos, sino con mucho trabajo y con un
conocimiento profundo del lenguaje, la gramática, la ortografía, la
sintaxis, y el léxico. El periodista debe evitar expresarse de una
forma excesivamente literaria o excesivamente coloquial y recurrir a
un vocabulario variado pero comprensible para el lector. Toda
utilización del lenguaje que dificulte este propósito resultará un
fracaso.
En fin, quien aspire a tener lectores debe
respetarlos, y eso solo se consigue cuando se pulimenta el estilo y
se conciben textos aspirantes a modelos de limpieza, claridad,
exactitud y elegancia en el uso del idioma. Al final, si no amamos
nuestra lengua y no respetamos a los lectores, tampoco podemos
exigirles que nos lean.
Sobre tal asunto me parecen magistrales estas
palabras dichas por Gabriel García Márquez en su célebre artículo El
mejor oficio del mundo: “Nadie que no haya nacido para eso y esté
dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan
incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia,
como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz
mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto
siguiente”.
(www.ecotunero.cu)
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