|
En el país del no
me acuerdo
Beatriz Sarlo
El
aprendizaje memorístico fue perdiendo vigencia y aceptación
pedagógica, hasta quedar relegado a las tablas de multiplicar ¿Es un
destierro justificado? se pregunta la escritora y crítica literaria
argentina Beatriz Sarlo, en este artículo publicado originalmente en
el diario porteño Clarín.
Ya hace
más de medio siglo las maestras modernas y progresistas estaban
convencidas de que no era necesario aprender nada de memoria; de
mala gana se hacía una excepción a este principio con las tablas de
multiplicar y los miembros de la Primera Junta de Mayo de 1810, pero
en casi cualquier otra cosa se consideraba anticuado que los pobres
alumnos, en lugar de "aprender a razonar", perdiera su tiempo
aprendiendo datos. Todavía en 1956 ó 1957 las profesoras de
castellano más veteranas pretendían que se estudiara de memoria un
fragmento del Quijote o algunas estrofas de Jorge Manrique, pero las
más jóvenes (que eran también las más lindas, mejor vestidas y más
populares) impulsaban a sus alumnos a que dieran "su" opinión
incluso sobre textos sobre los cuales habían entendido, con suerte,
el cinco por ciento.
Quien
cursara una carrera humanística en la universidad en la década de
1960 consideraba como una afrenta a su inteligencia que un profesor,
durante el examen final, le preguntara la fecha de publicación de un
libro aunque solo fuera más o menos aproximativa (saber, por
ejemplo, que había aparecido antes de la crisis de 1930 y no
después, dato que podría ser importante). Atravesé las veintiocho
materias de mi carrera universitaria convencida de que mi opinión o,
si vamos al caso, la de cualquiera de mis compañeros, eran más
importantes que mantener en la cabeza una cronología ordenada de un
período literario.
Había
tenido, sin embargo, algunas experiencias diferentes antes de mi
ingreso a la universidad. Por ejemplo, aprender a escribir con pocas
faltas de ortografía en francés. Se sabe que esa lengua tiene una
ortografía endiablada y que periódicamente se discute si sus reglas
deben simplificarse. Cuando aprendí a escribirla se usaban dos
métodos que hoy se condenan sin ninguna misericordia: la escritura
de larguísimos dictados y la copia de larguísimos fragmentos
literarios. A esas dos prácticas quiero manifestar mi público
agradecimiento.
Sobre
la copia de trozos literarios, hoy me es difícil compartir las
razones de su condena. Sería un acto de hipocresía pedagógicamente
correcta seguir sosteniendo que transcribir un poema de Rubén Darío
o un trozo de Rimbaud es un trabajo inútil. Puede que no sea una
tarea que guste a todos, pero afirmar su inutilidad es más un acto
de populismo cultural que un programa pedagógico serio. Equivaldría
a condenar la repetición de los acordes principales de una canción
para aprenderlos, o de los movimientos correctos en un deporte para
inscribirlos en el cuerpo.
Con los
dictados adquirí una especie de conciencia de la relación entre lo
pronunciado, lo escrito y su significado, conciencia que debía
actuar de manera rápida y que, por supuesto, luego dejaba una
especie de buena resaca en el fondo de la cabeza: se podría "ver
escrito" lo que se escuchaba y se podía "escuchar" lo que se veía
escrito. Algo en el cerebro servía como pista de doble mano, porque
escribir textos complejos al dictado obligaba a quienes estaban
sometidos a esa práctica dura y cruel si se quiere, a captar el
significado para estar en condiciones de escribir la frase que lo
transmitía.
La voz
de quien "hacía el dictado" leía primero la frase entera,
lentamente, amenazadora y majestuosa, plagada de trampas. Luego la
repetía cortada en pequeños trozos para que se fuera escribiendo;
finalmente, la leía de nuevo de principio a fin. Punto, a entregar
la hoja y ver después cómo volvía corregida, cubierta con un
sarpullido de pequeñas marcas rojas.
Para
aprender a escribir en inglés el método era diferente y aún más
árido. Se estudiaban listas de palabras que encerraban triquiñuelas
ortográfica, sonidos parecidos, sonidos idénticos que se escribían
de manera distinta, distintos sonidos que se escribían de manera
idéntica. Más tarde se hacían, con el profesor, los ejercicios de
deletreo que consistían en que este proponía una palabra y de
inmediato se le respondía con las letras que la componen,
repitiéndola completa después de haberla dividido. De paso se iban
aprendiendo muchas palabras y curiosas homofonías, excepciones,
singularidades.
De
manera no muy diferente se estudiaban algunas reglas de gramática,
por ejemplo la de los plurales irregulares franceses, que incluía no
sólo la regla de lo irregular sino las excepciones, es decir, reglas
de doble fondo. En este aspecto, el inglés es más piadoso, porque
los plurales irregulares son muchos menos y, además, los adjetivos
no tienen plurales. Con los verbos franceses la empresa estaba
decorada con dificultades mayores, que exigían también el
aprendizaje de memoria, del cual, una vez cumplido, había que pasar
al intrincado sistema de uso de los subjuntivos cuyo empleo es,
hasta hoy, una marca distintiva de que se conoce bien la lengua. Yo
no era la única chica que hacía dictados, deletreos o copias a fines
de los años cincuenta. Entendía eso como un trabajo y, pese a
explorar todas las formas a mano de la rebeldía, me hubiera parecido
ridículo que mis profesores me propusieran copiar Heartbreak Hotel
de Elvis Presley. Habría dicho: "La vieja de inglés no entiende
nada".
(Fuente: elcastellano.org)
|