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Viernes, 19 de Junio de 2009


¿Adónde fue a parar la ortografía?

Joel Mayor Lorán
Foto: Jorge Luis González

Desde mis tiempos en la primaria, recuerdo haber tenido compañeros de estudio con faltas de ortografía. Aun en mis años de preuniversitario, me enteré de ciertos errores de esos que no imagino cómo alguien puede concebir. En la universidad no me volvió a suceder, ni tampoco aquellos condiscípulos que estampaban tales yerros llegaron tan lejos. 

Dentro de cada grupo, cualquiera de nosotros sabía quién cambiaba la c por s, la y por ll o trocaba las tildes. Incluso algunos eran capaces de realizar combinaciones tan disparatadas que Cervantes no hubiese sospechado. Pero esos repetían el grado, o lo aprobaban "por los pelos", y sus aspiraciones concluían en el bachillerato. 

No se trataba solo de que los profesores castigaran su descuido. Muchos afincaron rodilla en tierra con ellos: insistieron en que aprendieran las reglas ortográficas, les indicaron lecturas, chequearon sistemáticamente su redacción, recurrieron a la más atractiva didáctica¼ solo que esos muchachos se habían fijado una meta tan sencilla como lo permitían sus aptitudes. 

Entonces contábamos con dos asignaturas capaces de conjugar esfuerzos a favor de la ortografía: Español y Literatura. La primera les señalaba el camino de la sintaxis; la acentuación; el uso de b o v y de m o n, entre otras; invitaba a la originalidad a la hora de hacer una composición. La otra no solo convidaba a una cita con la mejor de las fuentes de donde beber sabiduría y disfrute —los libros—, sino que mostraba los prodigios de la escritura en todas las épocas. 

Quizás con la loable intención de la interdisciplinariedad, ahora los programas prevén apenas una asignatura que se nombra Lengua Materna, y resume ambas. Por supuesto, la cantidad de horas dedicadas a estos temas mermó a la mitad. 

No obstante, más allá del sistema educacional y con probada eficacia, está la vía de la lectura. Leer mucho es el modo más certero de adquirir una buena ortografía. De cada página aprovechamos no solo la información que nos brinda o el deleite de un buen suspense, drama o aventura, sino que asimilamos la manera de escribir cualquier palabra. 

Quien lee más, escribe mejor, al menos en el 99% de los casos. Conozco no pocos colegas que olvidaron las reglas ortográficas, que no recuerdan cuál se ajusta a cada situación, cómo usar una u otra consonante –o la tilde–, pero siempre aciertan. Llevan grabada en la mente aquella ocasión que lo vieron en un libro, incluso en un sello, cartel o en los subtítulos de un filme (ya no tan fiables como antes). 

Hemos celebrado 18 ediciones de la Feria Internacional del Libro. El evento trasciende las fronteras capitalinas e irrumpe en 40 ciudades del país. Millones de ejemplares han llegado a nuestras casas. Todo un fenómeno de venta, más aún: de cultura. ¿Acaso esos volúmenes solo fueron a parar a un estante, a un cajón? ¿Los hojeamos? ¿Aprendemos de ellos? ¿Aprovechamos semejante adquisición? 

No puedo responder con certeza; solo sé que la ortografía fue a parar quién sabe a dónde. Ni siquiera brilla entre los jóvenes universitarios y los titulados en las graduaciones más recientes. Desdice tanto de los que optaron por ciencias como de quienes eligieron las letras. Le falta a no pocos ingenieros, médicos, abogados¼ y, tampoco lo dude, a ciertos estudiantes de Comunicación Social y Periodismo. 

Que nadie use como escudo el camino seleccionado: tanto a unos como a otros ha de distinguirles no solo el dominio de su profesión, sino el modo de presentar un texto, una ponencia, un documento. Vale para un filólogo y para un químico, para una enfermera y un traductor. 

¿Acontece únicamente en Cuba? Desde luego que no. De sobra son conocidos los dislates en la Europa desarrollada y la Norteamérica rica. Pero la Revolución cubana ha desarrollado una obra excelsa, y no puede conformarse con comparaciones o glorias vividas. Al contrario, la luz que se encendió con la Campaña de Alfabetización y alcanzó dimensiones de ensueño con el programa Universidad Para Todos, debe resplandecer por siempre y cada vez más. 

(Fuente: Granma)
 

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