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¿Adónde
fue a parar la ortografía?
Joel Mayor Lorán
Foto: Jorge Luis González
Desde mis
tiempos en la primaria, recuerdo haber tenido compañeros de estudio
con faltas de ortografía. Aun en mis años de preuniversitario, me
enteré de ciertos errores de esos que no imagino cómo alguien puede
concebir. En la universidad no me volvió a suceder, ni tampoco
aquellos condiscípulos que estampaban tales yerros llegaron tan
lejos.
Dentro de cada
grupo, cualquiera de nosotros sabía quién cambiaba la c por s, la y
por ll o trocaba las tildes. Incluso algunos eran capaces de
realizar combinaciones tan disparatadas que Cervantes no hubiese
sospechado. Pero esos repetían el grado, o lo aprobaban "por los
pelos", y sus aspiraciones concluían en el bachillerato.
No se trataba
solo de que los profesores castigaran su descuido. Muchos afincaron
rodilla en tierra con ellos: insistieron en que aprendieran las
reglas ortográficas, les indicaron lecturas, chequearon
sistemáticamente su redacción, recurrieron a la más atractiva
didáctica¼ solo que esos muchachos se habían fijado una meta tan
sencilla como lo permitían sus aptitudes.
Entonces
contábamos con dos asignaturas capaces de conjugar esfuerzos a favor
de la ortografía: Español y Literatura. La primera les señalaba el
camino de la sintaxis; la acentuación; el uso de b o v y de m o n,
entre otras; invitaba a la originalidad a la hora de hacer una
composición. La otra no solo convidaba a una cita con la mejor de
las fuentes de donde beber sabiduría y disfrute —los libros—, sino
que mostraba los prodigios de la escritura en todas las épocas.
Quizás con la
loable intención de la interdisciplinariedad, ahora los programas
prevén apenas una asignatura que se nombra Lengua Materna, y resume
ambas. Por supuesto, la cantidad de horas dedicadas a estos temas
mermó a la mitad.
No obstante,
más allá del sistema educacional y con probada eficacia, está la vía
de la lectura. Leer mucho es el modo más certero de adquirir una
buena ortografía. De cada página aprovechamos no solo la información
que nos brinda o el deleite de un buen suspense, drama o aventura,
sino que asimilamos la manera de escribir cualquier palabra.
Quien lee más,
escribe mejor, al menos en el 99% de los casos. Conozco no pocos
colegas que olvidaron las reglas ortográficas, que no recuerdan cuál
se ajusta a cada situación, cómo usar una u otra consonante –o la
tilde–, pero siempre aciertan. Llevan grabada en la mente aquella
ocasión que lo vieron en un libro, incluso en un sello, cartel o en
los subtítulos de un filme (ya no tan fiables como antes).
Hemos
celebrado 18 ediciones de la Feria Internacional del Libro. El
evento trasciende las fronteras capitalinas e irrumpe en 40 ciudades
del país. Millones de ejemplares han llegado a nuestras casas. Todo
un fenómeno de venta, más aún: de cultura. ¿Acaso esos volúmenes
solo fueron a parar a un estante, a un cajón? ¿Los hojeamos?
¿Aprendemos de ellos? ¿Aprovechamos semejante adquisición?
No puedo
responder con certeza; solo sé que la ortografía fue a parar quién
sabe a dónde. Ni siquiera brilla entre los jóvenes universitarios y
los titulados en las graduaciones más recientes. Desdice tanto de
los que optaron por ciencias como de quienes eligieron las letras.
Le falta a no pocos ingenieros, médicos, abogados¼ y, tampoco lo
dude, a ciertos estudiantes de Comunicación Social y Periodismo.
Que nadie use
como escudo el camino seleccionado: tanto a unos como a otros ha de
distinguirles no solo el dominio de su profesión, sino el modo de
presentar un texto, una ponencia, un documento. Vale para un
filólogo y para un químico, para una enfermera y un traductor.
¿Acontece
únicamente en Cuba? Desde luego que no. De sobra son conocidos los
dislates en la Europa desarrollada y la Norteamérica rica. Pero la
Revolución cubana ha desarrollado una obra excelsa, y no puede
conformarse con comparaciones o glorias vividas. Al contrario, la
luz que se encendió con la Campaña de Alfabetización y alcanzó
dimensiones de ensueño con el programa Universidad Para Todos, debe
resplandecer por siempre y cada vez más.
(Fuente:
Granma)
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