Higinio debajo del paño negro de su cámara fotográfica
enfocó la lente y advirtió que aún emergían de aquellos
amasijos bocanadas de llamas y humo, mientras que el
grupo de rescate extraía el cuerpo quemado de una de las
victimas.
El
fuego había comenzado la noche del sábado 17 de mayo de
1890. Alrededor de las 10 y 30 el sereno del barrio
advirtió que unas llamas salían de la ferretería y dio
la alarma. Rápidamente acudieron los bomberos
municipales y los del Comercio con sus jefes a la
cabeza.
El
repicar de las campanas de las iglesias cercanas y los
gritos de auxilio pusieron en rápido movimiento a
policías, marineros, vecinos y curiosos que acudieron
desde muy lejos para brindar su solidaridad. Una hora
más tarde en aquel comercio incendiado se produjo una
terrible explosión que hizo saltar por los aires las
puertas y las ventanas del edificio. Inmediatamente
después los gruesos muros y los techos se derrumbaron
interrumpiendo las dos calles y sepultando a un puñado
de valientes que trataban de entrar al edificio para
facilitar que las mangueras bañaran el local. Entre
ellos estaban los jefes de los dos cuerpos de bomberos.
Las llamas duraron hasta la tarde del domingo y los
bomberos realizaron esfuerzos asombrosos para rescatar a
los heridos y los cadáveres de sus jefes y compañeros.
En total fueron 39 los muertos en ese desastre. Uno era
de la Armada; cuatro del Orden Público; ocho
espectadores, nueve bomberos municipales y diecisiete
bomberos del Comercio. Los lesionados y mutilados
pasaron de los sesenta.
Los restos de las victimas fueron velados en las
galerías del Palacio de los Capitanes Generales y el
lunes 19 a las cuatro de la tarde fue el entierro.
Presidían el cortejo las carrozas que trasladaban los
cuerpos del Teniente Coronel Andrés Zencoviech, jefe
del cuerpo de los bomberos municipales y el de Juan J,
Musset jefe de los bomberos del Comercio.
Según los diarios de la época el desastre se debió a que
existía un gran depósito de dinamita y pólvora no
declarado. El dueño, Juan Isasi, sus socios y empleados
fueron detenidos en la madrugada del 20 de mayo cuando
acudieron a ver el incendio. Coincidentemente el sábado,
Isasi había prorrogado las pólizas que cubrían el seguro
de la ferretería. No obstante, no se le pudo probar nada
anormal y quedó en libertad el 30 de julio del propio
año.
Volviendo a Higinio Martínez, después de fotografiar los
restos de la ferretería, fue a la morgue a retratar a
los muertos y también tomó fotos del entierro. Como era
habitual en él reveló e imprimió las fotografías en su
cuarto oscuro de Guanabacoa y llevó las copias al
semanario La Caricatura donde trabajaba de reportero
grafico hacía tres años.
Las fotografías las entregó al director José A.
Rodríguez que bajo la firma artística de Helio dirigía
el semanario donde publicaba sus caricaturas de hiriente
corte político y los principales hechos de sangre
ocurridos durante la semana. La Caricatura fue el
precursor y el único periódico que durante muchos años
se dedicó a la crónica roja.
El
trabajo de Higinio era recorrer los cuarteles de
policía, las casas de socorro, hospitales y depósitos de
cadáveres para retratar las victimas y los victimarios
así como las armas o instrumentos que usaban para
cometer los crímenes. El historiador considera que el
primer fotógrafo de periódicos de Cuba fue Higinio
Martínez que trabajó como vemos en La Caricatura y
también, a partir de 1892, en La Discusión.
Fuentes:
Diarios: La Discusión, La Caricatura, Gil Blas y La
Lucha, de mayo de 1890.
Libro de Cuba, La Habana, 1954, "La Prensa Cubana de
1902 a 1952" por Rafael Soto Paz. Pág. 667
Notas tomadas de una conferencia del profesor Julio
Lagomasino.
(Cubaperiodistas)