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Viernes, 01 de Agosto de 2008

Grandes momentos del fotorreportaje cubano
 

La gran bofetada de 1898

Jorge Oller Oller

La fotografía fue tomada al mediodía del domingo 17 de julio de 1898 en el momento de izarse la bandera norteamericana en el Palacio del Gobernador de Santiago de Cuba durante la ceremonia de capitulación del ejército español acantonada en aquella ciudad.

No se enarboló la gloriosa bandera de


La casa de Gobierno durante el izamiento de la bandera yanqui.

la estrella solitaria. No estuvo presente el general Calixto García con sus aguerridas fuerzas mambisas cuyas acciones fueron decisivas para alcanzar la victoria, ni tampoco el pueblo santiaguero que valientemente había contribuido a la lucha por la independencia de Cuba.

Esta historia comenzó unos meses antes con la explosión del acorazado Maine en la bahía de La Habana. El suceso sirvió de pretexto a los Estados Unidos para declarar la guerra a España y adueñarse de la isla en los momentos que los cubanos, tras treinta años de heroica lucha, alcanzaban su libertad e independencia.

Tras la declaración de la guerra a España el 21 de abril, fue nombrado jefe de las tropas yanquis el general William Rufus Shafter quien, al frente de 17 000 hombres, desembarcó en los alrededores de Santiago de Cuba el 22 de junio con el propósito de rendir la ciudad.  Shafter pensó que podía derrotar a sus defensores rápidamente y ordenó una serie de ataques contra las posiciones españolas. Su incapacidad para dirigir los combates quedó demostrada por el alarmante número de bajas que ocasionó a sus filas. Tan dramática fue la situación que el coronel Teodoro Roosevelt, jefe de un  regimiento de voluntarios de caballería conocidos como los rough riders, escribió a un influyente amigo del mandatario norteamericano: Dígale al Presidente que, en nombre del cielo, nos envíe todos los regimientos y además todas las baterías posibles. Estamos a poca distancia de un desastre militar debemos ser auxiliados.


El General Calixto García.

Por su parte, el general Shafter, para salvar su prestigio militar y su inexperiencia en este tipo de lucha, se entrevistó con el general Calixto García, jefe de las fuerzas cubanas de la provincia de Oriente, y le pidió su ayuda. El General cubano elaboró un plan táctico que Shafter aceptó y acató. El día 1 y 2 de julio las tropas mambisas, junto con los soldados americanos tomaron parte decisiva en los combates de San Juan y El Caney y completaron el cerco de Santiago de Cuba.

Los diarios yanquis silenciaron la valerosa participación del General cubano y su tropa. Toda la gloria recayó en el coronel Teodoro Roosevelt quien fue declarado héroe de la batalla de San Juan.

El obeso general Shafter se enfureció cuando vio que los periódicos no lo destacaron como creía merecer. Y comenzó a engendrar en su mente una secreta envidia contra los que tenían más capacidad y arrojo que él y una aversión hacia los corresponsales que reportaban la guerra.

Un día después, el 3 de julio, la escuadra del almirante William Thomas fue hundiendo, uno a uno, los viejos barcos de la flota española que salían por la boca de la bahía santiaguera tratando de  romper el bloqueo naval estadounidense. La flota hispana fue destruida y la prensa norteamericana no se cansó de elogiar al almirante Sampson y  a su armada. Pero de Shafter nada dijeron.

Desde aquel momento  la situación para los españoles en Santiago de Cuba se tornó insostenible. Estaban cercados por las tropas cubanas y yanquis por mar  y tierra, sin alimentos, ni municiones ni esperanzas de refuerzos. Eso hizo revivir a Shafter sus sueños de convertirse en el héroe de aquella guerra y, a espaldas del general  Calixto García, negoció  la rendición de la ciudad con el general José Toral, jefe de las fuerzas españolas. La ceremonia oficial sería el 17 de julio.

El General cubano no fue invitado a ese solemne acto, Shafter pagó así al General mambí, héroe de las tres guerras patrias,  el haber fraguado la victoria. También prohibió a las tropas cubanas entrar a la ciudad santiaguera.

Teodoro Roosevelt no resultó un problema para Shafter porque había vuelto a los Estados donde era aclamado como un


General William Rufus Shafter.

héroe por sus acciones en la Loma de San Juan. Sin embargo no podía evitar la presencia del almirante Sampson y sus oficiales por lo que se le ocurrió mandarle una invitación lo suficientemente tardía  para que no pudieran llegar a tiempo a la firma del protocolo.

Como  Shafter estaba muy disgustado con la prensa prohibió su entrada al palacio y de hacer fotos dentro el edifico. Las noticias las daría él a los periodistas una vez terminada la ceremonia. Los fotógrafos tuvieron que apuntalar las grandes cámaras con sus pesados trípodes, propios de aquella época, en el parque para hacer las únicas fotos posibles: cuando arriaban la bandera española y e izaban la norteamericana.


Sylvester Scovel, corresponsal del World.

Sylvester Scovel, corresponsal del diario neoyorquino The World, era muy famoso por haber acompañando a Máximo Gómez y a su tropa durante más de nueve meses realizando muy buenos reportajes del Generalísimo y de batallas de la guerra de independencia. Scovel se enojó muchísimo cuando le informaron las entupidas órdenes que restringían las funciones de los periodistas y fotógrafos y decidió entrar en el edificio ocultado una pequeña cámara Kodak de cajón que siempre le acompañaba para ilustrar sus crónicas. Logró subir hasta la azotea pero al sacar su maquina de fotografiar fue sorprendido por un suboficial.  No sirvió de nada su verbo, ni que le contara su historial. El sargento cumplió las órdenes que había dado su general. 

Para sacarlo del edificio tuvieron que atravesar el amplio salón donde se
encontraba reunido Shafter  y su estado mayor con los oficiales del ejército español para firmar el protocolo de rigor. El corresponsal, al pasar al lado del General,  con sus trescientas libras de peso apretadas en su entorchado uniforme de gala, le increpó por su absurda  prohibición de tomar fotografías y se inició una acalorada discusión que el periodista terminó dándole una inesperada bofetada al General. En esos instantes comenzaron a tocar las  campanas de la catedral anunciando el inicio de la ceremonia y, como ocurre en los encuentros boxísticos al sonar el gong, los contendientes fueron separados. Shafter blasfemó y gritó palabrotas. Hubo  risas y burlas mal disimuladas entre la oficialidad española e indecisión entre los oficiales yanquis ante el inesperado incidente.  Unos dicen que el obeso general pudo esquivar el golpe, otros afirman que dejó una ensangrentada huella en su rostro. De una forma o de otra su dignidad había sido humillada en el momento más estelar de su vida. Rojo de ira por el espectáculo que había protagonizado, ordenó el arresto de Scovel. Dos soldados con fusil y bayoneta calada lo sacaron del edificio y al no encontrar ninguna cárcel decidieron subirlo al pedestal de una estatua del parque derribada. Allí lo vieron Sampson y sus oficiales con sorpresa. Pero más lo  más sorprendente para los marinos  fue que no pudieron firmar el Acta de Capitulación.

Indignados por el agravio yanqui un grupo de patriotas al mando del teniente Santiago Cuesta Felizola, tomaron el fuerte La Socapa e izaron la bandera de la estrella solitaria, bandera que mantuvieron en alto aún cuando una partida de marines de la armada americana pretendió arriarla. La valiente actitud del teniente mambí al emplazar a sus hombres en posición de combate hizo que los gringos desistieran de su empeño y se retiraran.

Ese día a las doce, ondearon en Santiago las tres banderas que participaron en la guerra: la norteamericana en la Casa de Gobierno, la española en el Morro, y la cubana en La Socapa a la entrada del puerto. 

Fuentes: The Pegeament of Cuba,  de Hudson Strode, pp. 168-169 y diarios de la época.

(Cubaperiodistas)
 

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