Esta historia comenzó unos meses antes con la explosión
del acorazado Maine en la bahía de La Habana. El suceso
sirvió de pretexto a los Estados Unidos para declarar la
guerra a España y adueñarse de la isla en los momentos
que los cubanos, tras treinta años de heroica lucha,
alcanzaban su libertad e independencia.
Tras la declaración de la guerra a España el 21 de
abril, fue nombrado jefe de las tropas yanquis el
general William Rufus Shafter quien, al frente de 17 000
hombres, desembarcó en los alrededores de Santiago de
Cuba el 22 de junio con el propósito de rendir la
ciudad. Shafter pensó que podía derrotar a sus
defensores rápidamente y ordenó una serie de ataques
contra las posiciones españolas. Su incapacidad para
dirigir los combates quedó demostrada por el alarmante
número de bajas que ocasionó a sus filas. Tan dramática
fue la situación que el coronel Teodoro Roosevelt, jefe
de un regimiento de voluntarios de caballería conocidos
como los rough riders, escribió a un influyente
amigo del mandatario norteamericano: Dígale al
Presidente que, en nombre del cielo, nos envíe todos los
regimientos y además todas las baterías posibles.
Estamos a poca distancia de un desastre militar debemos
ser auxiliados.
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El General
Calixto García. |
Por su parte,
el general Shafter, para salvar su prestigio
militar y su inexperiencia en este tipo de
lucha, se entrevistó con el general Calixto
García, jefe de las fuerzas cubanas de la
provincia de Oriente, y le pidió su ayuda. El
General cubano elaboró un plan táctico que
Shafter aceptó y acató. El día 1 y 2 de julio
las tropas mambisas, junto con los soldados
americanos tomaron parte decisiva en los
combates de San Juan y El Caney y completaron el
cerco de Santiago de Cuba.
Los diarios
yanquis silenciaron la valerosa participación
del General cubano y su tropa. Toda la gloria
recayó en el coronel Teodoro
Roosevelt
quien fue
declarado héroe de la batalla de San Juan.
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El
obeso general Shafter se enfureció cuando vio que los
periódicos no lo destacaron como creía merecer. Y
comenzó a engendrar en su mente una secreta envidia
contra los que tenían más capacidad y arrojo que él y
una aversión hacia los corresponsales que reportaban la
guerra.
Un día después, el 3 de julio, la escuadra del almirante
William Thomas fue hundiendo, uno a uno, los viejos
barcos de la flota española que salían por la boca de la
bahía santiaguera tratando de romper el bloqueo naval
estadounidense. La flota hispana fue destruida y la
prensa norteamericana no se cansó de elogiar al
almirante Sampson y a su armada. Pero de Shafter nada
dijeron.
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Desde aquel
momento la situación para los españoles en
Santiago de Cuba se tornó insostenible. Estaban
cercados por las tropas cubanas y yanquis por
mar y tierra, sin alimentos, ni municiones ni
esperanzas de refuerzos. Eso hizo revivir a
Shafter sus sueños de convertirse en el héroe de
aquella guerra y, a espaldas del general
Calixto García, negoció la rendición de la
ciudad con el general José Toral, jefe de las
fuerzas españolas. La ceremonia oficial sería el
17 de julio.
El General
cubano no fue invitado a ese solemne acto,
Shafter pagó así al General mambí, héroe de las
tres guerras patrias, el haber fraguado la
victoria. También prohibió a las tropas cubanas
entrar a la ciudad santiaguera.
Teodoro
Roosevelt no resultó un problema para Shafter
porque había vuelto a los Estados donde era
aclamado como un |

General William
Rufus Shafter. |
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héroe por sus
acciones en la Loma de San Juan. Sin embargo no
podía evitar la presencia del almirante Sampson
y sus oficiales por lo que se le ocurrió
mandarle una invitación lo suficientemente
tardía para que no pudieran llegar a tiempo a
la firma del protocolo. |
Como Shafter estaba muy disgustado con la prensa
prohibió su entrada al palacio y de hacer fotos dentro
el edifico. Las noticias las daría él a los periodistas
una vez terminada la ceremonia. Los fotógrafos tuvieron
que apuntalar las grandes cámaras con sus pesados
trípodes, propios de aquella época, en el parque para
hacer las únicas fotos posibles: cuando arriaban la
bandera española y e izaban la norteamericana.
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Sylvester Scovel,
corresponsal del World. |
Sylvester
Scovel, corresponsal del diario neoyorquino The
World, era muy famoso por haber acompañando a
Máximo Gómez y a su tropa durante más de nueve
meses realizando muy buenos reportajes del
Generalísimo y de batallas de la guerra de
independencia. Scovel se enojó muchísimo cuando
le informaron las entupidas órdenes que
restringían las funciones de los periodistas y
fotógrafos y decidió entrar en el edificio
ocultado una pequeña cámara Kodak de cajón que
siempre le acompañaba para ilustrar sus
crónicas. Logró subir hasta la azotea pero al
sacar su maquina de fotografiar fue sorprendido
por un suboficial. No sirvió de nada su verbo,
ni que le contara su historial. El sargento
cumplió las órdenes que había dado su general.
Para sacarlo del edificio tuvieron que atravesar
el amplio salón donde se |
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encontraba
reunido Shafter y su estado mayor con los
oficiales del ejército español para firmar el
protocolo de rigor. El corresponsal, al pasar al
lado del General, con sus trescientas libras de
peso apretadas en su entorchado uniforme de
gala, le increpó por su absurda prohibición de
tomar fotografías y se inició una acalorada
discusión que el periodista terminó dándole una
inesperada bofetada al General. En esos
instantes comenzaron a tocar las campanas de la
catedral anunciando el inicio de la ceremonia y,
como ocurre en los encuentros boxísticos al
sonar el gong, los contendientes fueron
separados. Shafter blasfemó y gritó palabrotas.
Hubo risas y burlas mal disimuladas entre la
oficialidad española e indecisión entre los
oficiales yanquis ante el inesperado incidente.
Unos dicen que el obeso general pudo esquivar
el golpe, otros afirman que dejó una
ensangrentada huella en su rostro. De una forma
o de otra su dignidad había sido humillada en el
momento más estelar de su vida. Rojo de ira por
el espectáculo que había protagonizado, ordenó
el arresto de Scovel. Dos soldados con fusil y
bayoneta calada lo sacaron del edificio y al no
encontrar ninguna cárcel decidieron subirlo al
pedestal de una estatua del parque derribada.
Allí lo vieron Sampson y sus oficiales con
sorpresa. Pero más lo más sorprendente para los
marinos fue que no pudieron firmar el Acta de
Capitulación. |
Indignados por el agravio yanqui un grupo de patriotas
al mando del teniente Santiago Cuesta Felizola, tomaron
el fuerte La Socapa e izaron la bandera de la estrella
solitaria, bandera que mantuvieron en alto aún cuando
una partida de marines de la armada americana pretendió
arriarla. La valiente actitud del teniente mambí al
emplazar a sus hombres en posición de combate hizo que
los gringos desistieran de su empeño y se retiraran.
Ese día a las doce, ondearon en Santiago las tres
banderas que participaron en la guerra: la
norteamericana en la Casa de Gobierno, la española en el
Morro, y la cubana en La Socapa a la entrada del
puerto.
Fuentes: The Pegeament of Cuba, de
Hudson Strode, pp. 168-169 y diarios de la época.
(Cubaperiodistas)