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No hay democracia sin independencia
Manuel E. Yepe
En América
Latina, el control estadounidense de los medios de prensa logró que
se identificara eufemísticamente el regreso a manos civiles a los
gobiernos, luego de las cruentas dictaduras militares promovidas por
Estados Unidos en las décadas de los 60, 70 y 80 del pasado Siglo XX,
como “retorno a la “democracia” o “apertura democrática”.
Hay que
reconocer que, técnicamente, esto ha sido un gran logro de la
propaganda imperialista porque las dictaduras militares salientes
habían sido impuestas en tiempos que presagiaban un período de
rebeldía independentista, precisamente porque los pueblos no
soportaban más el orden reinante.
Los pueblos no
se rebelaban entonces contra democracias idílicas como podría
pensarse ahora cuando se habla de “regreso a la democracia” sino
contra la humillante subordinación a los dictados de Washington que
había dado al traste con sus sueños patrióticos de independencia. El
triunfo de la revolución socialista independentista en Cuba
estimulaba la esperanza de que aquel objetivo de sentirse dueños de
su soberanía fuera viable.
En realidad,
salvo en momentos históricos gloriosos – que por regla general
acabaron cruelmente reprimidos- lo que había en estas tierras antes
de que los cuarteles impusieran su orden a las oligarquías, eran
tristes caricaturas de democracia. Eran, en verdad, enclaves
semicoloniales encabezados por oligarcas serviles a Estados Unidos
que el propio imperio reemplazaba por tiranías militares cuando veía
peligrar sus intereses en el país dado.
A escala
regional, la estrategia trazada por la elite del poder
estadounidense partió de la consideración de que las oligarquías no
estaban en condiciones de frenar la lucha popular generalizada que
se avecinaba entonces, por lo desgastado que se hallaba el modelo
político diseñado a imagen y semejanza del norteamericano e impuesto
como el único democrático y aceptable en el hemisferio.
Aquellos
partidos tradicionales sin base popular alguna y lastrados por la
corrupción y el bandolerismo que protagonizaban el modelo nada
tenían que ver con un sistema democrático.
Las mayorías
latinoamericanas deseaban el regreso de los civiles al gobierno. Las
cruentas dictaduras militares solo tenían apoyo del reducido
segmento de la sociedad que engordó sus arcas en las condiciones de
seguridad e impunidad que le propiciaba la represión de los
trabajadores, los estudiantes y los intelectuales.
Pero las
mayorías laboriosas, no pueden ver un “regreso” a la democracia en
la vuelta a la situación de carencia de oportunidades de educación,
trabajo digno y atención médica o la continuidad de la pobreza,
marginalidad, violencia, corrupción, emigración forzada y tantos
otros males. En todo caso, lo positivo ha sido la oportunidad de
retomar las luchas cívicas de quienes les precedieron, truncadas por
los golpes militares.
No puede
hablarse de democracia (poder del pueblo) en países donde operan
impunemente en defensa de intereses ajenos a los del país, la CIA,
la DEA y demás conocidos cuerpos de inteligencia, espionaje y
contraespionaje; donde las embajadas, consulados y demás oficinas
estadounidenses, abiertamente, pagan adeptos, reclutan mercenarios y
corrompen funcionarios y políticos.
Si América
Latina pudiera exhibir un panorama de progreso, libertad y justicia
anterior a la toma de los gobiernos por los cuarteles, cabría hablar
de retorno a la democracia. Pero nada más lejos de la verdad.
La democracia
verdadera es la que está por venir, la que significará, para el
conjunto de naciones de América Latina, su segunda y definitiva
independencia.
De hecho, ya
esa democracia popular ha empezado a llegar y los países del
continente que marchan en la vanguardia por esa ruta son aquellos
que enfrentan hoy las más poderosas campañas mediáticas de
descrédito, demonización, intrigas y amenazas.
A los que
avanzan con cautela les aplican los sutiles métodos de la diplomacia
“suave” a fin de desmarcarlos del contingente de punta, aunque sin
renunciar al tosco método del golpe militar cuando la puerta
permanece entreabierta y las circunstancias son propicias, como
ocurrió en el vergonzoso caso de Honduras.
En casi dos
siglos que América Latina ha vivido bajo el signo neoliberal del
capitalismo, se ha cosechado muy poco desarrollo económico y social,
y muchos vicios y vergüenzas que la han estancado respecto al resto
del mundo, haciendo de esta región la más desigual del planeta.
La “democracia
representativa” que nos ha impuesto el imperio es falsa, no es
racional, promueve las diferencias, agranda las brechas entre ricos
y pobres, propicia las guerras, la desunión y la discriminación por
motivos de raza, credo, etnias y genero.
En América
Latina, la democracia debe ser precedida por la independencia y la
unidad de las fuerzas antiimperialistas internas.
América Latina
necesita de una democracia solidaria que descanse en la igualdad y
la amistad entre sus naciones, no en la competencia y la codicia. Ya
se le ve venir.
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