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Una
suciedad chiquita
Juan Gelman
Hay guerras sucias de todo tipo, enormes como
la que segó la vida de 30.000 personas inermes a manos de la más
reciente dictadura militar argentina. Otras son chicas y, al
parecer, el Pentágono habría desatado una contra Julian Assange, el
coordinador del sitio WikiLeaks que difundió 75.000 documentos
internos de las fuerzas armadas que combaten en Afganistán (ver
Página/12, 29/7/10). Abundan en informes sobre matanzas de civiles y
ejecuciones extrajudiciales, entre muchas otras cosas, y su
publicación en periódicos importantes puso los pelos de punta a la
Casa Blanca.
Assange, ciudadano australiano que reside
actualmente en Suecia, fue acusado de violar a dos mujeres y todo
resultó muy extraño. La fiscal María Häljebo Kjellstrand emitió en
las últimas horas del viernes 20 una orden de arresto contra Assange
en razón de la denuncia de las dos presuntas violadas, que afirmaban
que lo fueron en un espacio de tres días. Eva Finné, la fiscal
general, anuló la orden 24 horas después por falta de pruebas.
Declaró que estaba en curso una investigación por acoso sexual, un
delito mucho menos grave que la violación para la justicia sueca (www.telegraph.co.uk,
22/8/10). Lo mejor vino después.
Una de las dos mujeres dio marcha atrás
rápidamente: el domingo dijo al diario Aftonbladet que la
sorprendía el cargo de violación propinado a Assange, negó que
hubiera violencia en el encuentro que tuvieron y sugirió que, en
realidad, habían discutido porque él se negaba a usar condón. En
tanto, el ombudsman del sistema judicial ordenó que se investigue
cómo se filtró la noticia a la prensa, ya que apenas habían
transcurrido minutos entre la emisión de la orden de arresto y su
aparición en un tabloide. Según el británico The Guardian, la
información habría sido proporcionada por la policía sueca (www.guardian.co.uk,
22/8/10). Curioso, sí.
Assange se apresuró a señalar con el índice al
Pentágono, que calificó de “absurda” esa pretensión. “El 11 de
agosto –señaló Assange–, los servicios de inteligencia de Australia
me advirtieron de que debía esperar cosas de este tipo” (//news.smh.com.au,
24/8/10). Afinó luego esta imputación: “No tenemos evidencias
directas de que esto venga de la inteligencia estadounidense o de
alguna otra. Algo podemos sospechar pensando a quién beneficia la
historia”. No parece casual que el escándalo estalle ahora: Assange
había prometido publicar otros 15.000 documentos secretos de la
guerra de Afganistán y ofreció al Pentágono que los leyera antes
para borrar todo aquello que podía afectar el curso de la guerra y/o
la seguridad de los informantes. El Pentágono se negó: su política
es borrar a WikiLeaks de la faz de Internet.
Otra extravagancia. Una de las mujeres afirmó
que había conocido a la otra en una conferencia impartida por
Assange (www.telegraph.co.uk,
22/8/10). No existen estadísticas sobre el número de violadas que
asisten a las conferencias de sus violadores, pero no deben de ser
muchas. Según The Telegraph, la segunda se acercó a la
primera, le confió lo sucedido y logró que ésta la acompañara a la
policía para presentar la denuncia. ¿Es que las mujeres que padecen
esa bárbara violencia se reconocen a primera vista?
Algo interesante: la entrevistada por
Aftonbladet “descartó la idea de muchos teóricos de la
conspiración de que las incriminaciones de violación se debían a
alguna ‘sucia trampa’ por la actitud de desafío al gobierno de
EE.UU. asumida por WikiLeaks. Dijo: ‘Los cargos contra Assange no
fueron, desde luego, orquestados por el Pentágono’”. Un “desde
luego” que no puede evitar el olor a excusa anticipada. En
particular porque el Pentágono difundió las acusaciones por Twitter
con bastante frenesí.
Scott Horton reveló hace meses la existencia de
un documento clasificado del Centro de Inteligencia del Ejército que
subrayaba la necesidad de no limitarse a anular los servidores y las
bases de datos de WikiLeaks: además había que neutralizar a los
individuos que operan el sitio (//file.wikileaks.org,
15/3/10). En las 32 páginas del informe se nombra a Assange a
saciedad, se califica de “acto delictivo” su labor y se aboga por
incoar un proceso que “logre con éxito destruir el centro de
gravedad” de WikiLeaks. Ese centro no es otro que Assange mismo.
Las denuncias contra el australiano fueron
precedidas de una campaña contra Bradley Manning, analista de
inteligencia preso en Kuwait por filtrar a WikiLeaks el video
Asesinato colateral. Filmado desde un helicóptero Apache,
muestra claramente el asesinato de un miembro de la agencia Reuters
y el ataque a quienes acudieron a ayudarlo, entre ellos dos
adolescentes que resultaron heridos. Manning es sospechoso de pasar
los documentos que Assange difundió y la campaña se centró en su
condición declarada de gay. Típico de EE.UU.: es notorio que las
noticias, ciertas o falsas, sobre la sexualidad de un político, un
candidato, un periodista, pueden acabar con su carrera. Casi le
quitan la presidencia a Bill Clinton.
(Fuente:
pagina12.com.ar)
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