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Los peligros de 2012
Joseph E. Stiglitz (*)
El año 2011
será recordado como la época en que muchos estadounidenses que
siempre habían sido optimistas comenzaron a renunciar a la
esperanza. El presidente John F. Kennedy dijo una vez que la marea
alta eleva todos los botes. Pero ahora, con la marea baja, los
estadounidenses no solo comienzan a ver que quienes tienen mástiles
más altos han sido elevados mucho más, sino que muchos de los botes
más pequeños han sido destrozados por el agua.
En ese breve
momento en que la marea creciente estaba, efectivamente, subiendo,
millones de personas creyeron que tenían buenas probabilidades de
cumplir su «sueño americano». Ahora también esos sueños están
retirándose. En 2011, los ahorros de quienes habían perdido sus
empleos en 2008 o 2009 ya se habían gastado. El seguro de desempleo
se había terminado. Los titulares que anunciaban nuevas
contrataciones –aún insuficientes para incorporar a quienes
habitualmente se suman a la fuerza laboral– significaban poco para
cincuentones con pocas ilusiones de volver a tener un empleo.
De hecho, las
personas de mediana edad que pensaron que estarían desempleadas por
unos pocos meses, se han dado cuenta a esta altura de que, en
realidad, fueron jubiladas a la fuerza. Los jóvenes graduados
universitarios con decenas de miles de dólares de deuda en créditos
educativos no podían encontrar ningún empleo. La gente se mudó a las
casas de sus amigos y los parientes se han convertido en sin techo.
Las casas compradas durante la burbuja inmobiliaria aún están en el
mercado, o han sido vendidas con pérdidas. Más de 7 millones de
familias estadounidenses han perdido sus hogares.
El oscuro
punto vulnerable de la burbuja financiera de las décadas anteriores
también ha quedado completamente expuesto en Europa. Los titubeos
por Grecia y la devoción de los gobiernos nacionales clave por la
austeridad comenzaron a implicar una pesada carga el año pasado.
Italia se contagió. El desempleo español, que se había mantenido
cerca del 20% desde el comienzo de la recesión, trepó aún más. Lo
impensable –el fin del euro– comenzó a verse como una posibilidad
real.
Este año
parece encaminado a ser aún peor. Es posible, por supuesto, que
Estados Unidos solucione sus problemas políticos y adopte finalmente
las medidas de estímulo que necesita para reducir el desempleo al
seis o siete por ciento (el nivel previo a la crisis de cuatro o
cinco por ciento es demasiado pedir). Pero esto es tan poco probable
como que Europa se dé cuenta de que la austeridad por sí misma no
resolverá sus problemas. Por el contrario, la austeridad solo
exacerbará la desaceleración económica. Sin crecimiento, la crisis
de la deuda –y la crisis del euro– solo empeorarán. Y la larga
crisis que comenzó con el colapso de la burbuja inmobiliaria en 2007
y la recesión que la siguió, continuarán.
Además, es
posible que los países con los mercados emergentes más importantes,
que capearon exitosamente las tormentas de 2008 y 2009, no
sobrelleven tan bien los problemas que se perciben en el horizonte.
El crecimiento brasileño ya se ha detenido y eso genera ansiedad
entre sus vecinos latinoamericanos.
Mientras
tanto, los problemas de largo plazo –incluido el cambio climático y
otras amenazas ambientales, y la creciente desigualdad en la mayoría
de los países del mundo– continúan allí. Algunos incluso han
empeorado. Por ejemplo, el alto desempleo ha deprimido los salarios
y aumentado la pobreza.
La buena
noticia es que solucionar estos problemas de largo plazo ayudaría a
resolver los de corto plazo. Una mayor inversión para adaptar la
economía al calentamiento global ayudaría estimular la actividad
económica, el crecimiento y la creación de empleo. Impuestos más
progresivos, que redistribuyan desde los ingresos altos hacia los
medios y bajos, simultáneamente reducirían la desigualdad y
aumentarían el empleo al impulsar la demanda total. Los impuestos
más elevados a los ricos podrían generar ingresos para financiar la
necesaria inversión pública, y proporcionar cierta protección social
para quienes menos tienen, incluidos los desempleados.
Incluso sin
ampliar el déficit fiscal, esos aumentos de «presupuesto
equilibrado» en los impuestos y el gasto reducirían el desempleo y
aumentarían el producto. Lo que preocupa, sin embargo, es que la
política y la ideología en ambos lados del Atlántico, pero
especialmente en EE. UU., no permitirá que nada de esto ocurra. La
fijación en el déficit inducirá recortes en el gasto social,
empeorando la desigualdad. De igual manera, la persistente atracción
hacia la economía de oferta, a pesar de toda la evidencia su contra
(especialmente en períodos de alto desempleo), evitará que se
aumenten los impuestos a quienes más tienen.
Incluso antes
de la crisis hubo un reordenamiento del poder económico –de hecho,
una corrección de una anomalía con 200 años de historia, en la que
la participación asiática del PBI global cayó desde cerca del 50% a,
en cierto punto, menos del 10%. El compromiso pragmático con el
crecimiento que se percibe actualmente en Asia y otros mercados
emergentes destaca frente a las equivocadas políticas occidentales,
que, impulsadas por una combinación de ideología e intereses
creados, parecen casi reflejar un compromiso para evitar el
crecimiento.
Como
resultado, la reestructuración económica global probablemente se
acelere. Y casi inevitablemente dará lugar a tensiones políticas.
Con todos los problemas que enfrenta la economía global, seremos
afortunados si estas presiones no comienzan a manifestarse dentro de
los próximos doce meses.
(*)
Joseph E. Stiglitz es catedrático en la Universidad de Columbia,
premio Nobel de Economía, y autor de Freefall: Free Markets and the
Sinking of the Global Economy [Caída libre: el libre mercado y el
hundimiento de la economía mundial].
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