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Las Corridas de Toros en Cuba
Ángela Oramas Camero
Finalizando julio de 2010, leo por Internet el anuncio de la
prohibición oficial en Cataluña de las corridas de toros, luego que
fuera librado un enconado debate con el resultado de que la cifra a
favor de la suspensión no fue unánime. Y vino a mi mente la
investigación sobre lidias celebradas en Cuba, que publiqué en el
decenio del 90 en la revista Bohemia, a solicitud de un lector.
Hurgando en papeles y periódicos amarillos por la pátina del tiempo,
encontré que las corridas de toros celebradas en la Isla, durante el
período colonial, nunca fueron aceptadas por la mayoría de los
criollos. Asimismo, confieso el asombro por los numerosos debates
públicos que igualmente se efectuaron en el período de la República,
acerca de las temporadas taurinas.
Crónicas de la colonia reseñaron que la primera corrida de toros
sucedió en Santiago de Cuba en 1538, en ocasión de la llegada del
Adelantado Hernando de Soto. Años después tendría ocasión otras en
La Habana, entre ellas la muy sonada de 1569 en honor al patrón de
la capital, San Cristóbal y al Apóstol devenido en abogado defensor
de los pobladores contra insectos.
Cuentan que los vecinos pidieron al cabildo la eliminación de los
mosquitos, moscas, hormigas y bibijaguas que habían invadido las
viviendas. Fue así que en reunión con las autoridades del gobierno
y la iglesia se acordó solicitar la ayuda a un Apóstol, a quien -si
sacaba los insectos de las casas- le dedicarían 32 corridas de toros
entre sábado y domingo. Pero los fastidiosos bichos continuaron
haciendo de las suyas, mientras que los toros por siglos, morirían
en los ruedos aguijoneados.
En 1747 se realizó una gran fiesta taurina en Matanzas, seguida de
otra muy espectacular en La Habana, en 1759. Con esta última, los
peninsulares festejaron la corona de Carlos III.
A partir del siglo XVIII, se construyeron varias plazas de toros
diseminadas por la región habanera. Se tiene noticias de que la
primera (1769) fue instalada en las calzadas del Monte y del
Arsenal, sitio posteriormente llamado Basurero; la segunda (1818)
fue ubicada en una esquina de Águila, al fondo de la posada de
Cabrera, con gran arribo de público fanático.
En el Campo de Marte fue situada la tercera plaza de toros
(1825-1836), frente al frecuentado café de Marte y Belona. Por el
dios mitológico de la guerra, a este campo de ejercicios militares
durante el siglo XVIII, le nombraron Marte hasta la edificación del
Capitolio. Ha sido escenario de otros importantes hechos, tales como
el debut del célebre actor cubano Francisco Covarrubias, y el 9 de
junio de 1856, el portugués Matías Pérez partió de Marte sin
regreso con su globo aerostático La villa de París; de ahí que el
cubano, dado al choteo, cuando alguien se pierde o no vuelve a ver,
dice la frase: Voló como Matías Pérez.
Volviendo al tema de las corridas de toros, le diré que el cuarto
rodeo fue levantado en la plaza principal de Regla, (1842-1855); el
quinto lo emplazaron cerca de la Casa de Beneficencia (1853), y el
sexto se construyó en terrenos de Infanta, próxima a la calzada de
Carlos III (1886).
La última construcción devino en la más resonada plaza de toros de
1887, al contar con la participación del famoso torero Luis
Mazzantini. Los fanáticos desbordaron las gradas y no hubo diario
que dejara de resaltar en primera plana el evento.
Por Orden Militar 187, el 10 de octubre de 1899, bajo la primera
ocupación norteamericana, en Cuba fueron prohibidas las corridas de
toros. No obstante, por mucho tiempo hubo manifestaciones en contra
o a favor de la medida.
De ello, se hizo eco la prensa, a la vez que continuaron los
intentos por derogar la orden. Los artículos coincidieron en
denunciar el negocio que representaba para los bolsillos de unos
cuantos particulares. Entretanto, los defensores alegaban que las
fiestas taurinas podían atraer un inusitado turismo proveniente de
los Estados Unidos.
Así, los grandes intentos de restablecimiento sucedieron en 1910,
1915, 1923 y 1958, fechas recogidas en revistas y diarios con
críticas y conmovedores testimonios de los opositores.
En las pocas ocasiones que lograron violar el acuerdo oficial, como
en 1947, los empresarios ponían en venta los boletos con precios
mínimos, entre seis y ocho pesos la entrada, pues conocían que tan
solo por la curiosidad hasta las personas más pobres acudirían al
espectáculo. Una foto publicada en Bohemia del año mencionado,
revela la imagen del público presente en el estadio separado por
sexo, o sea que en una parte se sentaban los hombres y en la otra,
las mujeres
Por otro lado, resultó igualmente fallida la aspiración del Comité
Pro Arte Taurino, creado en 1930, el que sólo pudo reunirse dos
veces. Sus afiliados nunca alcanzaron la cifra de los 45. Sin
penas ni glorias pasaron aquellos intentos de revivir las corridas
de toros en Cuba.
Hay que destacar que tales proyectos también contaron con las
protestas de diversas instituciones y organizaciones humanistas, a
las cuales se sumaron numerosos intelectuales y pueblo en general.
La costumbre de celebrar lidias de toros se remonta a la historia
antigua del llamado viejo mundo, pues formaron parte de las
ceremonias rituales de Grecia, Roma y España. Hace unos tres mil
años lo practican los españoles, de quienes aprendió -se cuenta- a
rejonear el emperador romano Julio César.
Ojalá que -más temprano que tarde-, las corridas de toros en
cualquier sitio del mundo formen parte de la memoria histórica o de
los cartones de muñequitos, para que no se continúe estimulando la
tradición y el gusto por un sangriento espectáculo, en el cual el
toro no sólo tiene las de morir.
(Fuente: CUBARTE)
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