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Francisco
de Miranda en la visión de José María Heredia
Salvador Arias
En 1826 ocurren hechos importantes
para el continente y
José María
Heredia, el poeta cubano que ejerce el periodismo en
México en aquellos momentos, reacciona rápidamente comentándolos en
la revista El Iris. Ese es el año del famoso Congreso de
Panamá, y también cuando cae el baluarte español de Chiloé tras una
resistencia de 16 años, último vestigio colonial en el Pacífico. Es
en este contexto cuando Heredia decide dedicar varias páginas de la
revista para dar a conocer la que, intencionadamente, califica como
"biografía americana" y "contemporánea" de Francisco de Miranda, el
patriota venezolano que había fallecido, apenas una década antes,
prisionero en las cárceles españolas.
De entrada debemos
llamar la atención sobre la importancia que el poeta cubano le daba,
muy justificadamente, al movimiento revolucionario francés de 1789.
Entendía que "las consecuencias del vasto sacudimiento social
producido por la Revolución francesa debía causar, tarde o temprano,
la emancipación del Nuevo Mundo". Es decir, entendía que la
liberación de América era consecuencia directa aquel hecho. Y
llamamos la atención sobre esto porque esta posición no era
compartida por cierto número de cubanos de entonces, principalmente
por
Félix Varela, amigo
cercano de Heredia, que en sus Cartas a Elpidio endilgó
furibundos ataques contra la Revolución francesa.
El radicalismo
herediano de entonces creemos que estuvo muy influenciado por su
estrecha amistad con hispanoamericanos de avanzadas ideas, como el
colombiano José Fernández Madrid, el argentino José Antonio Miralla
y el internacionalista ecuatoriano Vicente Rocafuerte. No es de
extrañar que recién llegado a México, José María se vinculara a la
masonería y emprendiera la edición de El Iris junto con los
carbonarios italianos Linati y Galli, luchadores por la unificación
de su país y enemigos jurados del absolutismo.
Si Heredia habló de
"la novela de mi vida", sin dudas fue atraído por las peripecias
novelescas de Francisco de Miranda a través de dos (o tres, si
contamos a Turquía) continentes. Sin olvidar su estancia habanera,
lo sigue en sus andares europeos, hasta que "estaba en Rusia cuando
estalló la Revolución francesa, que le abrió una carrera conforme a
sus ideas y digna de su genio". Detalla sus complejas acciones ya
vinculado al proceso francés, hasta que viaja a los Estados Unidos.
"Allí empezó a dar pasos para realizar el proyecto de revolucionar
su patria que había meditado durante veinte años", dice Heredia.
Fracasado en su desembarco por Coro, cuando estalla el alzamiento de
1810 regresa a su país de nuevo: “su venida a Caracas fijó la
revolución y le dio un nuevo carácter”, comenta Heredia.
Sin muchos regodeos
cuenta las partes tristes del terremoto del Jueves Santo, de las
luchas con Monteverde y su apresamiento posterior, hasta su muerte
lejos de su tierra natal. El poeta cubano considera que "sus
talentos y patriotismo no pudieron triunfar de la superstición de
sus compatriotas y sin duda no le excedía ninguno de los que en
época posteriores acabaron la independencia de Colombia".
Para terminar,
Heredia nos ofrece un vívido retrato físico y psicológico del
patriota venezolano: "Su imaginación y sentimiento dominaban a veces
su juicio. Su estatura era de cerca de seis pies, sus miembros bien
proporcionados, y todo él fuerte y bien dispuesto. Sus ojos pardos,
penetrantes, tenían una expresión de viveza e inteligencia, de más
severidad que dulzura. Cuando se sentaba, jamás estaba perfectamente
quieto, y había de estar moviendo un pie o una mano para acompañar
la actividad de su espíritu siempre ocupado. Dormía algunos momentos
después de comer, y se paseaba luego hasta la hora de dormir. Jamás
se quejó de las privaciones: no usaba licores fuertes, y rara vez
bebía vino; su bebida acostumbrada era agua endulzada con azúcar.
Decía que el dulce y el calor eran los dos bienes físicos supremos,
y el frío y los ácidos los mayores males."
Heredia resalta sus
modales, afables y caballerescos, así como que "todos sus
movimientos estaban llenos de gracia y de dignidad”. Pero también
señala que “Perdía la discreción cuando se irritaba, y le
impacientaba que le contradijesen". Destaca su férrea memoria y
señala como "Discurría con sana lógica, y parecía instruido en todos
los ramos de los conocimientos humanos".
Debe hacerse notar
cómo en aquella época del despertar independentista americano estaba
clara la idea de un continente unido. Heredia, un cubano, elogia a
un venezolano desde tierras mexicanas y entre sus mejores amigos
están un argentino, un colombiano, un ecuatoriano. Sorprende cómo, a
pesar de las difíciles comunicaciones de entonces podían estar
aquello hombres tan pendientes del quehacer continental, algo que
después, sobre todo en el siglo XX, se irá perdiendo, desfigurando,
de acuerdo con intencionadas políticas, pero que ya en el siglo XXI
parece renacer con fuerza.
(Fuente:
Cubarte)
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