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Jueves, 20 de Mayo de 2010


Francisco de Miranda en la visión de José María Heredia

Salvador Arias

En 1826 ocurren hechos importantes para el continente y José María Heredia, el poeta cubano que ejerce el periodismo en México en aquellos momentos, reacciona rápidamente comentándolos en la revista El Iris. Ese es el año del famoso Congreso de Panamá, y también cuando cae el baluarte español de Chiloé tras una resistencia de 16 años, último vestigio colonial en el Pacífico. Es en este contexto cuando Heredia decide dedicar varias páginas de la revista para dar a conocer la que, intencionadamente, califica como "biografía americana" y "contemporánea" de Francisco de Miranda, el patriota venezolano que había fallecido, apenas una década antes, prisionero en las cárceles españolas.

De entrada debemos llamar la atención sobre la importancia que el poeta cubano le daba, muy justificadamente, al movimiento revolucionario francés de 1789. Entendía que "las consecuencias del vasto sacudimiento social producido por la Revolución francesa debía causar, tarde o temprano, la emancipación del Nuevo Mundo". Es decir, entendía que la liberación de América era consecuencia directa aquel hecho. Y llamamos la atención sobre esto porque esta posición no era compartida por cierto número de cubanos de entonces, principalmente por Félix Varela, amigo cercano de Heredia, que en sus Cartas a Elpidio endilgó furibundos ataques contra la Revolución francesa.

El radicalismo herediano de entonces creemos que estuvo muy influenciado por su estrecha amistad con hispanoamericanos de avanzadas ideas, como el colombiano José Fernández Madrid, el argentino José Antonio Miralla y el internacionalista ecuatoriano Vicente Rocafuerte. No es de extrañar que recién llegado a México, José María se vinculara a la masonería y emprendiera la edición de El Iris junto con los carbonarios italianos Linati y Galli, luchadores por la unificación de su país y enemigos jurados del absolutismo.

Si Heredia habló de "la novela de mi vida", sin dudas fue atraído por las peripecias novelescas de Francisco de Miranda a través de dos (o tres, si contamos a Turquía) continentes. Sin olvidar su estancia habanera, lo sigue en sus andares europeos, hasta que "estaba en Rusia cuando estalló la Revolución francesa, que le abrió una carrera conforme a sus ideas y digna de su genio". Detalla sus complejas acciones ya vinculado al proceso francés, hasta que viaja a los Estados Unidos. "Allí empezó a dar pasos para realizar el proyecto de revolucionar su patria que había meditado durante veinte años", dice Heredia. Fracasado en su desembarco por Coro, cuando estalla el alzamiento de 1810 regresa a su país de nuevo: “su venida a Caracas fijó la revolución y le dio un nuevo carácter”, comenta Heredia.

Sin muchos regodeos cuenta las partes tristes del terremoto del Jueves Santo, de las luchas con Monteverde y su apresamiento posterior, hasta su muerte lejos de su tierra natal. El poeta cubano considera que "sus talentos y patriotismo no pudieron triunfar de la superstición de sus compatriotas y sin duda no le excedía ninguno de los que en época posteriores acabaron la independencia de Colombia".

Para terminar, Heredia nos ofrece un vívido retrato físico y psicológico del patriota venezolano: "Su imaginación y sentimiento dominaban a veces su juicio. Su estatura era de cerca de seis pies, sus miembros bien proporcionados, y todo él fuerte y bien dispuesto. Sus ojos pardos, penetrantes, tenían una expresión de viveza e inteligencia, de más severidad que dulzura. Cuando se sentaba, jamás estaba perfectamente quieto, y había de estar moviendo un pie o una mano para acompañar la actividad de su espíritu siempre ocupado. Dormía algunos momentos después de comer, y se paseaba luego hasta la hora de dormir. Jamás se quejó de las privaciones: no usaba licores fuertes, y rara vez bebía vino; su bebida acostumbrada era agua endulzada con azúcar. Decía que el dulce y el calor eran los dos bienes físicos supremos, y el frío y los ácidos los mayores males."

Heredia resalta sus modales, afables y caballerescos, así como que "todos sus movimientos estaban llenos de gracia y de dignidad”. Pero también señala que “Perdía la discreción cuando se irritaba, y le impacientaba que le contradijesen". Destaca su férrea memoria y señala como "Discurría con sana lógica, y parecía instruido en todos los ramos de los conocimientos humanos".

Debe hacerse notar cómo en aquella época del despertar independentista americano estaba clara la idea de un continente unido. Heredia, un cubano, elogia a un venezolano desde tierras mexicanas y entre sus mejores amigos están un argentino, un colombiano, un ecuatoriano. Sorprende cómo, a pesar de las difíciles comunicaciones de entonces podían estar aquello hombres tan pendientes del quehacer continental, algo que después, sobre todo en el siglo XX, se irá perdiendo, desfigurando, de acuerdo con intencionadas políticas, pero que ya en el siglo XXI parece renacer con fuerza.

(Fuente: Cubarte)
 

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