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Martes, 12 de Mayo de 2009


Armando André, ¿quién eres tú?

Ciro Bianchi

Armando André termina la Guerra de Independencia con grados de Comandante del Ejército Libertador. Es un hombre decidido y de probado valor personal, como lo demostró en su intento de ajusticiar al sanguinario capitán general Valeriano Weyler. Para ello, abrió un túnel que cruzó por debajo de la calle, alcanzó el palacio de gobierno, en la Plaza de Armas, y avanzó hasta situarse bajo el despacho del gobernador. Colocó allí una bomba. El artefacto hizo explosión, pero Weyler salió ileso del atentado. 

Ya en la República, se bate muchas veces a duelo, cuatro de ellas con el político italo-cubano de filiación liberal Orestes Ferrara. Milita André en el Partido Conservador y toma casi como una diversión atacar al presidente José Miguel Gómez como gobernante y en el orden personal. Miguel Mariano sale en defensa de su padre y el encuentro a tiros que sostiene con André lleva a ambos a la cárcel. Amigos y colaboradores cercanos al mandatario le piden que disponga la libertad de su hijo. José Miguel no solo se niega a hacerlo, sino que, como cubano, pide al juez actuante que imparta justicia sin tomar en cuenta quiénes son los protagonistas del incidente. 

Armando André sería la primera víctima política de la dictadura de Gerardo Machado. Desde que asume la Presidencia de la República, el 20 de mayo de 1925, Machado, mostrándose tal cual era sin recato alguno, pone de manifiesto los dos rasgos más sobresalientes de su estilo de gobierno: el autoritarismo y una enfermiza demagogia moralista y puritana. Lo primero lo lleva a situar supervisores militares en muchos de los departamentos del Estado. Lo segundo, hace que ordene la persecución de infelices prostitutas en un intento por acabar con la prostitución. 

Esas medidas le granjean la crítica de gran parte de la prensa de la época. Lo combaten con vigor tanto Heraldo de Cuba, diario de los liberales que siguen a Carlos Mendieta, como La Discusión, de tendencia conservadora. También censura sus medidas el Diario de la Marina, mientras que otros periódicos, aun reconociéndole sus buenas intenciones, lo llaman a la moderación. Pero de todos ellos, el más virulento en su actitud contra el gobierno es El Día, fundado el 1 de junio de 1925, presumiblemente con dinero del general García Menocal, y que dirige el comandante Armando André. 

Menocal y André son viejos amigos. El periodista colaboró con el militar durante sus tiempos en la Presidencia de la República y se dice que, desde la Junta de Subsistencia, en 1918, ambos hicieron buenos negocios especulando con la miseria y el dolor del pueblo. Digo esto a fin de que el lector se percate de que el combativo periodista era un hombre inescrupuloso y de turbios antecedentes. 

Sus críticas a Machado en El Día son groseras y lindan con el chantaje, y el mandatario no demora su respuesta. Manda a sus adversarios, por vías indirectas, amenazas de muerte. Los directores del Diario de la Marina y de Heraldo de Cuba recogen pronto el guante y embarcan rumbo a Estados Unidos; el 22 de junio, el primero, y el 11 de agosto, el otro. El 14 de agosto el periódico La Discusión denuncia el intento fallido contra la vida de su director, Tomás Juliá. Armando André, sin embargo, no ceja en sus diatribas y hace burlas de las amenazas. Olvida que Machado no es José Miguel, aquel guajiro de Sancti Spíritus de vista demasiado gorda y manga demasiado ancha, cuando quería, y que atrás quedaron los tiempos del liberalismo romántico del gallo y el arado. 

La vida privada de un Presidente y su familia no puede ser sometida a discusión, advierte Machado a amigos y enemigos, y Armando André da un nuevo corte a sus artículos. Exalta las virtudes reales o supuestas de la familia presidencial mientras acusa al Presidente de llevar una vida licenciosa y disipada. No le faltaba razón. Machado era, ciertamente, un viejo libidinoso. 

El día 16 de agosto se pasa de rosca cuando hace publicar en su periódico una caricatura en la que se ve a Machado, disfrazado de Don Juan, desplomado en el suelo, mientras que una mujer joven le dice: «Ya vuestras fuerzas no están para tales menesteres. Ya no estáis para galán, fantasías y mujeres...». 

Machado, como casi todos los dictadores, alardea de su virilidad. Aquello es más de lo que puede soportar y Armando André tiene contados sus días. 

Llega así el 20 de agosto de 1925. André, tras su faena en el periódico, pasa una buena velada en el restaurante El Ariete, en San Miguel y Consulado, la casa del mejor arroz con pollo de su época en La Habana, sitio además de reunión obligada de escritores, periodistas, actores y músicos, tanto cubanos como de los que están de paso por la Isla. Ya en su domicilio, en la calle Concordia, no puede abrir la puerta. Tupieron con jabón el hueco de la cerradura. Trata André, en vano, de forzarla. En la acera de enfrente, desde la casa marcada con el número 116, que quedó vacía el día anterior, dos o tres individuos lo observan hasta que deciden no esperar más y lo acribillan a perdigonazos. Machado cumple ese día tres meses exactos en el poder. 

El hecho indigna a todos los sectores sociales. Se acusa a Machado como inductor y responsable del asesinato. Protesta la prensa y periodistas como Sergio Carbó y Fernández de Castro lo condenan abiertamente. Lo condena asimismo Julio Antonio Mella. Pero el suceso hace aparecer en la vida cubana a un personaje que no demorará en extenderse como la verdolaga: el apapipio. En una práctica que se repetirá luego muchas veces, centenares de guatacas acuden durante dos largos meses al Palacio Presidencial a fin de desagraviar a Machado por las acusaciones de que fue objeto. 

(Fuente: Barraca Habanera, blog de Ciro Bianchi, en Juventud Rebelde)
 

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