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Armando André, ¿quién eres tú?
Ciro Bianchi
Armando André
termina la Guerra de Independencia con grados de Comandante del
Ejército Libertador. Es un hombre decidido y de probado valor
personal, como lo demostró en su intento de ajusticiar al
sanguinario capitán general Valeriano Weyler. Para ello, abrió un
túnel que cruzó por debajo de la calle, alcanzó el palacio de
gobierno, en la Plaza de Armas, y avanzó hasta situarse bajo el
despacho del gobernador. Colocó allí una bomba. El artefacto hizo
explosión, pero Weyler salió ileso del atentado.
Ya en la
República, se bate muchas veces a duelo, cuatro de ellas con el
político italo-cubano de filiación liberal Orestes Ferrara. Milita
André en el Partido Conservador y toma casi como una diversión
atacar al presidente José Miguel Gómez como gobernante y en el orden
personal. Miguel Mariano sale en defensa de su padre y el encuentro
a tiros que sostiene con André lleva a ambos a la cárcel. Amigos y
colaboradores cercanos al mandatario le piden que disponga la
libertad de su hijo. José Miguel no solo se niega a hacerlo, sino
que, como cubano, pide al juez actuante que imparta justicia sin
tomar en cuenta quiénes son los protagonistas del incidente.
Armando André
sería la primera víctima política de la dictadura de Gerardo
Machado. Desde que asume la Presidencia de la República, el 20 de
mayo de 1925, Machado, mostrándose tal cual era sin recato alguno,
pone de manifiesto los dos rasgos más sobresalientes de su estilo de
gobierno: el autoritarismo y una enfermiza demagogia moralista y
puritana. Lo primero lo lleva a situar supervisores militares en
muchos de los departamentos del Estado. Lo segundo, hace que ordene
la persecución de infelices prostitutas en un intento por acabar con
la prostitución.
Esas medidas
le granjean la crítica de gran parte de la prensa de la época. Lo
combaten con vigor tanto Heraldo de Cuba, diario de los liberales
que siguen a Carlos Mendieta, como La Discusión, de tendencia
conservadora. También censura sus medidas el Diario de la Marina,
mientras que otros periódicos, aun reconociéndole sus buenas
intenciones, lo llaman a la moderación. Pero de todos ellos, el más
virulento en su actitud contra el gobierno es El Día, fundado el 1
de junio de 1925, presumiblemente con dinero del general García
Menocal, y que dirige el comandante Armando André.
Menocal y
André son viejos amigos. El periodista colaboró con el militar
durante sus tiempos en la Presidencia de la República y se dice que,
desde la Junta de Subsistencia, en 1918, ambos hicieron buenos
negocios especulando con la miseria y el dolor del pueblo. Digo esto
a fin de que el lector se percate de que el combativo periodista era
un hombre inescrupuloso y de turbios antecedentes.
Sus críticas a
Machado en El Día son groseras y lindan con el chantaje, y el
mandatario no demora su respuesta. Manda a sus adversarios, por vías
indirectas, amenazas de muerte. Los directores del Diario de la
Marina y de Heraldo de Cuba recogen pronto el guante y embarcan
rumbo a Estados Unidos; el 22 de junio, el primero, y el 11 de
agosto, el otro. El 14 de agosto el periódico La Discusión denuncia
el intento fallido contra la vida de su director, Tomás Juliá.
Armando André, sin embargo, no ceja en sus diatribas y hace burlas
de las amenazas. Olvida que Machado no es José Miguel, aquel guajiro
de Sancti Spíritus de vista demasiado gorda y manga demasiado ancha,
cuando quería, y que atrás quedaron los tiempos del liberalismo
romántico del gallo y el arado.
La vida
privada de un Presidente y su familia no puede ser sometida a
discusión, advierte Machado a amigos y enemigos, y Armando André da
un nuevo corte a sus artículos. Exalta las virtudes reales o
supuestas de la familia presidencial mientras acusa al Presidente de
llevar una vida licenciosa y disipada. No le faltaba razón. Machado
era, ciertamente, un viejo libidinoso.
El día 16 de
agosto se pasa de rosca cuando hace publicar en su periódico una
caricatura en la que se ve a Machado, disfrazado de Don Juan,
desplomado en el suelo, mientras que una mujer joven le dice: «Ya
vuestras fuerzas no están para tales menesteres. Ya no estáis para
galán, fantasías y mujeres...».
Machado, como
casi todos los dictadores, alardea de su virilidad. Aquello es más
de lo que puede soportar y Armando André tiene contados sus días.
Llega así el
20 de agosto de 1925. André, tras su faena en el periódico, pasa una
buena velada en el restaurante El Ariete, en San Miguel y Consulado,
la casa del mejor arroz con pollo de su época en La Habana, sitio
además de reunión obligada de escritores, periodistas, actores y
músicos, tanto cubanos como de los que están de paso por la Isla. Ya
en su domicilio, en la calle Concordia, no puede abrir la puerta.
Tupieron con jabón el hueco de la cerradura. Trata André, en vano,
de forzarla. En la acera de enfrente, desde la casa marcada con el
número 116, que quedó vacía el día anterior, dos o tres individuos
lo observan hasta que deciden no esperar más y lo acribillan a
perdigonazos. Machado cumple ese día tres meses exactos en el
poder.
El hecho
indigna a todos los sectores sociales. Se acusa a Machado como
inductor y responsable del asesinato. Protesta la prensa y
periodistas como Sergio Carbó y Fernández de Castro lo condenan
abiertamente. Lo condena asimismo Julio Antonio Mella. Pero el
suceso hace aparecer en la vida cubana a un personaje que no
demorará en extenderse como la verdolaga: el apapipio. En una
práctica que se repetirá luego muchas veces, centenares de guatacas
acuden durante dos largos meses al Palacio Presidencial a fin de
desagraviar a Machado por las acusaciones de que fue objeto.
(Fuente:
Barraca
Habanera, blog de Ciro Bianchi, en
Juventud
Rebelde)
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