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Miércoles, 10 de Diciembre de 2008


Guantánamo: la bahía trágica
 

Luis Jesús González

Muy cerca del extremo oriental de Cuba, la bahía de Guantánamo constituye la mayor porción militarizada de la Isla y la única desconocida para la mayoría de los cubanos. La alta concentración de minas en sus alrededores la convierten en una de las zonas más letales del planeta, ya que a lo largo de más de cuatro décadas ha sido escenario de agresiones y momentos de tensión entre Washington y La Habana.  

Rodeada de una geografía inhóspita, en la que convergen la aridez del suelo y las altas temperaturas, que junto a las plagas y la carencia de agua hicieron fracasar los intentos británicos de establecerse en el lugar a mediados del siglo XVIII, el mantenimiento de una base extranjera en la bahía de Guantánamo queda en la historia como el último vestigio de la injerencia norteamericana en la Isla.  

Sin resistencia alguna, los ingleses la ocuparon por breve tiempo, en el que fundaron la colonia de Cumberland, pero la estancia resultó más corta de lo esperado. El calor, que en verano supera los 35 grados centígrados, los brotes de malaria y las plagas de mosquitos diezmaron a los casacas rojas hasta su apresurado retorno a Jamaica.  

Por su extensión y calado clasifica como la segunda del país, solo superada por la enorme bahía de Nipe en el norte de la provincia de Holguín. Pero sus atributos físicos quedaron postergados durante años a los poblados de Caimanera y Boquerón, únicos recuerdos del pasado colonial, limitados a enlaces del tráfico de cabotaje de la costa sur.  

Durante la intervención norteamericana en la guerra librada por los cubanos contra el colonialismo español, la bahía de Guantánamo fue uno de los primeros puntos en caer bajo el fuego de los acorazados norteños, los que resaltaron una victoria, sin mencionar la pobre oposición hispana y la ayuda de las tropas del Ejército Libertador.  

Ocupada por las fuerzas estadounidenses al finalizar el conflicto y con evidentes pretensiones de prolongar su dominación, las fuerzas imperialistas idearon un artificio legal para transformar la “azucarera del mundo” en su “protectorado” caribeño.  

El método nacería en el Congreso de Estados Unidos a fines de 1901 y su paternidad recaería en el senador Orville Platt, patrocinador de una enmienda que durante más de tres décadas acompañaría la primera Constitución de la Isla contra la voluntad mayoritaria de los cubanos.  

Una de las condiciones impuestas por los ocupantes en el anexo a la Carta Magna de Cuba estipulaba la obligación de la Isla de ceder parte de su territorio para el establecimiento de estaciones navales y carboneras, de acuerdo con la recomendación de la Junta Naval de Estados Unidos.  

Al igual que medio siglo más tarde, la concesión de bases aéreas fue una condición indispensable para cualquier acuerdo militar con los norteamericanos, las instalaciones navales fueron una de las prioridades de entonces.  

Teodoro Roosevelt, vicepresidente de los Estados Unidos, ex subsecretario de Marina y portavoz de la corriente imperialista, veía en las fuerzas navales un elemento vital para el crecimiento del poderío militar estadounidense. Además, la construcción del Canal de Panamá reclamaba la presencia de una flota de guerra norteamericana en el Caribe, con puertos propios para su reparación y abastecimiento en la zona.  

Al mediodía del 20 de mayo de 1902, la Bandera Cubana ondearía por primera ocasión en el antiguo Palacio de los Capitanes Generales de La Habana. La independencia a medias quedaba asegurada para tranquilidad de los banqueros e industriales de la joven potencia norteamericana. Poco antes de cumplirse los primeros seis meses de la supuesta soberanía de la Isla, desembarcaba en La Habana el general Tasker H. Bliss con la encomienda de negociar un acuerdo que llevara a la práctica los postulados de la Enmienda Platt.  

A los efectos, el recién estrenado gobierno de Tomás Estrada Palma creó una comisión, que estuvo integrada por Carlos de Zaldo y Jorge María García Montes, secretarios de Estado y Hacienda, respectivamente, del flamante gobierno insular y connotadas figuras del autonomismo prohispano hasta los últimos días del dominio colonial en Cuba.  

Acostumbrados a ceder en todo, los representantes cubanos dieron plenas libertades a los caprichos del general Bliss, portador de un estudio de la Marina de los Estados Unidos en el que se solicitaba la entrega de diez millas alrededor de los territorios de Bahía Honda, Cienfuegos y Guantánamo como medio indispensable para la protección de la Isla y del Canal de Panamá mediante un tratado permanente entre ambos gobiernos.  

Preocupado por la instalación militar norteamericana, Estrada Palma insistió en alejar de La Habana a los marines yanquis, por lo que determinó extender el plazo de arrendamiento por un período de 99 años  y ampliar el área cedida en Bahía Honda y Guantánamo.  

La primera, ubicada en la costa norte de la parte occidental no llegó nunca a ser utilizada por los norteamericanos, pero en la segunda fue ocupada con rapidez una extensión más de 100 kilómetros cuadrados, tras la firma del Tratado de Reciprocidad, firmado por el mandatario cubano el 16 de febrero de 1903.  

Tres décadas más tarde, en un intento por ganarse la simpatía de los cubanos Washington aceptaba derogar la Enmienda Platt, pero, a cambio, el gobierno de Carlos Mendieta concedía por tiempo indefinido la ocupación norteamericana de la bahía de Guantánamo.  

Desde el triunfo de la Revolución en 1959, el reclamo por la devolución del territorio cubano bajo jurisdicción estadounidense ha estado presente en las más diversas tribunas internacionales. Múltiples han sido las agresiones penetradas desde sus límites contra soldados guardafronteras, trabajadores cubanos y simples pescadores de la zona.  

En 1965, la Base Naval de Guantánamo sirvió de punto de partida a las tropas de Estados Unidos, que bajo la bandera de la Organización de Estados Americanos, ocuparon militarmente a la República Dominicana para imponer su voluntad por la fuerza de las armas.  

En 1994, durante la crisis de los balseros, el gobierno de William Clinton instaló en una vieja pista de aviación a los emigrantes ilegales salidos de Cuba. Siete años más tarde y en virtud de la guerra global contra el terrorismo, la más antigua base militar norteamericana volvería a ser noticia, pero esta vez con una carga mucho más lúgubre, formada por centenares de prisioneros musulmanes, privado de todo amparo legal y castigados sin juicios ni condena a las crueldades de sus carceleros.

(Fuente: Cubasí)
 

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