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Guantánamo:
la bahía trágica
Luis Jesús González
Muy cerca del extremo oriental de Cuba, la
bahía de Guantánamo constituye la mayor porción militarizada de la
Isla y la única desconocida para la mayoría de los cubanos. La alta
concentración de minas en sus alrededores la convierten en una de
las zonas más letales del planeta, ya que a lo largo de más de
cuatro décadas ha sido escenario de agresiones y momentos de tensión
entre Washington y La Habana.
Rodeada de una geografía inhóspita, en la que
convergen la aridez del suelo y las altas temperaturas, que junto a
las plagas y la carencia de agua hicieron fracasar los intentos
británicos de establecerse en el lugar a mediados del siglo XVIII,
el mantenimiento de una base extranjera en la bahía de Guantánamo
queda en la historia como el último vestigio de la injerencia
norteamericana en la Isla.
Sin resistencia alguna, los ingleses la
ocuparon por breve tiempo, en el que fundaron la colonia de
Cumberland, pero la estancia resultó más corta de lo esperado. El
calor, que en verano supera los 35 grados centígrados, los brotes de
malaria y las plagas de mosquitos diezmaron a los casacas rojas
hasta su apresurado retorno a Jamaica.
Por su extensión y calado clasifica como la
segunda del país, solo superada por la enorme bahía de Nipe en el
norte de la provincia de Holguín. Pero sus atributos físicos
quedaron postergados durante años a los poblados de Caimanera y
Boquerón, únicos recuerdos del pasado colonial, limitados a enlaces
del tráfico de cabotaje de la costa sur.
Durante la intervención norteamericana en la
guerra librada por los cubanos contra el colonialismo español, la
bahía de Guantánamo fue uno de los primeros puntos en caer bajo el
fuego de los acorazados norteños, los que resaltaron una victoria,
sin mencionar la pobre oposición hispana y la ayuda de las tropas
del Ejército Libertador.
Ocupada por las fuerzas estadounidenses al
finalizar el conflicto y con evidentes pretensiones de prolongar su
dominación, las fuerzas imperialistas idearon un artificio legal
para transformar la “azucarera del mundo” en su “protectorado”
caribeño.
El método nacería en el Congreso de Estados
Unidos a fines de 1901 y su paternidad recaería en el senador
Orville Platt, patrocinador de una enmienda que durante más de tres
décadas acompañaría la primera Constitución de la Isla contra la
voluntad mayoritaria de los cubanos.
Una de las condiciones impuestas por los
ocupantes en el anexo a la Carta Magna de Cuba estipulaba la
obligación de la Isla de ceder parte de su territorio para el
establecimiento de estaciones navales y carboneras, de acuerdo con
la recomendación de la Junta Naval de Estados Unidos.
Al igual que medio siglo más tarde, la
concesión de bases aéreas fue una condición indispensable para
cualquier acuerdo militar con los norteamericanos, las instalaciones
navales fueron una de las prioridades de entonces.
Teodoro Roosevelt, vicepresidente de los
Estados Unidos, ex subsecretario de Marina y portavoz de la
corriente imperialista, veía en las fuerzas navales un elemento
vital para el crecimiento del poderío militar estadounidense.
Además, la construcción del Canal de Panamá reclamaba la presencia
de una flota de guerra norteamericana en el Caribe, con puertos
propios para su reparación y abastecimiento en la zona.
Al mediodía del 20 de mayo de 1902, la Bandera
Cubana ondearía por primera ocasión en el antiguo Palacio de los
Capitanes Generales de La Habana. La independencia a medias quedaba
asegurada para tranquilidad de los banqueros e industriales de la
joven potencia norteamericana. Poco antes de cumplirse los primeros
seis meses de la supuesta soberanía de la Isla, desembarcaba en La
Habana el general Tasker H. Bliss con la encomienda de negociar un
acuerdo que llevara a la práctica los postulados de la Enmienda
Platt.
A los efectos, el recién estrenado gobierno de
Tomás Estrada Palma creó una comisión, que estuvo integrada por
Carlos de Zaldo y Jorge María García Montes, secretarios de Estado y
Hacienda, respectivamente, del flamante gobierno insular y
connotadas figuras del autonomismo prohispano hasta los últimos días
del dominio colonial en Cuba.
Acostumbrados a ceder en todo, los
representantes cubanos dieron plenas libertades a los caprichos del
general Bliss, portador de un estudio de la Marina de los Estados
Unidos en el que se solicitaba la entrega de diez millas alrededor
de los territorios de Bahía Honda, Cienfuegos y Guantánamo como
medio indispensable para la protección de la Isla y del Canal de
Panamá mediante un tratado permanente entre ambos gobiernos.
Preocupado por la instalación militar
norteamericana, Estrada Palma insistió en alejar de La Habana a los
marines yanquis, por lo que determinó extender el plazo de
arrendamiento por un período de 99 años y ampliar el área cedida en
Bahía Honda y Guantánamo.
La primera, ubicada en la costa norte de la
parte occidental no llegó nunca a ser utilizada por los
norteamericanos, pero en la segunda fue ocupada con rapidez una
extensión más de 100 kilómetros cuadrados, tras la firma del Tratado
de Reciprocidad, firmado por el mandatario cubano el 16 de febrero
de 1903.
Tres décadas más tarde, en un intento por
ganarse la simpatía de los cubanos Washington aceptaba derogar la
Enmienda Platt, pero, a cambio, el gobierno de Carlos Mendieta
concedía por tiempo indefinido la ocupación norteamericana de la
bahía de Guantánamo.
Desde el triunfo de la Revolución en 1959, el
reclamo por la devolución del territorio cubano bajo jurisdicción
estadounidense ha estado presente en las más diversas tribunas
internacionales. Múltiples han sido las agresiones penetradas desde
sus límites contra soldados guardafronteras, trabajadores cubanos y
simples pescadores de la zona.
En 1965, la Base Naval de Guantánamo sirvió de
punto de partida a las tropas de Estados Unidos, que bajo la bandera
de la Organización de Estados Americanos, ocuparon militarmente a la
República Dominicana para imponer su voluntad por la fuerza de las
armas.
En 1994, durante la crisis de los balseros, el
gobierno de William Clinton instaló en una vieja pista de aviación a
los emigrantes ilegales salidos de Cuba. Siete años más tarde y en
virtud de la guerra global contra el terrorismo, la más antigua base
militar norteamericana volvería a ser noticia, pero esta vez con una
carga mucho más lúgubre, formada por centenares de prisioneros
musulmanes, privado de todo amparo legal y castigados sin juicios ni
condena a las crueldades de sus carceleros.
(Fuente:
Cubasí)
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